Dameros malditos, 2012

ene


damero_img Ni un pelo de tonto

De las muchas excentricidades que practicó en vida el animoso Adelardo Pacharán, viene a bien que recordemos hoy (pues fue una decisión que tomó con el vigor con que se emprenden los proyectos al nacer el Año Nuevo) su gusto por dormir con la cabeza cubierta. No nos referimos desde luego a que se la tapara con las mantas, edredones o cobijas de su cama, sino que se tocaba de cualquier gorro o prenda similar. Ciertamente su idea venía avalada por una incuestionable verdad científica: el calor que concentra el cuerpo humano se pierde por la cabeza, como si nuestra especie fuera una enorme cerilla encendida. Esta certeza la adornó Adelardo con la variedad de su numerosa colección de gorros, gorras y sombreros, siendo así que elegía uno distinto cada noche anunciándolo a su esposa desde el cuarto de baño: "¡Bernardina (su esposa se llamaba Bernardina), cariño, prepárate que hoy me toca la boina!" Minutos después, Adelardo Pacharán se presentaba con la cabeza así ataviada dispuesto a compartir el tálamo.

A consecuencia de este comportamiento, las trifulcas conyugales antes de dormir fueron frecuentes, no ya porque Bernardina se quejase de que meterse en el lecho con su marido emboinado era como hacerlo con don Pío Baroja sino porque en sucesivas jornadas la sorprendió cubriéndose con una montera de torero, una gorra de béisbol, un sombrerito tirolés con su pluma y hasta un charolado tricornio de Guardia Civil (que por cierto, encontró muy cómodo como apoyacabeza). Pero todo terminó el día que tras muchos ruegos y la promesa de ser el último en seguir con esta conducta, Adelardo Pacharán consiguió encamarse llevando en la cabeza un sombrero de mariachi mejicano. "Ustedes no saben lo que me hizo sufrir a mí este hombre", era la queja a la que Bernardina, ya viuda, nos tenía habituados.

© Sap

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feb


damero_img Escenas íntimas de León Tolstói

En el cuarto de baño el hombre se afeita frente al espejo. La cuchilla produce un leve sonido de lijado al rasurar la barba de tres días que le oscurece el rostro. Las partículas de pelo se mezclan con la espuma de jabón, forman copos y caen al agua blandamente. Allí flotan como islas grisáceas que van a la deriva. El niño se asoma agarrado al quicio de la puerta. Está asombrado. El hombre de vez en cuando detiene su labor y lo mira de reojo. Se sonríe y vuelve a la tarea. Se afeita el cuello a contrapelo. ¿Qué hace papá, eh?, le pregunta al niño. El niño permanece callado, con la boca abierta. ¿Qué hace papá, eh?, pregunta el hombre por segunda vez. El niño se pone el chupete y un segundo después se lo quita. Traga saliva y también sonríe. ¡Atá!, contesta al fin. Sí, afeitar. Papá se está afeitando. El niño vuelve a ponerse el chupete y sale corriendo por el pasillo. ¡Atá, atá!, grita con júbilo. El hombre, repentinamente furioso, se arranca de un manotazo la toalla que lleva alrededor del cuello y lo persigue soltando insultos y maldiciones que hielan la sangre.

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mar


damero_img Potaje de oreja

Reconocía mi amigo Basurto su vicio y sus consecuencias, y es que le resultaba imposible leer si al mismo tiempo no estaba comiendo. Entiéndaseme: no es que se llevara el libro a la mesa familiar durante el almuerzo o que abriera el periódico en el bar a la hora del desayuno. No. Su vicio era más complejo y a lo que creo, menos habitual. Verán: Para Basurto, el acto de leer debía producirse siempre en el mismo sitio, esto es, su sillón favorito. Pero necesariamente debía ejecutarlo comiendo -en general un bocadillo- porque ya no entendía la lectura si el ritmo del relato o la eufonía de los versos no venían acompañados por la sonoridad mezclada de la masticación y de la garganta deglutiente. Este ritual era la causa de que las páginas de todos sus queridos libros se encontraran llenas de manchas. Manchas de grasa, de aceite, manchas coloreadas por el pimentón del chorizo y también por restos de pan endurecidos que se acumulaban en los intersticios.

Asumía Basurto que se le pudiera acusar de sucio e indolente pero en su defensa podía argüir que había acabado especializándose. A la larga, la acción subconsciente hizo que determinados autores lucieran en sus escritos manchas en exclusiva sin relación aparente; y así, con sorpresa, observó que las novelas de Faulkner se encontraban repletas de la rosada grasa del salchichón. A Proust lo reconocía por el ketchup de las hamburguesas; a Quevedo por la amarilla mostaza; a García Márquez por la permanencia olorosa de las manchas de chistorras... y así todos. Pero fue Galdós el que mejor representó esta regla: Sistemáticamente, las páginas de sus Novelas Contemporáneas fueron veladas por el aceite de sus bocadillos de sardinas. La conexión es clara, ¿existe mejor acompañamiento para "Fortunata y Jacinta" que la áurea pringue de unas sardinas en conserva?

P.D.: A Basurto nunca le prestaban libros.

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abr


damero_img Por el camino de Luiswan

"Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien.) Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre ha vivido una vez libre del aguijón de la muerte. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?

Recuerdo aquel rincón del patio en la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol. La vela estaba echada, sumiendo el ambiente en una fresca penumbra, y sobre la lona, por donde se filtraba tamizada la luz del mediodía, una estrella destacaba sus seis puntas de paño rojo. Subían hasta los balcones abiertos, por el hueco del patio, las hojas anchas de las latanias, de un verde oscuro y brillante, y abajo, en torno de la fuente, agrupadas, las matas floridas de adelfas y azaleas.
Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro. Disuelta en el ambiente había una languidez que lentamente iba invadiendo mi cuerpo.
Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar."

Luis Cernuda, "Ocnos".

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may


damero_img Tienes.un.mensaje.huevo

Estimada Frau Mílena:

Le escribí unas líneas desde Praga y luego desde Merano. No ha habido respuesta. Por supuesto, esas líneas no exigían contestación inmediata y si su silencio no es más que señal de una relativa bienaventuranza -lo cual con frecuencia se traduce en una cierta resistencia a escribir- me doy por satisfecho. Pero también existe la posibilidad -y por eso le escribo- de que en mis líneas la haya herido de alguna manera. ¡Qué torpe sería ¡ni mano, contra toda ni¡ voluntad, si ése fuera el caso! O bien -y eso sería mucho peor por cierto- que ese momento de sereno respiro, al cual usted aludía, haya pasado y una vez más se inicie una mala época para usted.

Debí advertirte que, en general, no utilizo calzoncillos pero he decidido que cuando se produzca nuestro primer encuentro en Gmünd, estrenaré unos que he adquirido en los almacenes Effenberg. Son de color carne y están ribeteados de cintas bordadas.

P. D. Mi hermana Ottla ha gestionado mi pasaporte. El empleado trató de seducirla y por lo visto ha tenido éxito. Menuda zorra está hecha.

Suyo, F. Kafka.

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jun


damero_img Saludando a la bandera

"Nuestro amigo Fernando, aka "Fernandito el Jari", tenía dos especialidades. Una, imitar a la perfección los bailoteos epilépticos del negro de Boney M. La otra, hacer experimentos con la errónea percepción que los humanos tenemos de la realidad.

De forma empírica se había dado cuenta de lo difícil que es alterar la visión de lo cotidiano, la mirada acostumbrada a lo habitual. La praxis de su teoría se desarrollaba en el portal de acceso al edificio donde vivíamos. Fueron muchas las tardes que allí pasamos, uno frente a otro, en distendida conversación que las más de las veces trataba de nuestras chorradas de adolescentes. Pues bien, en medio de la charla y cuando le venía en gana, Fernandito se bajaba la cremallera del pantalón y sacaba un miembro que, dada la edad del propietario era más que de regular tamaño. Impasible el ademán, El Jari continuaba con la cháchara apoyando los pulgares en las trabillas del pantalón como si orear el pito fuera lo más natural del mundo.

En efecto, recostados cada uno en su pared, pasaban entre nosotros vecinas y vecinos que entraban y salían a sus asuntos, nos saludaban y por respuesta dábamos las buenas tardes o hacíamos algún comentario cortés. En todo caso, y como culminación a su propuesta científica, nunca jamás se dio cuenta nadie de la actitud de Fernandito. Su aireado falo era ignorado sistemáticamente por los viandantes, ya que su actitud alteraba de tal forma la realidad, que los ojos y cerebros de los ajenos al experimento obviaban la extravagancia. ¡Oh, son tan pobres nuestros sentidos!

Qué tío, el Jari. Siempre fue una caja de sorpresas este muchacho. Luego, cansado del experimento, escuchaba lo de "Ra-Ra-Rasputin lover of the Russian Queen..." y era la debacle. Hace muchos años que no vemos a Fernandito. Sabemos que trabaja como conductor de locomotoras en la Renfe, pero ignoramos si continúa con sus prácticas. Si alguna vez se encuentras en la estación de ferrocarril con un maquinista con el miembro fuera del pantalón, salúdenlo de nuestra parte. Es nuestro amigo el Jari."

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jul


damero_img De cuando (otra vez) fuimos los mejores...

"José María Meléndez, conocido como “el Palmito” por razones que escapan a nuestras entendederas, jugaba al tenis. El asunto de la raqueta y la pelotita admiraba a los niños del bloque que dedicaban sus ocios deportivos a practicar un fútbol salvaje en el callejón con un balón de tómbola. Había que admitir que aquello del tenis era por así decirlo, una ocupación más fina, una actividad propia de espíritus elevados, incomparable con el plebeyo ejercicio de darle patadones a una pelota.

José María Meléndez “el Palmito”, tenía como rivales deportivos al Páez, a un tal Wenceslao y a otro tal Peribáñez, sujetos todos que estudiaban el bachillerato. Jugaban en el ‘campito amarillo’, aunque cuando éste se convertía en una polvareda de albero ocupada por las hordas futboleras, tenían a bien el trasladarse con sus bagajes al mentado callejón, socorrido recinto polivalente. Allí se comprobaba que el grupo de selectos tenistas era animoso. No les preocupaba en absoluto que no hubieran utilizado jamás una red, que desconocieran las reglas del tenis o que fueran incapaces de dar más de tres raquetazos seguidos porque esta clase de inconvenientes los suplían con las buenas ganas.

Al final, José María Meléndez “el Palmito”, adornó su antebrazo con una muñequera y más tarde apareció apretando una pelota de goma como gimnasia para fortalecer los músculos de la muñeca. Los niños, grandes amantes de los detalles efectistas, quedaron sorprendidos al darse cuenta que José María Meléndez “el Palmito”, se había transformado ante sus ojos en un tenista de verdad, como los que salían en la tele. Por eso en un rincón, asombrado, Enrique Peralta contemplaba el juego rascándose las verrugas de la mano sin importarle que de vez en cuando tuviera que ir en busca de la pelota blanca y peluda que saltaba tapias, se escondía bajo los coches y se perdía más allá de la carretera."

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ago


damero_img Francisco Rubio, “el mosca”

Bernardo Fuentes, para mitigar el aburrimiento que embargaban sus interminables tardes de soledad, se compró un canario y su correspondiente jaula, esperando que los cantos del pajarillo amenizasen sus horas de soltería.

El ave era desde luego preciosa, al igual que la jaula de dorado latón provista de todos los accesorios: bebedero, comedero, bañerita, columpio y hasta un hueso de calamar para que su habitante se afilase el pico. Bernardo resolvió pronto el dilema que representó poner un nombre al canario, y fue así que lo bautizó como 'Currito', nombre, la verdad, no demasiado original pero sí muy en relación con su convencional personalidad. Una vez instalado en el rincón más alegre y luminoso del saloncito, 'Currito' no tardó mucho tiempo en trinar bellas melodías que sorprendieron a su amo por su brillantez, volumen y limpieza de ejecución. Bernardo, por fin, se sintió casi feliz.

Bernardo también disfrutaba limpiando la jaula y reponiendo el alpiste de 'Currito'. Nada le satisfacía más que comprobar como día a día, el pajarillo, además de perfeccionar su canto, desarrollaba un plumaje sano, un pico fuerte y unos ojos como cabezas de alfileres de cristal negro. “Vamos a ser muy amigos, Currito; lo que me apena es que tengas que estar encerrado... Verás, un día de estos voy a cerrar las puertas y ventanas del saloncito y te dejaré que vueles libre en recompensa por las horas maravillosas que proporciona tu compañía”. Y fue así que decidido y en poco tiempo, Bernardo llevó a cabo su proyecto.

Una tarde de esas templadas del mes de septiembre, abrió la jaula dorada de 'Currito'. El canario tardó unos minutos en abandonar su encierro; pero una vez en el exterior, revoloteó por toda la habitación con un vuelo torpe que le hacía golpearse contra los muebles y cortinajes. Bernardo estaba aterrado y 'Currito' muy asustado porque después, mientras se hallaba sujeto a duras penas en un brazo de la lámpara del techo, defecó varias porciones de excremento blanquiverde que fueron a parar justamente sobre la pantalla del televisor, el objeto más preciado en la vida de Bernardo. “¡No, Currito, no te hagas caquita encima de la tele, por favor te lo pido, que es la otra cosa que me acompaña y alivia mi soledad!” Pero claro, el pajarito no atendía a razones, y continuó expulsando cagarrutas con una velocidad y volumen asombroso dado lo pequeño de su cuerpo hasta hacer que el televisor pareciera un blanco merengue paralelepípedo.

Esto ya no gustó nada a Bernardo, que entendiendo inútiles sus recriminaciones, gritos y aspavientos, se vio obligado a tomar de la cocina un potente espray insecticida que roció sobre 'Currito' en tan exageradas dosis que lo dejó tieso. Cayó fulminado sobre el propio televisor, mientras Bernardo no se asfixió de milagro. La soledad no elegida es terrible, sí.

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sep


damero_img Dannayá

El malgache pertenece al grupo de lenguas borneanas que a su vez pertenece a la familia austronesia. La lengua más similar al malgache es el ma'anyan, hablada en el sur de Borneo. El hecho aparentemente paradójico de que la lengua de Madagascar sea de origen malayo-polinesio se debe a que los primeros pobladores de Madagascar llegaron a la isla por mar desde Indonesia, llevando allí su lengua y su cultura.

Las palabras malgaches se acentúan por lo general en la penúltima sílaba, salvo aquellas acabadas en "ka", "tra" o "na", que se acentúan en la antepenúltima sílaba. Las vocales átonas son a menudo elididas, por lo que malagasy suena de manera similar a la transcripción francesa "malgache". El malgache tiene sólo cuatro sonidos vocálicos, correspondientes a las vocales /a/, /e/, /i/ y /u/ del español. No existe, por tanto, el sonido /o/. La ortografía actual malgache no utiliza todas las letras del alfabeto latino. Entre las vocales, sólo existen cuatro: a, e, i, o. Esta última se pronuncia como la "u" española, mientras que la letra "u" no se utiliza. Tampoco se utilizan las consonantes "c", "q", "w" y "x".

El idioma malgache tiene una literatura escrita que se remonta probablemente al siglo XV. Cuando los franceses se establecieron en Fort-Dauphin en el siglo XVII, se encontraron con un alfabeto arábigo-malgache en uso, conocido como alfabeto Sora-be (literalmente, "escritura de gran tamaño", lo que ha planteado una hipótesis sobre la existencia de otro tipo de alfabeto anterior, en caracteres más pequeños, que se cree que era de origen indio, como el ampliamente utilizado en el sudeste de Asia).
El manuscrito más antiguo conocido en alfabeto Sora-be es un pequeño vocabulario malgache-holandés del siglo XVII, publicado por primera vez en 1908 por Gabriel Ferrand1 aunque el alfabeto parece haberse introducido en la zona sureste de Madagascar a partir del siglo XV.2 Radama I, el primer representante alfabetizado de la monarquía merina unificadora del reino de Madagascar en el siglo XIX, aunque ampliamente versado en la tradición arábigo-malgache,3 optó por la alfabetización en caracteres latinos e invitó a los protestantes de la Sociedad Misionera de Londres para que fundaran escuelas e iglesias.

¡Claro, so listos, que todo esto está tomado de la Wikipedia, ¿o qué pensaban?!

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oct


damero_img Funesto, el memorioso

En principio fue el Verbo, sí; pero el caso es que la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, Gregor Samsa se despertó después de un sueño intranquilo, encontrándose sobre su cama convertido en un monstruoso insecto y hubo de recordar aquella tarde remota que su padre lo llevó a conocer el hielo en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme. Gregor Samsa dudaba: Ser o no ser, esa es la cuestión, porque era insecto y a la vez era pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no llevaba huesos. Quien lo vio fue el orondo Buck Mulligan, que llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban. “Pueden ustedes llamarme Ismael”, dijo a los luego presentes, y comunicó: “Hoy a muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”. Ajeno a esta disquisición, a Gregor Samsa sólo le preocupaba si encontraría a la Maga. La recordaba como si fuera ayer, cuando meciéndose como un navío, llegó a la puerta de la posada profiriendo aquel grito: “¡El Maelstrom!“ ¿Podía nombre más espantoso haber resonado en sus oídos de insecto en situación tan terrible? Nunca lo supo, porque cuando despertó de nuevo, el dinosaurio seguía allí.

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nov


damero_img ¡Por qué no se mató allí mismo (el narrador, se entiende)?

Era la densa noche de fiacres charolados por la lluvia, iluminados por los planetas lácteos de las farolas. Había un lejano ulular de sirenas y en una esquina también lejana, un breve hombre y una breve mujer entre pliegues textiles, nimbados ambos por sus vahos casi equinos, procedían a cerrar el trato más antiguo. Hipolite tal vez se encontrara ya aterida entre los satenes nacarados de su cama. Aún había tiempo para un último ajenjo en el bar de Beppo, el calabrés. París estaba cerca.

Un par de mesas ocupadas, unos jugadores de billar y un bebedor solitario en la barra es cuanto había. Acudí al reducto caldeado por la estufa y busqué la compañía del gato narcotizado, eterno vigía de ojos cerrados. El propio Beppo me sirvió con un entusiasmo impropio de la hora y la meteorología. Mi bufanda mantenía un tenue rastro del perfume de Hipolite. En el rincón más oscuro, una mujer negra farfullaba un tango en un imperceptible acordeón. Creí haber visto antes su cara. "Tú también detestas la vida", recitó como un sortilegio. Hubiese querido encontrar un revólver en mi bolsillo, salir del bar de Beppo, utilizar una sola bala. Pero en vez de un arma, mis dedos se enredaron en el pañuelo con nuestros nombres. Hipolite y Joel, y tuve que seguir bebiendo y viviendo.

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dic


damero_img Fetichismo ilustrado

"Reconozco mi vicio y sus consecuencias, pero me resulta imposible leer si al mismo tiempo no estoy comiendo. Entiéndaseme: no es que me lleve el libro a la mesa familiar durante el almuerzo o que abra el periódico en el bar a la hora del desayuno. No. Mi vicio es más complejo y a lo que creo, menos habitual. Verán: el acto de leer debe producirse siempre en el mismo sitio, esto es, mi sillón favorito. Pero necesariamente debo ejecutarlo comiendo -en general un bocadillo- porque ya no entiendo la lectura si el ritmo del relato o la eufonía de los versos no vienen acompañados por la sonoridad mezclada de la masticación y la garganta deglutora. Este ritual es la causa de que las páginas de todos mis queridos libros se encuentren llenas de manchas. Manchas de grasa, de aceite, manchas coloreadas por el pimentón del chorizo, manchas acompañadas a veces por restos de pan endurecidos que se acumulan en los intersticios. Asumo que se me pueda acusar de sucio e indolente pero en mi defensa puedo argüir que he acabado especializándome y por tanto, sofisticándome.

A la larga, la acción subconsciente ha hecho que determinados autores luzcan en sus escritos manchas en exclusiva sin relación aparente; y así, con sorpresa, observo que las novelas de Faulkner se encuentran repletas de rosada grasa del salchichón. A Proust lo reconozco por el ketchup de las hamburguesas; a Joyce por la amarilla mostaza; a Borges por la permanencia olorosa de las manchas de chistorras... y así todos. Hasta Galdós. Las páginas de sus novelas contemporáneas están veladas por el aceite de mis bocadillos de sardinas. La conexión es clara, ¿existe mejor acompañamiento para "Fortunata y Jacinta" que la áurea pringue de unas sardinas en conserva?

P.D.: Esta debilidad tiene su contrapartida: Nunca me prestan libros."

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