CAFÉ CON GALLETAS
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CAFÉ CON GALLETAS

En silencio, observaba cómo se hundían las galletas en su taza de café. Ayudaba con la cuchara, no fueran a salir a flote para respirar, las aplastaba y, una vez desmenuzadas a su gusto, se llevaba la taza a la boca, que bebía a sorbos ante la perpleja mirada de la clientela. A continuación se limpiaba la boca con una servilleta, se acodaba en la barra y clavaba los ojos en Molly, diligentemente trajinando tras la barra. Al cabo de quince minutos de vigilancia, dejaba unas monedas sobre el mostrador, dispuesto a abandonar el local.

Supongo que debería continuar narrando esta pequeña historia sin hacer el menor inciso. Pero antes quisiera explicar un par de cosas: una, qué es Monk, y dos, qué hacía un andaluz como yo en una ciudad como Amsterdam. La primera cuestión es importantísima; la segunda, carece de transcendencia, pero, aún así, quiero hacerlo. Empezaré por ella:

Yo tenía veintiocho años entonces, y desde hacía un par de meses era licenciado en Ingeniería de Telecomunicaciones. Carecía de experiencia laboral cuando me propusieron un contrato de tres años en una empresa de gran prestigio, con sede en Amsterdam. En un principio, rechacé la oferta, pero inesperadamente mi relación con Susana se deterioró y... decidí aceptar. Estábamos pasando una racha inestable, que yo confiaba fuese pasajera. Ella había decidido que... ¡Caray! ¿Qué hago aquí contando mi vida? He explicado ya los motivos por los que me encontraba en Holanda, ¿no? Hablemos, pues, de Monk y dejemos a un lado mis problemas personales, que a nadie más que a mí importan.

Monk era (supongo que aún es) un pintoresco local cercano a la Central Station, la estación de trenes de Ámsterdam. Un lugar extravagante y exótico del que acabé enamorándome.

En él se citaban diferentes ambientes, cada cual con su encanto: a primera hora de la mañana constituía un lugar de encuentro de vagabundos, funcionarios o trasnochadores, a media tarde se llenaba de señoronas encopetadas, y por la noche se convertía en café concierto con actuaciones musicales, preferentemente jazz.

Conocí Monk de casualidad -mi oficina estaba muy cerca-. La primera vez que entré no me atrajo demasiado, carecía de esplendor propiamente dicho; pero volví al día siguiente, no sé si por la proximidad o quizá porque inconscientemente había aceptado su poder de seducción. Sin darme cuenta, mi opinión sobre Monk fue mejorando con el paso del tiempo.

Lucía y Molly eran las camareras que hacían el turno de día. Lucía era una asturiana que se había casado con un próspero empresario holandés. Pero el matrimonio no cuajó y tuvo que buscar un empleo. Le hizo ilusión que yo fuese español, algo que, supongo, propició que se confiara a mí sin recelos. Ella sí que me gustó en cuanto la vi: rubia, ojos claros, labios carnosos, piernas escandalosas, joven (decía que tenía veinticuatro años, aunque yo juraría que le faltaba poco para los treinta). Intenté concertar una cita con ella. Sin éxito, por supuesto.

Una mañana, mientras tomaba el desayuno, me presentó a su novio, un tipo alto y fuerte que andaba muy erguido, como andan todos los que son altos y fuertes y tienen novias guapas. Por orgullo (y porque realmente tenía poco futuro como pretendiente), dejé de cortejar a Lucía.

En contraposición a la hermosa jovialidad de ésta, Molly: holandesa, de mediana edad, pechos grandes (en uno de ellos asomaba ligeramente el tatuaje de algo que podría ser una rosa), caderas desproporcionadas... una mujer, digamos, metidita en carnes. (O sea, gorda como una foca.) Eso sí, una mujer con mucho carácter. Me recordaba mucho a un sargento que tuve en el servicio militar, en Cartagena. Cada vez que entraba a desayunar, venía hacia mí con la taza de café en la mano y me decía con aires masculinos y un desastroso acento castellano: «Hola, español.», dejaba el cafetito en la barra y se iba. A esa hora de la mañana, el local solía estar casi vacío: ocho o diez personas, si acaso.

Como hombre de ciencia y por tanto amigo de los números, me atrevería a clasificar a la clientela (una clientela fija, dicho sea de paso) en tres tipos: 1) los que controlaban, de pies a cabeza, el hermoso cuerpo de Lucía; 2) el que hacía lo propio con Molly (me temo que nuestro hombre era el único); 3) el que se dedicaba a observar a dicho hombre: este servidor. No es que los demás no se fijaran en él, pero no lo hacían con la dedicación que yo le profesaba. ¿Qué tenía de diferente? Nada. Y todo. Había algo que lo caracterizaba: siempre iba empaquetado en un abrigo gris que no se quitaba ni siquiera en verano. Aparcaba su bicicleta junto a la puerta, desayunaba, y se marchaba en paz. Era -daba la impresión de ser- un mendigo. Pero yo me decía: «No se cambia de ropa, sin embargo sí que se afeita a diario. Y el pelo, siempre engominado....» Cierto: no se despeinaba nunca, a pesar de sus desplazamientos en bicicleta. ¿No eran acaso detalles inusuales para una persona de su condición social? Un hombre que no se relacionaba con nadie. Solo. Silencioso. Sin amigos. Le servían el café y sus galletas, que degustaba con parsimonia, observaba el baile de caderas de Molly, pagaba y se marchaba. Es lo que he dicho antes, ¿no? Pues no hay más.

¿Os ha pasado alguna, en una ciudad en la que estáis de visita, que veis casualmente a alguien con el que volvéis a coincidir en varias ocasiones y en diferentes lugares? Pues eso fue lo que me ocurrió con él. A pesar de que Amsterdam es grande, coincidimos en un montón de sitios dispares entre sí. Él en su bici, claro. Eso fue lo que hizo saltar la alarma.

A pesar de que no cumplía ya los cuarenta, era un hombre atlético. Tenía unos ojos azules, muy pequeñitos y tristes, y una cara agrietada, posiblemente por el intenso frío holandés que le azotaba mientras recorría las calles en soledad. Por más que lo intenté, no encontré a nadie que pudiese aportar la mínima información sobre su persona. «Es el hombre de la bici», me explicaban, dándose por satisfechos. El hecho de que en semejante urbe hubiera alguien capaz de mantener el anonimato me parecía digno de alabanza, aunque ese «alguien» no fuese más que un pobre mendigo. Jamás le vi abordar a ningún transeúnte pidiendo limosna. No escarbaba entre los cubos de basura, no bebía alcohol, no frecuentaba la compañía de otros indigentes....A decir verdad, lo único que le vi hacer fue pasear en bici y mojar sus galletas en el café. (Me sigue pareciendo meritorio que una persona que sólo llevaba a cabo semejantes actividades ejerciese semejante poder de seducción sobre este servidor.)

Durante varios días consecutivos, no le vi en Monk, para mi desconsuelo. Pregunté a Lucía. Me informó que había cambiado sus hábitos e iba media hora antes a desayunar. ¿Os lo digo? Sí, programé el despertador para que sonase media hora antes. No podía prescindir del espectáculo de contemplar su minuciosa tarea: su taza de café, sus galletas, aquellos sorbos, el ritual de la servilleta, su sereno retraimiento... Me sentaba en una esquina de la barra, desde donde divisaba todos sus gestos y miradas, tratando de adivinar cuáles serían sus pensamientos. Corrían ciertos rumores: un médico echado a perder a raíz de una operación a vida o muerte en la que no pudo salvar a su propio hijo. Un científico que había sido expulsado de la profesión por descubrir algo demasiado peligroso para los intereses del Gobierno. Un terrorista arrepentido... Nada más que chismes. Al no tener identidad, podría ser cualquier persona que nosotros le adjudicáramos. A veces en mi oficina, sin saber por qué, abandonaba momentáneamente mi trabajo: "¿Dónde habrá nacido? ¿Quiénes serán sus padres? ¿Habrá estado casado alguna vez?" Pensamientos que no dedicaba a una mujer, se los prestaba a él. Curioso, ¿no?

El único problema, por llamarlo de alguna manera, era que la historia (por llamarla también de alguna manera) se había estancado. Durante horas y horas había aportado mi imaginación a la "causa", y ahora, ante la falta de acción, mi interés comenzaba a decaer. Pero una mañana encuentro dentro de la barra a Lucía y a un chico de unos dieciocho años, desconocido para mí. Lucía me explicó que habían operado a Molly. Menisco, creo recordar. Tardaría unos días en incorporarse al trabajo. El chico resultó ser el hijo del jefe. La anécdota es que nuestro hombrecillo había decidido sentarse a una mesa (insólito en él) sin pedir su desayuno. Su único entretenimiento era contemplar la lluvia a través de la ventana. Como no hablaba con nadie, no pudo averiguar cuáles habían sido los motivos que habían apartado a Molly de su trabajo. ¿Serían aquella ruptura con la rutina y la ausencia de nuestra fogosa camarera una mera coincidencia. Al día siguiente, comprobé que no. El tipo seguía mirando por la ventana y, cada cierto tiempo, se giraba en dirección a la barra, como si esperase a alguien. Tampoco aquel día tomó nada; ni al siguiente; ni al otro. ¿Una original declaración de amor, o más bien un gesto de protesta hacia el local?

-Ya no se va en toda la mañana -me chivó Lucía-. A veces se queda aquí hasta que se pone el sol. Inmóvil. Como una estatua.

Yo le miraba con compasión. Estaba triste. Más triste de lo habitual. Veinte días después de su operación, Rompehuesos Molly volvió al trabajo. Nada más entrar la vi en su cuartel, y a nuestro hombrecillo en la barra, cómo no, hundiendo sus galletas en el café con la misma pasión de antaño, ahora exhalando una satisfacción recobrada. Como un niño pequeño al que devuelven su juguete tras una rabieta increíble. Por supuesto, estaba en su derecho a comportarse como quisiera. Lo más insólito sucedió después. Tras abonar la consumición, pronunció las primeras palabras que pudimos jamás escuchar de su boca. Se encontraba en el medio de la barra, y todos a su izquierda y derecha nos giramos para mirarle. ¿Qué fue lo que dijo? Pues le pidió una cita para aquella misma noche. Lo hizo en inglés, que es la segunda lengua que se utiliza en Holanda. Lo oí perfectamente. No hay error posible. Hablo el inglés desde que tenía ocho años, lo estudié en el colegio, además tuve una niñera inglesa, pasé cortas temporadas en Irlanda, y por si fuera poco tuve una novia nacida en Boston. Y os cuento todo esto para que no quepa duda de que oí lo que dijo.... Ella enmudeció, pero, tras unos segundos de reflexión, dijo «yes», que en inglés significa «sí.»

(Traduzco por si acaso). Él se levantó, se montó en su bicicleta y se marchó. El mundo estaba loco: EEUU amenazaba con bombardear Irak y nuestro hombre flirteaba con nuestra aguerrida camarera.

-Y vosotros, ¿qué miráis... no tenéis nada que hacer? -nos preguntaba desafiante el sargento Molly ante el pequeño revuelo que habíamos formado.
Aquel día Monk, más que una cafetería, parecía una peluquería de marujas chismosas.

A la mañana siguiente, aforo completo en el local. Yo miraba las caras de los allí presentes (no eché en falta a ninguno de los incondicionales). Una escena para grabar. El mutismo de la protagonista nos forzaba a aprovechar cada ocasión en que ésta entraba en la cocina para preguntar a Lucía, nuestra confidente, que nos chismorreaba lo poco que le daba tiempo. Molly no parecía darse cuenta de ello, o quizá sí, pero estaba demasiado ocupada obsequiando con miradas ardientes, e incluso algún que otro guiño de ojo, a nuestro seductor amigo. Y, además, aquel día estaba más escotada, pues pude comprobar perfectamente que en efecto era una flor lo que adornaba sus encantos. Cuando el hombrecillo se disponía a salir, ella le dijo: «¿Nos vemos luego?», y él, bajando la cabeza en un acto de tímido asentimiento, selló con humildad su compromiso. Los parroquianos (me encanta esta definición) fueron abandonando el local poco a poco. Yo me mantuve en primera línea de frente (mi curiosidad instintiva no me permitía huir). Allí permanecí hasta que, tanteando a una y otra, pude hacerme una idea general del asunto. Dejando a un lado el lance amoroso, que no me intrigaba tanto, pude averiguar que nuestro hombre se llamaba Dirk, de cuarentiséis años, nacido en Rotterdam en el seno de una familia muy humilde. No estaba casado
(parece ser que tampoco dispuso de muchas oportunidades con el sexo opuesto); después de trabajar dos años como carpintero, había viajado hasta Amsterdam en busca de mejores oportunidades. Era una época difícil: acabó de mendigo. Vivía en un albergue no muy lejos de allí, recibía una paga semanal que le daba para su café con galletas diario, y tenía una bicicleta que una señora mayor, a falta de espacio en el trastero de su casa, había donado al albergue.

-Entonces, ¿nunca ha sido médico?
-No.
-¿Y un terrorista?
-No.
-¿Ni siquiera un espía?
-No. Ya te lo he dicho. Tan sólo es un mendigo.
-Ya...

Aquel día llegué tarde al trabajo. Mejor no hubiera ido. Confundido, incapaz de centrarme, vencido por la cruda realidad. De allí me fui directamente a casa, donde tomé un vaso de leche caliente para a continuación meterme en la cama. Ni siquiera vi mi programa televisivo preferido, uno de dibujos animados.

A la mañana siguiente, aunque no me apetecía desayunar nada, pedí una infusión de té con fresas. No recuerdo si estaría Dirk allí, supongo que sí. Desde una esquina, yo sólo tenía ojos para el juguetón andar de Lucía, aquel día luciendo una faldita roja que le sentaba de maravilla; y su blusa, quizá por descuido, más escotada que nunca. Sexi, muy sexi.

Y yo, excelente perro sabueso, persiguiéndola con la mirada, como un cliente más, olfateando el aroma a producto nacional que su estela iba esparciendo por el local.

Entonces me dio por imaginar qué hubiera pasado si semejante bombón no hubiera tenido novio.

MORRISVAN © 1998

© Francisco Rodríguez Criado (morris)
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