DOCTOR EN ALASKA
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DOCTOR EN ALASKA

Ese es el momento en el que todo cambia. Bueno, no todo, pero casi todo.

Seguiréis yendo al trabajo, y tendréis que aguantar el frío y el calor, y vuestros pies apestarán si no os ducháis y os cambiáis de calcetines a diario. La verdad es que seguramente vuestra vida seguirá siendo la misma. La única diferencia es que en ese momento lo veis con otros ojos; y además suena. Sí, suena a esas dulces melodías, violines incluidos. Lo sé porque yo lo he experimentado. Imagino que a estas alturas, querido lector, ya sabéis a qué me refiero. Por supuesto, estoy describiendo el AMOR. Se supone que todos los habitantes de este planeta lo hemos experimentado alguna vez, o nos parece haberlo hecho, y en el peor de los casos, hacemos creer a alguien que estamos bajo su influjo (aunque digan lo contrario en este santo país es la única forma de echar un casquete de vez en cuando). Si me pidieran que explicase este extraño sentimiento, no podría. Lo más sencillo es ironizar sobre él, o bien describirlo bajo una poética cursilería. Pero yo creo que ya está todo escrito. Yo, lo más que puedo decir, asegurar es la palabra, es que estás como atontado. He conocido a tipos duros e insensibles que cuando han encontrado a su media naranja se desinflan, y parecen mansos corderitos esperando su dosis diaria del dichoso zumo de vitamina C. Si el romance no cuaja, podrán berrear, maldecir, y en el más cobarde de los casos, renegar de esa época florida. ¡Era sólo sexo!, mienten los muy bellacos. ¿Sólo sexo? ¿Y por eso ibais agarraditos de la mano, buscándole nombre a los niños venideros, que te iban a llamar papa, y te iban a tener en vela porque estaban echando un diente y no dejaban de llorar? ¿No es verdad que te veías con ella paseando en una playita, cogiendo conchas del suelo, o tumbados bajo el ardiente sol tropical, contando los días que te quedan para que se acabase tu maravillosa luna de miel? - ¿Vamos a salir esta noche después de cenar? - Lo que tú digas, cariño. Contigo estoy bien en cualquier sitio. Si todo está tranquilo, la quieres porque te da estabilidad. Si te pegas con ella día sí día no, la adoras porque te da vida (y de las reconciliaciones no quiero ni hablar). Si se quiere casar, es perfecta, porque te propone esa vida familiar que es bonita y placentera, y si reniega del matrimonio, también es la mujer de tu vida, porque te obsequia con esa libertad que nunca pensaste tener junto a una mujer. Todo huele bien, todo suena bien, todo te sienta bien. ¡Y qué rico está el queso que te pone con los espaguetis! Por cierto, ¿no eras tú quien siempre odió los espaguetis a la boloñesa? ¿Yooo? ¡Qué va, sería otro! Y cuando sales del cine abrazado a ella, ves a lo lejos a tus amiguetes, los mismos que no dejabas ni a sol ni a sombra, con los cuales no hacías otra cosa que beber cerveza y hablar de follar, y a quienes ahora saludas desganadamente, y mientras ellos se alejan jocosamente, tú le dices a tu amor que sin ella no sabes vivir. Y no me digas que no, porque yo soy escritor, y a los escritores no nos engaña nadie. Bueno, nos engañan las mujeres (al fin y al cabo también somos hombres, aunque no lo parezcamos), pero eso es otra historia. Y que conste que yo todo esto lo escribo como una sincera reflexión, no como una acusación. Yo soy el primero que me incluyo dentro del grupo de los que alguna vez ha sufrido esta apasionante enfermedad. Por cierto, me han comentado que las mujeres también se enamoran, pero hasta que no corrobore esta información, no voy a hablar de ese tema. Por lo tanto esta reflexión (reincido en esta palabra, para disipar todo tipo de dudas) es sincera, nada pretenciosa, humilde, y sobre todo masculina (si bien voy a prescindir de actitudes hombrunas). Digamos que la esencia de estas palabras es demostrar que los hombres somos tontos. Bueno, más que demostrarlo (algo que ya han hecho las mujeres a lo largo de La Historia de la Humanidad), voy a desarrollar esta creencia de aquí este servidor. Yo no es que me haya encerrado en cientos de bibliotecas durante interminables horas estudiando sociología o psicología. Simplemente observo, y lo que veo es que cuando estamos enamorados, nuestra estupidez es mayor, o menor, según se mire; y tan sólo en estos momentos nos brillan los ojos como cuando nuestra madre nos gratificaba con ese ansiado aumento de paga semanal cuando éramos unos críos. Y comparar cualquier circunstancia actual con la infancia, es un piropo, os lo aseguro. Me gustaría plasmar letra a letra en estas páginas todos esos comentarios de cualquier amigo sobre su hipotética relación con su aún desconocida mujer perfecta. Pues bien, las similitudes entre el antes y el después son las mismas que hay entre Demis Roussos y un paraguas. Y si alguna vez les sacas el tema, inexplicablemente cambian de conversación hacia temas como fútbol, mariposas o farolas. Y es que la cosa tiene gracia: en el sueño de cualquier adolescente medio, encajan la música, el cine, los videojuegos, las bicicletas, los cómics, las borracheras, las drogas, las partidas de cartas, los juegos de rol, la montaña, la playa, las gaviotas, los melones, las sandías, las carreras de tortugas, el estudio del cosmos. Todo. Cualquier cosa menos imaginarnos con nuestra mujercita y dos mocosos revoloteando alrededor, enterrado en un viejo butacón bajo una avalancha de facturas de gas o teléfono (que es como al final acabamos todos). Por supuesto, cualquier joven piensa en las chicas, pero a lo más que llega su imaginación es a "llevársela al huerto" después de cuatros birras en la discoteca de moda. Por consiguiente yo pregunto: ¿Qué pasa? ¿Dónde están nuestros ideales?, ¿Adónde han ido a parar nuestros aires de grandeza, de descubrir la pólvora? Yo os respondo: EL AMOR. El fue quien se los comió. Se hizo una tortilla con todos nuestros sueños. Se sentó. Y se los comió. ¡Qué rica le quedó! Y toda nuestra felicidad depende de qué tal le siente la digestión!

El destino me llevó a conocer a una chica (no voy a decir el nombre, pues ya no estamos juntos, y no quiero que se haga famosa a mi costa). Y no sé por qué será, pero los tópicos funcionan. Siempre. Me la presentó una amiga. Al principio la traté con cierta indiferencia, para parecer interesante. Esa misma noche la acerqué a casa: ¡A ver si quedamos un día para ir al cine! De acuerdo, llámame. ¿Le gustaré, no le gustaré? Cine, beso, tímidas llamadas telefónicas, repasos de cada una de nuestras anteriores relaciones, más cine, más besos. Y ... El AMOR. Cada vez que se sale con una chica (yo por lo menos) la acabas queriendo algo. Pero tarde o temprano aparece alguien especial, alguien que desbanca de un plumazo a todas las demás. Y lo sabes porque te consta que hay una atmósfera diferente. Yo con esta chica no tenía problemas para explicarle cualquier cosa, y de hecho era ella quien muchas veces acababa mis frases, justamente con las mismas palabras que ya tenía en la mente. Y nos sorprendíamos mutuamente haciéndonos los dos la misma pregunta, como por ejemplo: ¿qué hiciste ayer? Nos reíamos, por supuesto, aunque yo por dentro pensaba "ya la hemos jodido". Y casi por inercia le regalaba algún detalle en alguna fecha estúpida, o la acercaba al médico, o a una entrevista de trabajo, y si hubiera sido necesario, gustosamente la hubiera acompañado a misa. Y si alguien como yo, que siempre ha renegado de este tipo de situaciones, cae en ellas, demuestra que éste es un sentimiento independiente, poderoso, astuto, invencible. Es una especie de colitera emocional. Pero es curioso: los amores pasionales nunca sobreviven. Casi todo el mundo ha tenido una experiencia parecida con el amor de su vida, pero ¿quién sigue con él? ¿Por qué serán incompatibles el amor y la estabilidad? Esto sí que no lo sé. La gente, más que casarse con su media naranja, lo hace con su tres cuartos de mandarina. Y es normal, porque ¿quién se pude creer que esa sensación de cuentos de hadas puede durar cinco, diez, veinte, treinta o cuarenta años? Nadie (al final este cuento de hadas, en caso de perdurar, se convierte en un debate televisado sobre el estado de la nación). Y en última instancia, este amor, si no se evapora, al menos se adultera (con todo lo que connota la palabra "adulterio"). Y cuando esta chica y yo nos encontrábamos en el máximo grado de pasión emocional, nos tiramos los trastos a la cabeza; y además, en el sentido literal de la palabra, porque ella me lanzó una televisión portátil, que si me llega a alcanzar, me desgracia (más aún). Y yo hice lo mismo con un transistor de bolsillo (hay gente como yo que somos pobres hasta para montar una escenita). Y hoy en día apenas la veo, una vez al año a lo sumo, pero cada vez que nos cruzamos una especie de cosquilleo recorre todo mi cuerpo, y nos lanzamos una mirada de "¿qué hubiera pasado si tú y yo...?" Yo te digo qué hubiera pasado. Me veo levantándome a primera hora de la mañana, acercando a los peques al colegio, saliendo a las seis del trabajo para ir a recoger la lavadora del taller. Y de vuelta a casa, rapidito, porque seguramente ella aún estaría en el hospital, y yo tendría que bañar a los niños, hacerles la cena, y desafinarles una nana (y que conste que yo soy de la generación de los Rollings) Y con un poco de suerte, una vez que yo estuviese ya en la cama, ella volvería del trabajo, y se acostaría junto a mí, completamente desnuda, y repito, con un poco de suerte, ese mismo cosquilleo, en vez de provenir del estómago, lo haría unos veinte centímetros más abajo (curva de la felicidad incluida). Pero aún así, me sigue pesando que la cosa no saliera bien. Porque querer y ser querido, es lo mejor que se puede sentir en esta vida. Bueno, no tanto como ver a Ronaldo regateando a tres contrarios y metiendo gol por la escuadra, pero casi. Ahora, la siguiente pregunta es ésta: ¿Cuándo te das cuenta de que algo raro te está pasando, de que ya no eres el mismo? Piensa, piensa. Yo me di cuenta tras una agitada riña (o sea, un día como tantos), y una vez la dejé (descargué sería más correcto) en su casa, tras un "paso de ella, mujeres hay muchas", me veo en un banco del parque, pensando en ella. Y cuando llegué a mi casa eran ya la 1 de la madrugada, media hora después de haberse acabado "Doctor en Alaska", una serie de la cual jamás me había perdido un solo capítulo. Se me había olvidado por completo. Y eso sólo tiene una lectura posible: la enfermedad se había apoderado de mí. Y como ya os he dicho antes, mi relación con ella se acabó, como todos los grandes amores; y los que no acaban así, ni son grandes, ni son amores.

El estado mental de absoluta estupidez en que se encuentra el hombre bajo el efecto del amor se divide en dos: asumido o no asumido. Os puedo contar el caso de un amigo que empezó a salir con una chica, y cuando ella le dijo que no quería seguir con él, reaccionó de una manera un tanto especial, que consistía en machacarme durante todo el verano, hora tras hora, y sin ningún otro tema de conversación que el "yo ya paso de ella". Día sí y día también. Yo soportaba esa escena de "quiero y no puedo" con estoica entereza. Y también se da el caso de los que dicen que nunca se han enamorado. Yo, no me lo creo. Es imposible. Otra cosa es que no les hayan correspondido (que es lo que suele pasar, a no ser que seas un payaso, en cuyo caso tienes el éxito asegurado). Porque está escrito que el hombre tiene necesidad de una compañera, de la misma forma que el perro quiere a la perra, y el mono a la mona, y el oso a la osa, y la rana al rano, e incluso el sapo a la sapa. Así pues, si alguien no ha sentido esa locura, excitación, pasión desenfrenada bajo una nube encantada, lo siento por él (pero no os preocupéis, ya veréis como os toca vuestra princesa encantada en la rifa de alguna marca de bolsas de patatas fritas). Pero se han perdido miradas envolventes, de esas que te hacen olvidar que estás en un mundo agresivo, imperfecto, cansino. Y también se han perdido esas caricias que te curan todos los males, incluso el dolor de muelas. Y también se han perdido esas interesantes conversaciones de cama (sin duda la mejores), las escapadas al campo, a la sierra, a la playa, a la Luna. ¿Y qué me dices de esas bonitas expectativas de paternidad, sorprendiéndote a ti mismo que echar un buen polvo tiene otra finalidad que contárselo a tus amiguetes? Si de veras no habéis vivido nada de esto, y no os preocupa, es que estáis verdaderamente muertos. Y en la otra esquina están los que se enamoran hasta de una escoba. Supongo que tienen una necesidad mental de depender de alguien, y no distinguen el amor de un partido de rugby. Pero lo que está claro es que cada persona tiene su personal manera de comportarse respecto a esta enfermedad, y cada cual lleva encima su propio termómetro, ese "doctor en Alaska" que mide la intensidad de sus sentimientos. Un doctor que no cura, sino todo lo contrario. Un doctor que no estudiaba ni se presentaba a los exámenes, y que se pasaba todo el día en la cantina de la Universidad atacando a las chicas. Un doctor que no acabó la carrera porque lo expulsaron cuando se le agotaron las últimas convocatorias. Un doctor que no ha visto Alaska ni en las postales. O sea, un doctor, que ni es leche, ni es ná. Y cuya única misión es darte la señal; y basta que se te aparezca para que te des cuenta de la gravedad. Y en ese momento tienes que decidir, si sigues, o lo dejas, justo cuando la cosa va tomando un colorcillo sospechoso. Yo, y para terminar, me atrevería a darte el siguiente consejo si semejante matasanos te visita, y que es el siguiente: vete a casa, y pon en el vídeo ese partido de los Chicago Bulls que tanto te gustó, ese que se decidió en el último segundo. Enciende el aparato de música, y pon algo potente, a todo volumen. Si tienes batidora, la enciendes también. Enciéndelo todo: la tostadora, la lavadora, el lavavajillas, el ventilador, la impresora del ordenador, el aire acondicionado, el extractor de humo, el consolador que te trajo tu amigo de Amsterdam (y que no llegaste a usar), la máquina de hacer palomitas, la cortadora de césped. Todo. ¡Qué suene la casa! ¡Que reviente, coño!, que es tu despedida de soltero (más eléctrica y original que cualquier otra). Y aprovecha para tomarte cuatro o cinco wiskies del caro, ese que dices que es para las visitas pero que nunca sacas del armario. Sube los pies encima de la mesa, estira los brazos, y tírate un eructo y cuatro o cinco pedos. Y a continuación (esta parte es importante), respira. Profundamente. Relajadamente. Despacio. Uno, dos, uno, dos. Aspira ese olor a libertad que vas a dejar de oler. Y cuando te salte el automático de la luz por abuso de electricidad (si es que antes no viene la poli para cerrarte la discoteca porque no tienes licencia para ella), ya sólo te queda por hacer lo último. Ponte el pijama, ese chuli de los ositos, y vete a la cama. Y esa noche descansa. Porque al día siguiente, tu vida empieza, o acaba, según se mire. Y eso, querido lector, deberías saberlo ya.

FIN

©MORRISVAN®1998
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