Dameros malditos, 2013

ene


damero_img Todos tenemos un clon millonario en alguna parte

Leemos la palabra “espejo” y a la misma vez, alguien la dice en el programa de radio que escuchamos. Escribimos la palabra “vidrio” y de manera simultánea, alguien la repite desde el televisor. Sucede a menudo y esta sorpresa, cuando las palabras coincidentes son poco comunes, la celebramos, compartiendo nuestro asombro con quienes nos rodean en ese momento: “Fíjate, estaba escribiendo la palabra ‘esclerótica’ y el tío de la tele la decía al mismo tiempo!”

Ante esta afortunada intervención del azar, propongo festejar estas coincidencias con mayor prosopopeya pues, desconociendo desde luego las leyes matemáticas de la probabilidad, no creo que sea menor alguna de estas coincidencias con la posibilidad de que nos toque el Gordo en la lotería navideña. Claro que es más fácil la simultaneidad de la palabra “esclerótica” si el programa de la radio o el reportaje de la televisión está dedicado a la oftalmología; pero no me digan que no merece, por ejemplo, un opíparo banquete en el que no falten los vinos más selectos, los manjares más exquisitos y el concurso de serpentinas, confetis y matasuegras, si es que “esclerótica” la leemos en un manual de cunicultura mientras que en la radio o en la televisión se desarrolla un programa de información bursátil.

© Sap

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feb


damero_img Carísimo Ecuménico:

No fue mi intención consciente el haberme permitido tutearle en una primera ocasión (por desgracia, el inaugural mensaje que le envié lo he extraviado de manera misteriosa y ello me impide corroborar el punto), pues como Ud. mismo ha comprobado en el resto de misivas, recurro a un tratamiento más respetuoso para con su persona. Le ruego que no tenga en cuenta el anterior error pues nada me produce más enfado que no haber sabido tratar a según qué semejantes con el respeto que merecen y que las pautas de la educación nos dictan. El tuteo - o voseo, en caso de argentinos y uruguayos- empleado de golpe y porrazo a las primeras de cambio, me parece un uso que lejos de cordializar una relación entre desconocidos, la afean y la reducen a una charla tabernaria impropia de espíritus elevados. Otra cosa sería, claro está, que fuésemos presentados por algún amigo común y que fruto de esta normativa, accediéramos al tuteo de una manera formal. Así que mientras no se me indique lo contrario emplearé el tratamiento de "usted" en los escritos dirigidos a su dirección.

¡Inexcusable! ¡inexcusable del todo, amigo Ecuménico, me resulta que se agazape en su timidez para negarme unos párrafos de su autoría literaria! Yo le prometo sobre los huesos de mis difuntos que en cualquier caso me mostraré discreto, parco en el ejercicio de la crítica de ser necesario y ciego admirador de su obra, pues la mera lectura de sus epístolas indican a las claras que el redactor es persona de fundamento y que no derrocha su tiempo en disquisiciones fútiles. Envíeme un ejemplo, querido Ecuménico, que visto un trozo yo sabré calibrar la calidad del resto del paño. Y en cuanto a su timidez por mostrar sus escritos le remito al simpar hidalgo manchego y a un sapientísimo comentario de uno de sus interlocutores: "...don Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa literaria; a lo que él respondió que, por no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los vomitan,..."

Ruégole por otra parte que perdone la dispersión de comentarios con que le apabullo, yendo de aquí a allá y picoteando en todo como la melífera abeja, sin darle oportunidad de seguir su justa costumbre de no tocar más de un tema por misiva. Estoy de acuerdo en los términos aunque en este momento no se me ocurre un apartado sobre el que disertar en exclusiva. Tal vez tenga usted muchos en su alforja y por ello le agradecería que de tenerlo, lo expusiera, para mal que bien por mi parte, dar glosa a los mismos. Hay propuestas que por su complejidad no creo que merezcan la pena someterlas a exposición tal como la ecología que nos invade, el uso de energías alternativas, el aborto, la eficacia de los regímenes adelgazantes, la diatriba de la eutanasia o la siempre apasionante polémica de que en caso de existir un Infierno nos encontraremos allí con hembras de la talla lúbrica de Ava Gardner, Rita Hayworth y otras pelanduscas del pasado.Así que con toda cortesía cedo a usted el bastón de mando para presentar algo que merezca la pena discutir.

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mar


damero_img Olé mental, querido Watson

"Cuéntase -pero Alá es más sabio, más prudente, más poderoso y más benéfico- que cierto día Nasrudín, sumido como estaba en la pobreza, decidió hacerse ladrón. Sabía que el cadí Ben Ayyub atesoraba en su casa las monedas y las joyas requisadas a los deudores del fisco y determinó robarlas.

Provisto de martillo y escoplo, Nasrudín, con todo sigilo y amparado por la noche, comenzó a horadar el muro donde el cadí guardaba el tesoro. Ben Ayyub se encontraba ausente pues había viajado a la ciudad de Damman para participar en un juicio y en su casa, sus esclavos se habían sumado a la algarabía de las calles pues se celebraba el Aid Al-Ahad.

Cuando Ben Ayyub regresó, se supo víctima del robo. Nada quedaba en el cofre que guardaba en la alacena, salvo un rubí que como una gota de sangre proclamaba desde el suelo el latrocinio. Dándose a los diablos ordenó traer a su presencia a Alí Al-Hakim, jefe de su policía y famoso por su astucia. "¡Mira lo que me ha sucedido!", le gritó con desesperación, "quiero que detengas cuanto antes al hijo de la burra que cometió tal atropello en mi propia morada".

Alí Al-Hakim se paseó entonces por la alcoba donde se encontraba la secreta alacena, meditabundo examinó los rincones; en silencio, levantó alfombras y separó cortinas rascándose bajo el turbante. Al cabo, alzó su índice y dijo:

"¡Oh, Honorable Ben Ayyub, alégrate porque el caso está resuelto! Este robo sólo lo ha podido perpetrar el más tonto de los tontos. Y el más tonto de los tontos no es otro que Nasrudín. Ahora mismo daré orden a mis esbirros de que lo apresen".

"¿Pero cómo lo has sabido, sagaz Alí Al-Hakim?"

"Muy fácil, Venerable Ben Ayyub, porque solo a un tonto como Nasrudín se le ocurre practicar en la pared un agujero para entrar y otro para salir", dijo finalmente el policía; "pero Alá es Aquel a Quien pertenece la mayor sabiduría", remató cruzando las manos sobre el pecho.

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abr


damero_img Sumadre´s book: sabiduría viejuna

Breve observación de pasada. Si al pobre Romeo le hubiera quedado tronchada de repente la nariz por algún accidente, Julieta habría huido horrorizada al verlo. Treinta gramos menos de carne, y el alma de Julieta deja de experimentar nobles emociones. Treinta gramos menos y se acabaron los sublimes gargarismos al claro de luna, los "no es el día, no es la alondra".

Si Hamlet, a consecuencia de un trastorno hipofisiario, hubiera adelgazado treinta kilos, Ofelia habría dejado de amarlo con toda su alma. El alma de Ofelia necesita para elevarse a divinos sentimientos un mínimo de sesenta kilos de bistecs. Cierto que si Laura hubiera perdido de repente brazos y piernas, Petrarca la habría dedicado poemas menos místicos. Y eso que la mirada de la pobre Laura habría seguido siendo la misma y su alma también.

Sólo que, claro, el caballero Petrarca necesita muslitos para que su alma adorne el alma de Laura. Pobres carnívoros que somos con nuestros camelos de las almas. Basta, amigo mío, no abundes más en el asunto, que ha quedado claro.

Albert Cohen "El libro de mi madre".

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may


damero_img Inmaculada Concentración

El payaso listo se corta el pelo a navaja. El payaso listo no admite otras coloraciones en el cabello que no sea el negro intenso matizado por unas canas que le plateen los aladares. El negro del pelo contrasta con el maquillaje blanco del rostro y con el rojo de las orejas. El payaso listo se pinta los labios con rouge de señorita en forma de corazón tal y como se lo pintaban las antiguas estrellas del cine mudo: Pola Negri, Gloria Swanson o Theda Bara. Es un corazoncito breve como el de un feto de pocos meses el que deposita sobre sus labios blancos como un corazón de baraja de póker, como el de una carta de corazones de Alicia. El payaso listo cuida los detalles hasta el cansancio, hasta la extenuación, porque en ello le va el trabajo, el éxito y la vida. Nadie aprecia a un payaso listo que muestre alguna mancha en la inmaculada camisa o un descosido en su torerita de lentejuelas o una inclinación inadecuada en su sombrero de cono. El payaso listo se despega de los mortales en cuanto sale a la pista, su mundo circular. Allí toca unos compases al saxofón e imparte unas clases de solfeo; pero en cuanto acaba el número y se desprende del maquillaje, el payaso listo no hace como el domador o el trapecista, que se van al bar del circo a embrutecerse con el coñac, sino que continúa comportándose con la corrección y disciplina de siempre en el interior de su caravana. La que mantiene en todo momento acogedora, su hermano, el payaso tonto.

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jun


damero_img Notas para una biografía de Romero Taone, 1.

La indumentaria de Romero Taone -el filósofo errabundo que fue discípulo del gran Jaec- es singular. Es un hombre uniformado en tanto que siempre viste las mismas ropas: Una vieja chaqueta de cuadros tipo Príncipe de Gales, unos pantalones blancos cortados a la altura de las rodillas y una camiseta a rayas horizontales de las que estila la clásica marinería. El calzado varía según la estación del año, siendo así que las botas de agua invernales, las sustituye por ligeras sandalias de goma en cuanto termina el mal tiempo. Llevó durante muchos años el cinturón de piel de búfalo que le regaló la marquesa de Galapagar hasta que éste se cayó a pedazos por el uso, pero no le importó entonces utilizar una simple cuerda. En el momento culminante de su peripateia, Romero se ajustaba el pantalón con una correa publicitaria de los chorizos Pamplonica.

Pero de todos sus complementos de vestuario, es sin duda el más característico el tocado, el que él llama el "topito", un pequeño sombrero negro, parecido a un bombín pero de breve ala recta y de copa ligeramente troncocónica. Como resulta que es imposible encajarlo en la cabeza dada su minúscula hechura, Romero lo dispone a un lado de ella, haciendo una gomilla la función de barboquejo. Entre otras ventajas, el tamaño del "topito", permite al filósofo dormir con él puesto sin que le cause mayores molestias.

Por el contrario, su alumno, el aplicado Macarro, viste de una manera estándar: pantalón de pinzas ochentero y un polo Lacoste de color burdeos. Sabe que el derecho a utilizar "topito" sólo lo adquirirá tras muchos años de aprendizaje, lo cual no quita para que casi todas las noches sueñe con ese momento. Algunas veces, Romero Taone se lo ha prestado unos minutos para ver cómo le queda y entonces Macarro no se puede sentir más feliz.

Ah, se nos olvidaba: Romero Taone jamás utiliza calcetines ni ropa interior.

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jul


damero_img La infancia del rey Gaznápiro

Don Francisco el Labioso nos intentó enseñar algunos rudimentos de dibujo lineal.

- A ver, cojan ustedes una hoja cuadriculada de color caña.
- En mi recambio -decía alguno- no vienen hojas de color caña, don Francisco.
- Bueno, da igual; pues la coge usted blanca y a ver si la próxima vez su madre de usted le compra un recambio en condiciones.

Los recambios de don Francisco eran siempre los adecuados, pero nunca nos decía dónde los compraba. Un misterio más de su existencia ignota.

- Bueno, pues ahora, desde el primer cuadrito de la esquina superior izquierda me van a contar diez cuadritos a la derecha, ¿entendido? Luego cuentan veintidós para abajo, ¿estamos? Pues en ese cuadrito al que han llegado me pintan con el lápiz un punto en la esquina inferior derecha. ¿Lo tienen todos? Pues venga, ahora otro punto.

Don Francisco el Labioso seguía dando coordenadas y nosotros dibujando puntitos con la certeza terrible de haber fallado en la colocación de más de uno.

(Llovía siempre tras la ventana durante las machadianas tardes de colegio. Pasaba el tren de Alcalá, "la cochinita", como si tal cosa, ajeno el maquinista a los puntitos de don Francisco).

Cuando todos los puntitos quedaban fijados, procedíamos a unirlos con el rotulador y la regla. ¡Qué de disgustos cuando la figura resultante era en palabras del Labioso una mamarrachada! A alguien el rectángulo se le convertía en trapecio; a otro, el rombo le salía pentágono y todos, al fin desconcertados, aguantábamos como podíamos el chaparrón de improperios de don Francisco.

- ¡Son ustedes unos mamarrachos! ¡Son unos gaznápiros! ¡Son unos gansos!

Lo de llamarnos gansos y gaznápiros nos resultaba muy cómico y a más de uno se nos escapaba una risita cuando nos llamaba así. El Labioso no parecía darse cuenta del efecto contrario que producían sus palabras. Enfurecido, daba un reglazo sobre la mesa, se cruzaba de brazos y nos lanzaba terribles miradas en silencio hasta que al poco retomaba su rapapolvo fragmentario, tuteándonos.

- ¡Sois unos gansos!, ¡en cambio hay muchos niños alemanes que con vuestra edad ya han empezado una carrera! ¡Una carrera, mamarrachos! ¡Por esos niños sí que merece la pena trabajar y no con ustedes que sois una pandilla de gansos!

Cuando don Francisco el Labioso terminaba de mostrarnos las virtudes de los niños alemanes, echaba mano de otra de sus trucos dialécticos recurrentes: la infancia del rey Alfonso XIII.

- ¡Cuando el rey tenía diez años escribía de maravilla, no como ustedes! ¡Yo he visto sus cuadernos. Qué letra, qué renglones!... Se os iba a caer la cara de vergüenza, mamarrachos. ¿Para qué trabajo yo si puede saberse, eh?, ¿para qué pierdo el tiempo con ustedes, eh?

(Volvía a pitar el tren de Alcalá, ahora de vuelta, ajeno de nuevo a las reprimendas de don Francisco. ¡Felices los hombres que conducen locomotoras!)

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sep


damero_img Envejecimiento Activo

No fue hasta cumplidos los diez años de su hijito, que los padres de Alfonsito Calvo Cerrato comenzaron a preocuparse de verdad, pues resultó que en vísperas de Reyes, Alfonsito no les solicitó, como hubiera sido lo normal en un niño de su edad, un juego de química, un scalectrix o una bicicleta, sino una boina y una garrota, confirmando así el reiterado deseo formulado un año atrás: “Queridos papás, yo lo que quiero es ser anciano”.

Esta acusada gerontofilia, había llevado a los apenados papás de Alfonsito a muchas renuncias, la principal de la cuales fue a que se relacionase con otros niños y jugase con ellos. La alegación de Alfonsito no pudo ser más rotunda: “Queridos papás, ninguno de mis amiguitos sabe jugar al dominó y mucho menos al tute subastao”. Dicho lo cual, el pequeño berreaba hasta conseguir que sus progenitores accedieran a llevarlo a mirar tras los cristales, el salón principal del Hogar del Pensionista del barrio. Allí, con la nariz pegada al vidrio, la boca babeante de placer y los ojos bizcos de gozo, Alfonsito Calvo Cerrato contemplaba con envidia las mesas de juego ocupadas por abuelillos gargajeantes y vocingleros y esperaba con ansia los días en que se organizaban bailes de pasodobles, pues nada contentaba más a Alfonsito que escuchar “En er mundo” o “España cañí” o cualquier bolero de Machín imaginando que su pareja de danza fuera una abuela seducida.

Por el contrario, gran disgusto fue el que se llevó nuestro amigo Alfonsito al comprobar que los dientes de leche que se le comenzaron a caer en cuanto alcanzó la edad apropiada, eran sustituidos por otros nuevos, pues creyó que el pacto establecido con el Ratoncito Pérez llegaría a hacer realidad su anhelo, esto es, que las encías le quedaran mondas y lirondas y que sus papás se vieran obligados a encargarle una dentadura postiza.

Hoy nos hemos enterado que el que fue niño Alfonsito, convertido ya en Alfonso Calvo Cerrato, inspector de Hacienda, llegó a ponerse en manos del doctor Corchuelo, afamado cirujano estético, que le cobró un dineral por someterlo a una intervención que le dejó el rostro lleno de arrugas y el cuerpo ajado, para que posteriormente y haciendo uso de una triquiñuela legal, pudiera jubilarse con apenas cuarenta años y embarcarse así en uno de sus sueños, viajar a Benidorm con el Imserso.

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oct


damero_img El busto es nuestro.

¿Que cuándo comenzó el trastorno que tanta preocupación ocasionó a don Jenaro? Pues nadie lo puede asegurar; aunque él mismo se aventurara a señalar la semana posterior a su jubilación como inspector municipal del Servicio de Aguas de su localidad como principio del fenómeno. En todo caso, la fecha es lo que menos importa y sí sus consecuencias, pues resulta que a partir de ese indeterminado momento, a don Jenaro comenzaron a crecerle los pechos hasta adquirir el tamaño de los de una mujer de notable busto.

Pese a la enorme vergüenza, vencida en parte por la ayuda de su señora, logró consultar a varios doctores, los cuales dictaminaron a la vista de los resultados arrojados por innumerables pruebas y análisis, que la extraña mutación que sufría don Jenaro se debía a una disfunción hormonal y no metabóliconutricional en un principio se pensó, pues en efecto, los pechos de don Jenaro no estaban formados por tejido adiposo sino mamario. Fuera como fuese, la medicación prescrita para detener e involucionar el proceso, se mostró inútil, por lo que se decidió poner a don Jenaro en manos de un prestigioso psicólogo por ver de paliar en tanto se pudiera, los sufrimientos del paciente.

El caso es que en seis o siete meses de tratamiento, don Jenaro acabó no solo aceptando su nueva realidad sino desarrollando un instinto lactante que en un principio le causó gran preocupación pero que luego le proporcionó gran placer. Claro que los hinchados pechos de don Jenaro eran estériles, pues no contenían leche ni nada parecido, pero pese a ello sentía en su interior una enorme, una irracional necesidad de amamantar a cuanta criatura de corta edad se topaba durante sus tardes de paseo. Aquello se convirtió en un tormento, en atroz pesadilla, pues escondido tras los árboles como un sátiro, espiaba a las madres a las que envidiaba el ser ubérrimas y el que con despreocupación y facilidad dieran de mamar a sus bebés en el parque. x
A tanto llegó sus desasosiego que su señora, apiadándose de él una noche en que ambos ya se encontraban en la cama matrimonial, se ovilló en su regazo y sacando de entre el desabrochado pijama, uno de los grandes pechos de don Jenaro –peludo, de rotundo pezón oscuro- se lo metió en la boca y comenzó a succionar como un rorro hambriento. ¡Aquella prueba de amor desinteresado, colmó de placer a don Jenaro! Nunca hasta entonces había recibido tanto cariño, tanta abnegación. Por eso, cuando a petición suya, su señora accedió a desprenderse de la dentadura postiza para poder chupar con mayor propiedad y parecido al de una desdentada lactante, don Jenaro, mientras ella se aplicaba al ejercicio, lloró de gratitud.

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nov


damero_img La alegría de la tuerta.

Cuando don Francisco “el Labioso”, nuestro maestro, murió, la clase en pleno tuvo que asistir a su misa funeral. Teníamos once o doce años y era la primera vez que íbamos a un ceremonial tan de personas mayores. En la misa estuvimos muy formalitos, pues el tener tan cerca de nosotros el ataúd donde habían encerrado a don Francisco, nos impresionaba mucho. Luego, cuando el cura terminó el responso, desfilamos ante la viuda para darle el pésame. Nadie sabía qué decirle a aquella mujer que parecía nuestra abuela; menos mal que el Prieto Gallardo, que era uno de los grandullones de la clase, me susurró al oído: “Tú dile, ‘le acompaño en el sentimiento’ y ya está”. Me encargué de repetir el mensaje entre otros compañeros y al rato, todos estuvimos informados. Uno a uno, le fuimos dando la mano a la mujer —¡cómo imaginar que en la ignota vida de maestro escuela de don Francisco cupieran una esposa y unos hijos!— mientras repetíamos la fórmula que resultó ser mágica porque al final, hasta don José, el director, nos felicitó por nuestro buen comportamiento y nuestra buena educación al decir “Le acompaño en el sentimiento”.

Nunca supimos de qué murió don Francisco a no ser que la causa fuera la pura vejez. Cuando cayó enfermo ya no daba clases y solo se encargaba de la logística del comedor; era, en sus palabras, ecónomo. De todas formas, de vez en cuando abría la puerta de nuestra clase interrumpiendo la lección del joven don Carlos o don Julio con la prerrogativa de una soberbia veteranía, asomaba su cabezota de ogro, se alzaba las gafas dejando sin defensa a sus ojos de camaleón y nos barría apuntándonos con su dedo índice como si fuera una ráfaga de ametralladora: “¡Me estoy muriendo… Pero que sepan todos ustedes que me han matado, que son los culpables de mi muerte!, ¡que quede en sus conciencias esta muerte!”, tronaba con su voz de acatarrado crónico. Seguidamente carraspeaba, arrancando de la profundidad de sus bronquios y bronquiolos, materia suficiente para formar en el discurrir ascendente por la tráquea, uno de sus célebres salivazos, un gargajo desaforado que, como era costumbre inveterada, escupía sobre un pañuelo gigante. Aquella casi sábana lo albergaba no sin que antes don Francisco lo inspeccionara con sus ojos de sapo para, a continuación, envolverlo entre pliegues y devolverlo a su pantalón.

Yo no se lo dije nunca a nadie, pero cuando me enteré que don Francisco “el Labioso” había muerto, me alegré un poquito. Yo era un niño. Ahora me levanto las gafas como se las levantaba don Francisco.

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dic


damero_img Amo(ur)tismo siego.

El porqué de la cerrazón de Rafalito Romero Parrillón es algo que no comprendieron los investigadores por muchas vueltas que dieron al asunto. Ni siquiera el buen oficio del inspector Gómez con la ayuda de la psicóloga Marga Pertucci, lograron sonsacarle una palabra. Por el contrario, el detenido había colaborado en todo lo demás. Sin recibir ningún tipo de presión, relató con normalidad el cómo hubo planeado el asesinato de su suegro, cuál fue el arma homicida (un pisapapeles de bronce), cuándo lo llevó a cabo, etc. Pero en cuanto se le preguntaba por el móvil, se encastillaba en su silencio y de allí era incapaz de sacarlo nadie. Como mucho, dejaba escapar una risita floja, casi contagiosa, cuando se llegaba a este extremo.

- Pero, vamos a ver, ¿por qué se niega usted a revelarnos el móvil?, ¿acaso no se hace cargo de su intrascendencia después de las pruebas abrumadoras y sobre todo de su autoinculpación?

Pero Rafalito Romero Parrillón, seguía en sus trece y que no y que no y que no y que se negaba a abrir la boca y de ahí no lo sacaba ni Dios. Su cantinela no variaba un ápice: "Mire, inspector Gómez, a mí me da igual ocho que ochenta. Lo maté, les he dicho cómo, cuándo y dónde y sanseacabó. ¿Qué me esperan veinte años de cárcel?, pues bienvenidos sean; pero yo a ustedes jamás les confesaré por qué lo hice". Y el inspector y su ayudante seguían atónitos ante estas declaraciones provenientes de un hombre desapasionado, tranquilo, en absoluto víctima de brotes psicóticos ni trastorno mental alguno que rechazó todos los ofrecimientos, hasta el de un coche y un apartamento en Torrevieja para su familia.

Y así sucedió. Cuando dieciocho años más tarde -se le redujo la pena de veintitrés años por buen comportamiento- Rafalito Romero Parrillón salió de la prisión de Santoña, viajó hacia su hogar donde lo esperaba su amantísima esposa y jamás nos llegamos a enterar de las causas que lo llevaron a acabar con la vida de su suegro. Retomó su trabajo como reponedor en la cadena de hipermercados Carrefour e hizo reverdecer viejas amistades; pero como decimos, nunca soltó ni una palabra acerca del motivo del asesinato.

© Sap

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