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la lectura como búsqueda, la escritura, como acto de amor

El tiempo permanece amurallado en esta ciudad con nombres de colores, sombras acechantes de los que no fueron y pudieron ser, muros capaces de abrir o cerrar bocas y de imaginar rostros de seda ...
Últimos textos
el jorobado de notre dame
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Llevaba diez meses trabajando en el almacén del Viejo. Era junio y el calor, la miseria, el olor de la madera y la constante pelea con las ratas me tenía ya hasta los cojones. Todo lo que había que hacer en el mundo era madrugar, barrer y apilar cajas y cajas de comida que jamás llegaban a venderse. Parecía como si nada tuviera salida. La misma mierda allá donde dejaras caer la mirada, la mueca de aburrimiento mortal en todas las paredes.

En toda la ciudad parecía haber no más de seis tipos legales, con los que beber o hablar de tías. Todo lo demás estaba hundido y cansado, ni brizna de vida en sus ojos, incapaces de reírse o de gritar, sin pasión, sin un mínimo poso de rabia que pudiera estallar aun. Ninguna esperanza. Carlos era uno de ellos. Cuando estaba sobrio era manso como un cachorro, uno podía ver aún lo que hubiera sido capaz de lograr en otra vida. Siempre tenía otra cerveza en la mano, y otra, y otra más. Era el tipo que más bebía en el mundo, el único que parecía saber de qué coño iba todo aquello y como actuar ante lo irremediable. Cada mañana se levantaba dos horas antes que nosotros. Echaba un polvo de urgencia y bajaba a emborracharse.
exin castillos
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Alguien me dijo: Vivirás mejor en una casa desnuda.

Empecé por vaciar los armarios. La ropa volaba por la ventana y desaparecía pronto de las aceras. Algunas piezas que nadie quiso quedaron allí como animales vacíos ...
Comportamiento de las jirafas
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A las jirafas les gustan les gustan los puentes. A las jirafas también les gustan los ríos. Si un puente describe su trayectoria sobre un río, uniendo ambas orillas, y ha tomado el nombre de dicho río y una jirafa pasa sobre ese puente que pasa sobre ese río, esa jirafa será en extremo feliz...
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El préstamo de libros digitales llega a las bibliotecas públicas
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El servicio se activa en estos días en 15 centros, aunque Cultura espera extenderlo a todos los 54 antes de diciembre.- El catálogo incluye casi solo clásicos

Para llevarse 1.000 libros prestados de una biblioteca hace falta por lo menos una furgoneta. Y, desde luego, don de gente para convencer al bibliotecario. Pero en 15 bibliotecas públicas del Estado ya no hay tantas complicaciones. Basta con un lector y una tarjeta. Justo en estos días se está poniendo en marcha el proyecto aprobado en diciembre por el Ministerio de Cultura para que esos centros empiecen a prestar libros digitales.

El servicio funciona de forma parecida en las 15 bibliotecas. Tras registrarse, el usuario puede llevarse un e-reader ya cargado de libros electrónicos y quedárselo entre 15 y 45 días. El otro dato común entre todos los institutos involucrados es la inversión del ministerio: 130.000 euros, entre otras cosas, para adquirir 750 e-readers. Aunque los gastos y los lectores están destinados a aumentar. Rogelio Blanco, director general del Libro, explica por teléfono que Cultura espera extender el servicio a todas las 54 bibliotecas públicas del Estado a lo largo del año. Es la propuesta más relevante de la reunión en Vitoria del consejo de cooperación bibliotecario (compuesto por representantes del ministerio, de las Comunidades autónomas, de las universidades y de los editores) de la que Blanco acaba de salir.
Alba Brevis, nueva colección de clásicos en formato mini
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Tres personajes se ponen en marcha un desapacible día de invierno: un mercader, su criado y un caballo. Al mercader le guía el deseo de acumular fortuna, es decir (en el ideario tolstoiano), la codicia, el engaño, la explotación. Hay un bosquecillo en venta y no quiere que nadie se le adelante. El criado y el caballo viajan simplemente a donde les lleva su destino. Pero el camino está cubierto de nieve, se pierden, el frío y la oscuridad se ciernen sobre ellos...
Prohibido echar libros al retretre
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El gran periodista soviético Ilia Ehrenburg llegó a Moscú desde la Guerra Civil española donde estaba como corresponsal, y se asombró al encontrar en el ascensor de su casa un cartel que decía: "Prohibido echar libros al retrete. Los infractores serán descubiertos y castigados". Como aquellos forasteros que tanto irritaban a Pasternak, y años después a Joseph Brodski, aquellos forasteros que llegaban a la Rusia soviética y lo contemplaban todo con ojos maravillados y sin entender lo que estaba pasando, y a menudo sin quererlo entender, a Ehrenburg el cartel le chocó como una extravagancia y le costó comprender lo que significaba: que la posesión de ciertos libros era peligrosísima y había que desembarazarse de ellos por cualquier procedimiento, aunque fuera a costa de atascar las cañerías. Lo cuenta en sus memorias Gentes, años, vida (Planeta).