Dameros malditos, 2014

ene


damero_img El niño de la porra

El niño José María tenía un disfraz de policía militar con correajes y casco blanco con las letras PM y una porra de plástico. Tenía además una equipación de romano, pero no de romano convencional, ya que en vez del casco con cepillo, el suyo según él era de etrusco porque llevaba una protección sobre la nariz. Este pequeño detalle nos resultaba fascinante, ¡cuánto envidiábamos el casco etrusco de José María!

Era unos años mayor que todos nosotros y por esa causa no participaba en nuestros juegos. Salía del bloque ocho de la mano de sus padres y en el patio formábamos un pasillo por el que se paseaba casi sin mirarnos vestido con su ropa de policía militar o con su casco etrusco con orgulloso pavoneo. El detallito aquél de la protección nasal nos traía a todos de cabeza. Cuánto nos hubiera gustado dejar de ser simples indios, vaqueros o romanos y convertirnos en etruscos aunque tuviéramos que admitir a José María en nuestras filas.

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feb


damero_img Comanda de recuerdos

Al libro nuevo le falta el roce (el roce hace el cariño) de la madera pulida por el uso, como la empuñadura de una gubia o una escofina ennoblecida por la mano que trabaja. ¿Madera y papel no son acaso la misma materia?

No es hasta pasado un tiempo --y si tiene suerte-- que el libro nuevo pierde su frialdad a base de ojos, de gafas, gracias al fervor único de la mirada que lee. Son los que más me gustan. Libros usados, manoseados, releídos, de los puestos de viejo y de las bibliotecas de barrio. Libros como la machadiana guitarra del mesón, libros resabiados que contienen entre sus páginas como en un pequeño museo de la cotidianeidad, ceniza de cigarrillos, arena de playa, dedicatorias amorosas, pelos púbicos y antiguas estampitas de Primera Comunión. Libros en suma como la farsa monea, que de mano en mano van y ninguno se los quea (porque en la Feria del Libro Usado y de Ocasión cada año veo los mismos).

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mar


damero_img Los naranjos ya florecen, que es lo importante.

De todas las opciones posibles, Petrusko Mamuasel, diseñador de batas de boatiné para amas de casa, eligió la más sencilla para liquidar al perro de su vecino: el envenenamiento. Como su vivienda se encontraba en un piso superior y una de sus terrazas --verdadero jardín colgante babilónico, tal era el esplendor de sus geranios y clavellinas-- daba al patio donde el molesto perrazo se pasaba el día y la noche ladrando, ideó un sistema para envenenarlo que le pareció discreto y muy poco comprometido.

Lo primero fue hacerse con un saco de comida para perros sin importarle que para conseguir un solo Whiska, tuviera que comprar el saco de 5 kilos. Ya en casa y con el incesante ladrar que llegaba desde abajo metido en el cerebro, se dio cuenta de que no tenía las herramientas necesarias para efectuar en el Whiska la operación proyectada, así que apresuradamente se dirigió a una ferretería para hacerse con una segueta y un taladro-miniatura de precisión. Otra vez de vuelta a su domicilio, abandonado el trabajo de hilvanar una bata encargada por doña Pilar de la Hoz, marquesa de Setefilla, dispuso sobre la mesa el arsenal y efectuó en el Whiska un corte transversal y el hueco destinado a contener el veneno... ¿pero qué veneno? El recuerdo de una antigua lectura, hizo que se decidiera por el mercurio aunque desconocía si los efectos letales de la ingesta de mercurio actuaban de manera inmediata en el organismo de un perro o si por el contrario, la muerte tardaba en llegar días, o peor aún semanas o meses.

Se acordó que en el trastero aún albergaba un vetusto calentador de agua de 80 litros que nunca decidió ceder al chatarrero. Con destornilladores y llaves al principio y a puros martillazos después, logró extraer la cápsula que contenía el preciado mercurio y que en tal cacharro formaba parte del termostato. Después, ya en la mesa de trabajo, rellenó en Whiska de líquido metal y pegó los dos hemisferios de cola blanca. Cuando esta se secó bien pasadas dos horas, volvió a la ferretería donde antes compró el taladro y la segueta y adquirió en esta ocasión un carrete de sedal de nailon. En la punta del hilo ató el Wiska, se asomó a la terraza, llamó al perro ("Perrito, perrito; ven, perrito"). El can se puso como loco en cuanto lo divisó, se transformó en un monstruo que fabricaba espuma que era expulsada de sus fauces a razón de medio litro por segundo. Pero, a medida que el Whiska emponzoñado fue descendiendo en tanto Petrusko Mamuasel iba soltando sedal, su insufrible ladrar aminoró hasta que la curiosidad por lo que bajaba lo convirtió en silencio. Finalmente, el perro mordió, nunca mejor dicho, el anzuelo, a la vez que el modisto dejaba escapar un hondo suspiro de satisfacción.

¿Qué el perrazo tardaría en fallecer un día o un mes? Daba igual. Poco le importaba esperar el feliz desenlace, porque tenía para escuchar mientras confeccionaba sus batas, la discografía completa de Marifé de Triana.

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abr


damero_img Guelcon tu la jungla.

—Ya sabe usted señoguita que a todas las bailaguinas que pretenden fogmag pagte de mi cuegpo de baile, me las paso antes pog la piedra, ¿vegdad?

—Yo haré lo que usted me diga, don Gorgue, que estoy muy necesitada.

—Pues a veg primego si conoce usted mi obra y luego ageglamos lo de sus dientes… A veg, ¿sabe usted bailag el Bimbó o La Bagbacoa?

—¿Pero así? ¿sin música ni nada, don Gorgue?

—Sienta la música en su cabeza, señoguita.

—Bueno, vale.

Y la Tere comenzó a bailar, a mover el culo con esa gracia natural que poseía y que nos había enamorado a todos en el bloque y a mí con particular fuerza.

Ya hablé de la Tere aquí, haciéndola protagonista de uno de los capítulos de la serie “Honky Tonk Women”. La Tere, aquella muchacha que ante las circunstancias adversas juraba por su hermanito Marcelino, su hermanito muerto con pocos años.

Hace unos días me comunicó mi madre por teléfono que la Tere y su madre, la Pepita, se habían visto obligadas a pedir limosna por las calles, que se le habían acabado todas las ayudas habidas y por haber, y que para intentar paliar la situación, los vecinos organizaban colectas para recaudar fondos tanto en metálico como en especie. Tanto es así que en nuestro almuerzo familiar navideño, tomamos todo lo que sobró (que fue mucho) de género charcutero para hacérselo llegar. Luego mi madre pasó la gorra y yo deposité cinco miserables euros. Cinco euros para la Tere, la muchacha que me tuvo loco de amor una temporada y que ahora, por no tener, no tenía ni dientes. Se les han caído todos.

Luego, la cuestión ha sido ponerse uno a imaginar. Georgie Dann alivia las penas de la crisis.

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sep


damero_img Amar Sudar Frotar

El cajón de la mesilla atiborrado de rohipnoles y diazepam.

Nos pasamos cuatro días sudando que son cuatro mañanas, cuatro tardes y cuatro noches.

El sonido del chorrito les llegaba desde el baño a los pececillos dorados que asomaban contentos media cabeza fuera del agua. Hablábamos. Ella sentada en el váter y yo tumbado en la cama. La puerta de espejos nos unía.

Pssshhhhh – pshhhhh – pssshhhh - plinc-plinc-plinc y luego el fruuub del papel.

Escuchábamos una canción de Claudio Baglioni o de alguno de esos tontos.

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oct


damero_img Matar a un Rui Señor

A dos años de su regreso al pueblo y casi treinta de ausencia, aún no se había atrevido a poner los pies en la tasca de Filiberto. Temía que el ahora anciano le recordase una vieja deuda que no alcanzó a pagarle. En total, veinte pesetas con dieciocho céntimos, producto de los vasos de vino tomados la semana antes de ser detenido.

En realidad, salía poco de la fonda donde se alojaba y cuando lo hacía, se cuidaba de llevar puesto un sombrero de grandes alas y una barba postiza hecha con crines de caballo. En el pueblo, claro, nadie reconocía en aquel extraño personaje a Juan José Borrajas, el asesino de don Ramón, el sacerdote que ofició durante tantos años en la iglesia de san Martín. El caso es que cuando abandonaba su encierro para ir a visitar a su hermana --única persona que estaba en el secreto de su vuelta-- los niños lo rodeaban, e impertinentes, le hacían burlas hasta que él los espantaba con un vozarrón de ogro.

En el hogar de Virginia, la vida la marcaba el vaivén del péndulo de un gran reloj de pared. Ambos hermanos compartían el velador donde Virginia había servido un chocolate con picatostes. La mujer se movía sigilosa. Calzaba unas pantuflas de suela de gamuza que al caminar, abrillantaban la cera del entarimado. Tampoco dejaba de bisbisear la oración a santa Apolonia, su favorita, la que conseguía calmarle sus constantes dolores de muelas. Virginia había encontrado en la devoción religiosa y en las obras de caridad, sentido a su existencia.

--Toma todo el chocolate que quieras, Juan José.
--No, no me apetece más. Recojamos la mesa y empecemos la partida cuanto antes.

Apostaban fuerte, pero con garbanzos. Virginia no hubiera tolerado jugar con dinero, sus convicciones morales así se lo dictaban. Mientras barajaban, repartían y analizaban sus cartas, el clong clong del péndulo hacía más silenciosas sus meditaciones.

--Debiste haberlo matado antes. Cuando me desgració.
--Tú calla y juega.
--¿Fue duro el presidio?
--Cuarenta en bastos.
--Estaba hecho de la piel del diablo.
--Sí, pero tú no dejas de frecuentar la iglesia y las beatas.
--Algo tendré que hacer. Los inviernos son largos y aquí aún no ha llegado la televisión.
--A ver, haz la cuenta. Creo que he ganado otra vez.

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nov


damero_img p0eta p0eta

Lo que más nos dolió de la muerte de Eduardo —de Eduardito Martínez Grau— no fue su agotadora agonía, ni el desgaste que en su familia produjeron tantas noches en vela, sino que nos dejara a deber en la Peña de Dominó los treinta euros de la mensualidad.

Fue por ello, que una vez difunto, registramos los bolsillos de su pijama por si dábamos con algún billete que solventara su deuda; pero no hubo suerte. Allí, nada más que encontramos un papelito escrito con las que se suponen sus últimas palabras. ¡Maldito Eduardo y sus poemitas!:

Sería egoísta si solo pensara en mí
En mi propio beneficio
En mi exclusivo placer
Pero este desapego
Solo me hace antiadherente
Como la capa de teflón de una sartén
Donde no se pega el huevo frito
Ni la tortilla francesa
Antiadherencia
Impermeabilidad
Bajo la lluvia constante de fuera.

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dic


damero_img Ocho apellidos médicos

La vocación de hacerse mecánico dentista, se despertó en Pedrito Ormaechea desde la edad más temprana, pues nada más tener acceso a ese material inédito y moderno que fue la plastilina, se dedicó a hacer moldes de los dientes que extraía a todos los borricos muertos que se encontraba por el campo. ¡Y no solo borricos! En pocos meses y gracias a la técnica de rellenar los moldes de plastilina con una aleación de estaño y plomo, Pedrito atesoró una valiosa colección de dientes y muelas de ovejas, cabras, vacas, perros y de los citados burros.

Fue el dominio y perfección de tal arte lo que le llevó a considerar el fabricar para su abuela Domitila (propietaria de una administración de Loterías) una dentadura postiza completa confeccionada con dientes de origen ovino y vacuno y con la inclusión de colmillos de un perro de aguas. Toda vez que los dientes metálicos los atornilló en unas láminas de plástico azul (porque las había recortado de un cubo de fregona) que hacían las veces de encías, el efecto que causaba el conjunto en la boca de la anciana señora, era sorprendente, pero a la vez, funcional, así que fuetanto el éxito de la dentadura postiza, que muchos vecinos desdentados le encargaron sendos modelos donde el bueno de Pedrito no dudó —siempre a gusto del cliente— en combinar muelas y caninos de diversos animales. Incluso a su primo Paquito Morilla, el delantero centro del equipo local de fútbol, el Centellas C. F., le sustituyó sus incisivos cariados por unos de liebre que le daban un cómico aspecto pero que eran inmejorables para efectuar una de sus grandes pasiones, esto es, roer los huesos de los pollos asados.

Con el tiempo, ¡oh, el tiempo, esa cosa tan jodidamente inaprehensible!, Pedrito Ormaechea obtuvo el deseado título de mecánico dentista, abrió un gabinete-taller en una selecta calle de la localidad y se casó con Antoñita Moreno, alias la Coneja, llamada así no por sus dientes sino por su facilidad para parir pequeñuelos, tanto, que hizo padre de sextillizos a Pedrito, a todos y cada uno de los cuales, los dotó de dentaduras postizas en miniatura que les colocó el mismo día de su bautizo. ¡Ay, cómo sufría la abnegada mamá dándoles el pecho a tan insaciables tragoncetes!

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