LA DISCPLINA ES UNA VIRTUD CASTRENSE
Después de terminar mis estudios secundarios, conseguí empleo como oficinista en una Compañía de Seguros de Buenos Aires. Era un trabajo aburrido que se desarrollaba en un ambiente desagradable en al que todas las situaciones posibles estaban pautadas y además de ser obligatorio su cualquier falta llevaba las condignas sanciones, pero como yo tenía apenas veinte un años pronto me acomodé a ellas.
El edificio de la Compañía constaba de diez pisos que eran recorridos por cuatro ascensores. Dos de ellos estaban destinados al uso general, otro al personal jerárquico y el cuarto, alfombrado en rojo, y con tres espejos, estaba destinado al uso exclusivo del Presidente de la Compañía y al Gerente General, Fernando Heidder.
Yo nunca había visto al Presidente y apenas a unos pocos miembros del Directorio. Pero, cada tanto, veía —siempre desde lejos— al Gerente General, con quien, sin embargo, jamás había cambiado una palabra. Él era un hombre de unos cincuenta años, de aspecto «noble» y «señorial»; yo lo veía como mezcla de un linajudo patricio y de honestísimo juez del Supremo Tribunal. El pelo entrecano, rigurosa y abundantemente engominado, bigote abundante prolijamente alineado, de vestir tan sobrio como severo, y de afables maneras que habían hecho que yo, que aborrecía a mis jefes inmediatos sintiera cierto grado de simpatía hacia don Fernando. Así lo llamaban: “Don“, más el nombre de pila, sin mencionar el apellido o sea a medio camino entre la aparente familiaridad y la veneración debida a un señor feudal.
Las oficinas de don Fernando Heidder y la de sus empleados ocupaban todo el quinto piso del edificio. Nuestra Sección se hallaba en el tercero, pero a mí, como era el empleado de menor jerarquía, solían mandarme de un piso a otro con recados, entregas de material o de información. En el décimo piso sólo había empleados viejos y de mal humor, y mujeres feas y arruinadas por el uso; allí funcionaba una especie de archivo donde, cinco minutos antes de retirarme de la empresa, yo debía entregar indefectiblemente unos legajos con los resúmenes de todas las tareas realizadas en el día.
Cierto atardecer, y habiendo ya entregado esos papeles, yo esperaba el ascensor en el décimo piso para retirarme. Por eso, ya no estaba en mangas de camisa: vestía el traje completo, me había peinado, ajustado la corbata y mirado en el espejo; tenía en la mano mi maletín de cuero.
De pronto, apareció a mi lado el mismísimo don Fernando, de quién n se presuponía que tuviera nada que hacer allí; él también estaba en actitud de esperar el ascensor.
Lo saludé con sumo respeto:
—Buenas tardes, don Fernando.
Don Fernando fue más allá; me estrechó la mano y me dijo:
—Mucho gusto en conocerlo, joven. Veo que ha terminado una jornada de labor y ahora se retira, en busca del merecido descanso.
Que él me dirigiera la palabra me puso nervioso. Sentí que me ruborizaba.
En ese momento se detuvo uno de los ascensores «populares» y la puerta se abrió automáticamente, mostrando su interior desierto. Yo, para impedir que la puerta se cerrase, mantuve oprimido el botón, mientras le decía a don Fernando:
—Adelante, señor. Después de usted.
—De ninguna manera, joven —repuso don Fernando, con una sonrisa—.
Entre usted primero.
—No, señor, por favor. No podría hacerlo: después de usted, por favor.
—Suba, joven —había alguna impaciencia en su voz—. Por favor.
Este «por favor» fue pronunciado con tal perentoriedad que debí tomarlo como una orden. Ejecuté una pequeña reverencia y, en efecto, entré en el ascensor; detrás de mí entró don Fernando.
Las puertas se cerraron.
—¿Va al quinto piso, don Fernando?
—A la planta baja. Me retiro de la empresa, igual que usted. Yo también tengo derecho al descanso, ¿no es cierto?
No supe qué responder. La presencia, tan cercana, del Gerente General me incomodaba en extremo. Me dispuse a soportar con estoicismo el silencio que suponía se prolongaría durante los nueve pisos que nos separaban de la planta baja. No me atrevía a mirar a don Fernando, de manera que clavé los ojos en mis zapatos.
—¿Usted en qué sección trabaja, joven?
—En Dirección de Producción, señor —ahora acababa de descubrir que don
Fernando era bastante más bajo que yo.
—O sea que su gerente es el señor Biotti, si no me equivoco.
—Sí, señor. Es el señor Biotti
Yo detestaba al señor Biotti, que era un imbécil presuntuoso, pero no di esta información a don Fernando.
—Y, a usted, el señor Biotti ¿nunca le dijo que debe respetar las jerarquías internas de la empresa, entre ellas que en el acceso a cualquier ámbito debe darse prioridad al superior.
—¿Cómo, señor? .
—No me contestó y en ve de ello me preguntó:
—¿Cuál es su nombre?
—Roberto Kriskovich.
—Ah, un apellido polaco.
—Polaco, señor: es un apellido croata.
Ya habíamos llegado a la planta baja. Don Fernando —que estaba junto a la puerta— se hizo a un lado para dejarme bajar primero:
—Por favor —ordenó.
—No, señor, por favor —repuse, nerviosísimo—, después de usted.
Don Fernando me clavó una mirada severa:
—Joven, por favor, le ruego que baje.
Amedrentado, obedecí.
— Voy a invitarlo a tomar un café.
Y, en efecto, entramos —don Fernando primero, yo después— en la cafetería de la esquina y yo me encontré, mesa por medio, frente al gerente general.
—¿Cuánto hace que usted trabaja en la empresa?
—Empecé en diciembre del año pasado, señor.
—O sea que ni siquiera hace un año que trabaja aquí.
—La semana que viene se van a cumplir nueve meses, don Fernando.
—Pues bien: yo hace veintisiete años que pertenezco a la empresa —y me clavó otra mirada severa.
Como supuse que esperaba algo de mí, meneé la cabeza tratando de mostrar cierta admiración contenida.
Extrajo de un bolsillo una pequeña calculadora:
—Veintisiete años, multiplicados por doce meses, hacen un total de trescientos veinticuatro meses. Trescientos veinticuatro meses divididos por nueve meses da treinta y seis. Quiere decir que yo soy treinta y seis veces más antiguo que usted en la empresa. Además, usted es un empleado raso y yo soy el Gerente General. Por último, usted tiene diecinueve o veinte años, y yo tengo cincuenta y dos.
¿No es así?
—Sí, sí, por supuesto.
—Además, ¿usted está siguiendo alguna carrera universitaria?
—Sí, don Fernando: estoy estudiando Letras, con orientación en griego y latín.
—De todos modos, hay que ver si llega a terminar la carrera. En cambio, yo soy doctor en Ciencias Económicas, graduado con notas altísimas.
Incliné la cabeza y separé un poco las manos.
—Y, siendo esto así, ¿no le parece que merezco una consideración especial?
—Sí, señor, sin duda.
—Entonces, ¿cómo se atrevió a entrar en el ascensor antes que yo…? Y, no conforme con semejante osadía, en la planta baja salió primero, sin contar que contradice mis deducciones.
—Bueno, señor, no quise ser impertinente ni pecar de tozudo. Como usted insistió tanto…
—Que yo insista o no insista es asunto mío. Pero usted debió darse cuenta de que bajo ninguna circunstancia podía entrar en el ascensor antes que yo. Ni tampoco salir antes que yo. Y, mucho menos, contradecirme: ¿por qué me dijo que su apellido es croata si yo le dije que era polaco?
—Es que es un apellido croata: mis padres nacieron en Split, Yugoslavia.
—No me interesa dónde nacieron ni dónde dejaron de nacer sus padres. Si yo digo que su apellido es polaco, usted no puede ni debe contradecirme.
—Disculpe, señor. No lo haré nunca más.
—Muy bien. ¿De modo que sus dos padres nacieron en Split, Yugoslavia?
—No, señor, no nacieron allí.
—¿Y dónde nacieron?
—En Cracovia, Polonia.
—¡Pero qué raro! —don Fernando abrió los brazos, en gesto de asombro—.
¿Cómo, siendo polacos sus padres, usted tiene apellido croata?
—Es que, debido a un conflicto familiar y judicial, mis cuatro abuelos emigraron de Yugoslavia a Polonia; y en Polonia nacieron mis padres. Una enorme tristeza ensombreció el rostro de don Fernando:
—Yo soy un hombre mayor, y creo que no merezco ser tomado en solfa. Dígame, joven, ¿cómo se le ocurre fraguar tan descarado embuste? ¿Cómo se le ocurre que yo podría creer en esa fábula tan descabellada? ¿No me dijo antes que sus padres habían nacido en Split?
—Sí, señor, pero como usted me dijo que yo no debía contradecirlo, admití que mis padres habían nacido en Cracovia.
—Entonces, sea como fuere, usted me ha mentido.
—Sí, señor, así es: le he mentido. También en lo de que mis cuatro abuelos emigraron a Polonia, circunstancia que inventé para complacerlo.
—Mentir a un superior constituye una enorme falta de respeto y, además, como todo dato falso, atenta contra la buena marcha de la compañía.
—Así es, señor. Estoy de acuerdo con todo lo que usted dice.
—Me parece muy bien, y hasta estoy por valorarlo un poco, al verlo tan dócil y razonable. Pero quiero someterlo a una última prueba. Hemos tomado dos cafés: ¿quién pagará la cuenta?
—Para mí será un placer hacerlo.
—Ha vuelto a mentir. A usted, que tiene un sueldo muy bajo, no puede causarle ningún placer pagarle el café al Gerente General, que, en un mes, gana más que usted en dos años. Entonces, le ruego que no me mienta y que me diga la verdad: ¿es cierto que le gusta pagarme el café?
—No, don Fernando, la verdad es que no me gusta.
—Pero, pese a que no le gusta, ¿está dispuesto a hacerlo?
—Sí, don Fernando, estoy dispuesto a hacerlo.
—Entonces ¡pague de una vez y no me haga perder más tiempo, caramba!
Llamé al mozo y pagué los dos cafés. Salimos —don Fernando primero, yo después— a la calle. Nos hallábamos frente a la verja del subte.
—Muy bien, joven. Debo dejarlo. Sinceramente, espero que haya interpretado la lección y que ésta le sea muy útil para el futuro.
Me estrechó la mano y descendió por la escalera de la estación Florida.
Cuando estaba en la mitad del descenso se dio vuelta y me dijo:
—Debe usted ser más disciplinado, una orden es una orden y la verdad un capricho aristotélico. Hay que mantener la disciplina, el orden y la escala jerárquica cueste lo que cueste. La disciplina es la primera de las virtudes y todas las demás le deben quedar supeditadas; la grandeza y bienestar de Alemania se basan en ella— me dijo.
Harto de escucharlo le respondí con un sonoro ¡Heil Hitler, herr Heidder!, a la vez que extendía el brazo derecho oblicua y firmemente.
El hombre me miró complacido. —¡Hacía 70 años que no oía esto!— dijo con una sonrisa amplia, bonachona y, a la vez siniestra.
Al día siguiente, 6 de abril del 2004, había renunciado a mi modesto cargo. Desde entonces me dedico a la venta ambulante de distintas mercaderías, y no me va nada mal.
© Pacoz
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