Navytales v2010 - Ella siempre decía que si
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ELLA SIEMPRE DECÍA QUE SÍ
Ella siempre decía que sí porque había aprendido que nunca se sabe bajo qué apariencia puede esconderse un ángel y no quería que volviera a pasar lo que había ocurrido con Ezequiel, el herrero. Decía que sí a las miradas, a los movimientos, a los saludos, a los gestos... Decía que sí con una sonrisa, tímida y breve, que pretendía ante todo mostrar su buena disposición ante la posible aparición de uno de ellos. Luego bajaba discretamente la cabeza para no dar lugar a malentendidos. No es que lo de los ángeles ocurriera muy a menudo pero, a veces, ocurría.
Le venía pasando desde pequeña. De hecho, su primer recuerdo databa de su infancia remota, de cuando aún dormía en la vieja cuna de madera oscura y barrotes torneados en cuya cabecera su madre solía colgar un pequeño ramo de espliego. Aquella noche no podía dormirse. Había dado vueltas de un lado a otro, se había puesto boca abajo, incluso había probado a taparse la cara con la sábana... y nada. Aburrida, hizo un último intento: ponerse boca arriba y meterse el dedo pulgar en la boca. Fue entonces cuando lo vio. Estaba de pie junto a la puerta y la miraba. Apenas podía distinguir su rostro, difuminado por la luz que enmarcaba su silueta. Se quedó mirándolo, asombrada pero tranquila. Entonces él la saludó y ella, para corresponder a su saludo, se sacó el dedo de la boca y le sonrió. Y entonces él le dijo que no se preocupara, que era amigo. Y ella le dijo que ya lo sabía, que se había dado cuenta enseguida, en cuanto notó que su presencia era tan tranquilizadora como la de su madre. Él sonrió también y la luz que lo rodeaba se hizo más intensa. Buenas noches, dijo antes de disolverse en las sombras.
Unos años más tarde, cuando ya sabía hablar lo suficiente como para ponerles palabras a los recuerdos, se lo contó a su madre. Su madre la escuchó atentamente y luego le dijo que haber tenido un sueño tan bonito era, sin duda, una bendición del Señor.
No volvió a contarle nada. Ni siquiera cuando empezó a verlos por todas partes: en la fuente, en el aprisco donde al anochecer llegaban las ovejas, en el patio de la casa de sus tíos, a la puerta de Samuel el carpintero... Podían surgir en cualquier parte y de cualquier manera. Unas veces parecían brotar de las paredes de adobe, como si manaran de sus hendiduras; otras se asomaban por detrás de las personas y parecía que salían de ellas; otras se dejaban ver en las copas de los árboles, velada su luz por las ramas y las hojas. Ellos siempre la saludaban y ella les sonreía. Casi nunca hablaban pero, al desaparecer, dejaban siempre tras de sí una dulce sensación de sosiego.
Por eso la sorprendió mucho lo que ocurrió con Ezequiel, el herrero. Ella le tenía miedo desde pequeña porque Ezequiel era alto y fuerte, llevaba una cinta de cuero ceñida en la frente para enjugar el sudor y siempre tenía las manos y la cara tiznadas de negro. Caminaba con la fuerza de un gigante y, cuando levantaba el martillo para golpear el hierro que acababa de sacar de la fragua, su rostro se fruncía con una expresión casi siniestra, la misma expresión que seguro tenían los sacerdotes idólatras de las leyendas que le contaba su madre.
Una tarde, ella pasaba frente a la herrería camino de la fuente. El sol estaba alto y dejaba caer sobre la tierra un calor que multiplicaba el peso del cántaro que llevaba sobre la cabeza. Quizá por eso, por el calor aplastante que asustaba a las lagartijas y empequeñecía las sombras, en la fragua no había más que brasas y el martillo descansaba en silencio junto al yunque. Ezequiel no estaba trabajando. Lo buscó con la mirada y lo encontró en un oscuro rincón de la herrería, sentado en un viejo taburete, los hombros hundidos, la cabeza gacha entre las manos. Se detuvo atraída por la imagen que ofrecía aquel hombre, tan distinta a la que ella estaba acostumbrada a ver, y lo miró unos instantes. Y entonces lo vio aparecer. Como mana el agua de la fuente, la luz surgió del cuerpo encogido del herrero y se elevó sobre él poco a poco. "¿Qué ocurre?", le preguntó al ver su sorpresa. Ella nunca imaginó que ellos pudieran acompañar a alguien como Ezequiel, a alguien que podría prestar su rostro a la peor de sus pesadillas. El ángel siguió preguntando: "¿Tienes idea de lo que hay detrás del rostro de este hombre?" Y entonces ella recordó lo que contaban su madre y otras mujeres del pueblo: que la esposa del herrero había muerto en el parto y que el niño que había nacido había muerto también poco después.
Aquella tarde supo que los ángeles pueden estar en cualquier parte y, a partir de entonces, no descartó esa posibilidad en nada ni en nadie.
Nunca dejó de verlos del todo aunque, conforme se hacía mayor, eran cada vez menos las ocasiones en que los encontraba. Un día, muchos años después de que viera al primero a los pies de su cuna, se dio cuenta de que era ya una mujer. La primavera estaba a punto de empezar y hacía por lo menos un año que no veía a ninguno de ellos. Entró en la casa y se dirigió al rincón de la cocina donde descansaba el cántaro lleno de agua fresca. Alcanzó una taza y, cuando ya la tenía casi llena, la sorprendió un soplo de aire cálido a sus espaldas. Después de tanto tiempo de tratar con los ángeles ya conocía sus signos. Dejó el cántaro y la taza en el suelo y se volvió despacio para verle.
Allí, suspendido sobre el fogón, envuelto en su aureola de luz blanca, estaba el más brillante, el más dulce, el más hermoso de todos ellos. Ella le sonrió y, por primera vez, él le habló con palabras que podían escucharse.
-Dios te salve, María -dijo.
© Vichoff
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