DIVAGACIÓN
Heme aquí, caminando al borde del río. Sigo su curso que me llevará al mar. Son las nueve y cuarto de una gélida mañana de Navidad. Completamente solo, sin cruzarme con los habituales andarines, siento encima de mí el cielo gris, que contribuye a enfriar el escaso ánimo con que afronto la caminata. Al borde del agua la escarcha tamiza la vegetación y una madrugadora urraca que sale por mi izquierda se mente entre una mata de fentos a buscar algún alimento que sus perspicaces ojos han divisado.
Melancólicamente cavilo que aún faltan meses para que la merla comience a cantar a la esperada primavera, cuando los días se alarguen, y el mortecino sol se avenga a comparecer con sus adelantados resplandores. Pero ahora, a mí, me parece que todo eso está muy lejano. Y aunque hago esfuerzos de imaginación, la espesa y húmeda grisalla que me rodea, impide cualquier atisbo de calor y luz.
Incremento el ritmo de la zancada para espantar el frío que ciñe mi abrigado cuerpo codiciosamente. ¿Tendrá también necesidad de calentarse y por eso me abraza apasionadamente? Recuerdo a mi viejo profesor de gimnasia en el gélido patio del Instituto... ¡Venga, muchachos, el frío solamente es sensación!". Es posible que sea así, igual que el calor, pero jamás fui capaz de implantar en mi materia gris tal convicción. El frío enfría y el calor hace sudar y cansa, medito mientras mis piernas entretejen el un-dos-un-dos-tres-cuatro, exactamente igual que si estuviese oyendo los bocinazos del sargento en el campo de instrucción. Ni el atlético profesor ni el resabiado mílite alcanzaron a disipar la profunda y heladora sensación que sufría bajo sus expertas direcciones; y muchas décadas después, continúo sintiendo la misma molestia desazonante.
Miro a mi alrededor y observo que el paisaje se va clarificando. El espeso gris se disuelve, y aunque los vapores del río siguen subiendo a la desamparada orilla, apenas son hilachas semejantes al humo del rescoldo agonizante de semiapagadas brasas. Y me doy cuenta de la proximidad del mar, porque la ligera ventolina que recibo de frente, trae sal en sus besos, y ese aroma profundo e inconfundible de marea, estopa y brea. Por eso se está aclarando el ambiente, y el sol, empujado por el viento de noroeste, parece que se decide a enviar un tímido saludo de bienvenida al solitario caminante que busca su luz.
Ya estoy en el estuario, y el confuso rumor de las olas alienta mis últimos esfuerzos. Las gaviotas escarban en las arenas en busca de sustento, y a lo lejos, la pátina del resplandor plateado del agua, presagia la apoteosis de luz y color que parece aguardarme. Porque, ya se ha disipado completamente la oscuridad agrisada, y el cielo exhibe un hermoso azul pálido, mientras unas tenues cretonas albas, figuran los márgenes de una ancha libreta en la que escribir los pensamientos más profundos y atinados. Y al volver la vista a tierra ya me encuentro con el húmedo arenal, estremecido aún por el gélido relente nocturno, que espesa y compacta una arena acurrucada en sí misma, presta a desperezarse cuando el abrazo del sol la envuelva completamente.
Me pongo a mirar las mansas olas, que van, vienen, vuelven y retornan. Y veo las gamelas flotar en la superficie del mar, casi inmóviles, como gaviotas saciadas que digieren el festín reciente dejándose balancear tenues y silentes por el eterno vaivén. Aspiro el aire ligero, cargado de los conocidos y ásperos aromas, mientras la pantalla azul que me sobrepasa va ganando intensidad y brillo. El sol ya se muestra abiertamente, triunfante en su poder sobre las oscuras sombras, y todo alrededor adquiere para mí la refulgente tonalidad de los días de la niñez, gráciles, brillantes, prometedores. Recuerdo la frase del sabio... "La patria del hombre es su infancia". Y también saboreo las viejas palabras... "Tendréis que ser como niños si queréis entrar en el Reino".
De pronto noto que estoy rodeado de luz, el arenal cobra paulatinamente su dorada tonalidad, y el mar sigue haciéndole el amor suavemente, besando cada uno de sus granos con sus líquidos labios, que los ciñen y empapan con delectación. Y el intenso azul celeste, damasquinado por los cortantes rayos, cobija la tierna escena de amor que se desarrolla ente los elementos esenciales de los antiguos filósofos: tierra, agua, aire y fuego. Todos están aquí, en esta rutilante mañana de Navidad, a la que saludan como portadora de la añeja promesa de vida renovada a través de los milenios. Y en mi pequeñez, me siento privilegiado. Por un instante me es dado percibir toda la maravillosa sinfonía natural que se ejecuta ante mi ambiciosa mirada, tratando de aprehender en mi cerebro cada matiz, cada onda, cada rumor...
Y ahora la veo a ella. Una desconocida que camina por la beiramar, mojando sus pies en el agua que disuelve sus pisadas apenas dibujadas en el bastidor de la sumisa arena. Lleva una marcha atlética, y el sol refleja el contorno de sus morenas piernas que tejen al ritmo de "su" reloj. Todos tenemos uno; anda más o menos aprisa, pero el de la belleza que se dibuja como una silueta en el dilatado reflejo del mar, parece que marcha puntual. Al llegar a mi altura, agita el brazo amistosamente, y atisbo su blanca sonrisa en la distancia. Casi puedo escuchar el sonido de sus palabras ocultas por el profundo murmullo marino... ¡Feliz Navidad!
© gsmiga
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25/12/2010
Navytales v2010 - Divagación
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