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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
LA ILUMINADA (CONVENTO INFERNAL)
Aquel día llegó tarde. Acostumbraba a las nueve de la mañana, antes de que las monjas estuviesen enfrascadas en las labores del huerto, previo a la oración del mediodía. Pero eso preciso día el padre Alb se había demorado en el camino, el tiempo suficiente como para poder presenciar el milagro.
Las encontró removiendo las malas hierbas. El centro del convento era un patio abierto de estilo románico, con sus arcos y balaustradas de antiquísima solera.
-Buenos días, padre. Llega usted tarde -le dijo Sor Cleliana con su voz pizpireta tan característica.
El sacerdote saludó al grupo de carmelitas. Estaban allí casi todas; la madre priora, poniendo orden y concierto, Sor Blanca, arremangada la saya hasta las rodillas y trabajando con una azada, otras la ayudaban en estas labores, y Cleliana que se afanaba en desgranar vainas de guisantes. Faltaba la más joven y más nueva, llegada tan solo tres meses antes desde una lejana y apartada misión del Amazonas.
-¿Dónde está Sor Zinia? -inquirió el sacerdote.
Los incrustados ojos azules en medio de la cara de pan de Sor Cleliana brillaron con inusitada excitación antes de acercársele para decirle casi como en un susurro:
-Ha vuelto ha suceder, padre. Esta noche...
La interrumpió la madre priora con voz enérgica y con un punto de reproche:
-Menos mal que has hecho voto de silencio.
Agarró del brazo al padre Alb y con la otra mano el bastón con el que se ayudaba para caminar y lo fue empujando hacia dentro del convento, lejos del trajín y las habladurías.
Bajo el pañuelo la madre priora tenía todo el pelo encanecido y los achaques propios de la vejez, pero aún conservaba esa media sonrisa, a veces amable a veces amarga, a través de la cual dejaba adivinar lo que pensaba sin necesidad de decir nada.
-Se ha levantado un viento que no me gusta y avanza aires de tempestad. Padre, ¿sabe a lo que me refiero?
-Sí, lo he notado, el tiempo anda revuelto últimamente y diría que también corazón de la hermanas. Pero cuénteme las nuevas. ¿Ha sucedido algo importante desde la última vez que os visité?
La madre priora se detuvo un instante para recobrar el aliento antes de contestarle.
-Usted sabe que aquí los días pasan uno tras otro sin más cosa que dedicarnos en cuerpo y alma a Dios. En sus oraciones nos encomendamos y en su gracia infinita confiamos. Pero hoy tengo que enseñarle algo.
Lo condujo hasta su despacho. Era un edificio anexo al convento, de nueva construcción, allí tenía habilitado su cuartel general. Se acercó a una mesa escritorio y abrió el primer cajón. Junto a una biblia había un paño enrollando algo.
Lo sacó como si dentro llevará un tesoro oculto, con sumo cuidado y cierto tembleque en las manos. El padre Alb estaba bastante intrigado, pues pocas veces la había visto así de nerviosa.
La madre priora primero se cercioró que la puerta estaba echada y luego se lo enseñó. Una pequeña cruz de madera, ensangrentada. El padre Alb la recogió y se tiñeron sus dedos de rojo.
-Esto es, ¿sangre? -el padre Alb no daba crédito a lo que veían sus ojos.
La madre priora respondió con una sonrisilla retorcida. Era la viva expresión del miedo.
El sol llegó a su cenit. El resto del claustro estaba todavía enfrascado en las faenas agrícolas. Menos Sor Cleliana, que como siempre estaba pensando en otras cosas.
-¿Sabes? -rompió el silencio dirigiéndose a Sor Marimar.- Fue muy raro, esta noche oí... ruidos.
Sor Marimar, la cual ya conocía el percal, tiró del hilo de la madeja.
-¿Cómo dices?
-Eran como las once -siguió Sor Cleliana. Y estaba ya para meterme en la cama cuando escuché como si fuesen voces.
-No te creas. El convento es muy viejo y entre los crujidos o mismo pudo ser una puerta mal engrasada pareciese que las piedras hablen. Hizo mucho viento.
-Sé lo que me digo -esta vez puso más énfasis en sus palabras.- Primero eran como pasos y luego empezaron los cuchicheos. Me pareció reconocer la voz de la hermana Zinia.
-Hay que darle tiempo. Acostumbrase a nuestro modo de vida es difícil -dijo sor Marimar convencida de lo que decía.
-Además... -sor Cleliana hizo una pausa como para infundir mayor intriga.- Oí la voz de un hombre.
Sor Marimar se llevó la mano a la boca en una mezcla de asombro e incredulidad. Iba a soltar algo, pero en ese preciso instante vio doblar la esquina al padre Alb y la madre priora.
-Le venía diciendo al padre -dijo la madre priora dirigiéndose a su congregación- que después de la misa podría quedarse a compartir mesa con nosotras.
-Eso sería maravilloso -se apresuró en decir Sor Cleliana. Por cierto, ¿ya ha venido hoy Tony?
Tony era un chico joven, bien parecido y de tez morena como el carbón. Vivía en el pueblo, con su tío, al cual ayudaba en las labores de reparto de una pequeña tienda de comestibles. Todos los días acudía al convento para proveerlas de víveres.
-No -respondió la madre priora- Y es raro.
El padre Alb se entretuvo deleitándose en la cosecha que se estaba a recoger. Había guisantes de dos colores, verdes y amarillos.
-A veces salen negros -le explicó Sor Cleliana-. Eso se debe a que tienen el corazón podrido. Los desechamos sin más.
De repente se armó un gran revuelo. Una hermana casi sin aliento se presentó ante todos tan a grito pelado que apenas se le entendía. La madre priora la trató de tranquilizar y cuando hubo recobrado el aliento pudo por fin hablar.
-Zinia, por favor, rápido -de sus palabras se desprendía mucha preocupación- En la capilla... -y no pudo decir nada más.
Salieron todos corriendo al sitio indicado.
El convento tenía una capilla donde se rezaba varias veces a lo largo del día y el padre impartía su misa. Estaba santificada al Sagrado Corazón de Jesús. Una impresionante talla de madera de cristo crucificado presidía el altar.
Cuando llegaron no podían dar crédito a sus ojos. En el suelo yacía Sor Zinia. Tenía los ojos abiertos de par en par, pero no movía ni un solo músculo. Parecía muerta. Pero eso no era lo peor, tenía el hábito desgarrado y presentaba lo que podían ser manchas de sangre.
-¡Dios mío! -Sor Marimar se estremeció con aquella visión.- Ha vuelto a pasar.
El resto de hermanas se persignaron inmediatamente para expresar su conmoción.
El padre Alb se arrodilló ante sor Zinia y le tomó la mano. En la capilla se hizo el silencio más absoluto. La madre priora no quería preguntar, pero al final lo hizo.
-¿Está, está, está...?
-Está desmayada -contestó el padre Alb.
Sor Cleliana que hasta ese mismo instante había permanecido impasible empezó a gritar de repente.
-¡El diablo se ha instalado entre nosotros! ¡Está aquí! ¡Lo ha traído ella!- señalando a sor Zinia- Bailan juntos bajo la luz de la luna.
La madre priora se encolerizó, alzó su bastón, como queriendo zurrarle en la cabeza y la increpó con las siguientes palabras:
-Calla, insensata. Tú, tú... no sabes nada.
Bastó para que Sor Cleliana se calmase, y cabizbaja, para que no se vislumbrasen las lagrimas que empezaban a aflorar en sus ojos, abandonó la estancia.
-Déjennos a solas, al padre Alb y a mí -dijo la madre priora dirigiéndose al resto.
-Pero... -la interrumpió Sor Mariana.
-¡He dicho que os vayáis! -una profunda cólera volvió a aflorar en la cara de la monja.
Después de que se fueran, la madre priora se tomó su tiempo para cerrar el portón de acceso a la capilla y con la mayor de las calmas se dirigió a donde el cura.
-Padre, le tengo que confesar algo.
(Continuará...)
© Runspect
04/09/08
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