Es Navidad. Amanece nevado. En el cielo desconchones, telarañas, tres bombillas (dos fundidas). Nada de estrellas ni murciélagos vivaces, nada de nubes caprichosas, ni aviones con estela de nata hacia poniente. Un cielo de serie, sin cuervos ni cigüeñas. Pero cielo, que no es poco.
Toda la noche esperé al viejo, toda la noche. Esperé al viejo y sus regalos para llenar los calcetines, la nevera y lo demás... y lo encuentro ahora, mala suerte, ahora lo encuentro, aquí colgado, congelado, justo en mi árbol, joder, justo en el mío tuvo que ser... y en el jardín dejó su saco vacío, sus jeringas y su buga de renos cojos, un mapa inútil y una rodaja de limón... cuatro perras todo junto, cuatro duros mal contados.
Ahora ya nada es posible hasta pasado el invierno. Entonces, con el deshielo, buscaremos entre el barro los pedazos de platos rotos, de frases rotas, de vidas rotas. Con la nariz líquida y los ojos escocidos. Y los arpones, antes prestos contra mí, ya en franca retirada.
La última mano me la arruinó el viejo. Estúpido farsante, pobre diablo... alguien debería haber hecho algo, tiempo atrás, por defenderlo de esas gafas que tan claro le hacían ver todo; alguien debería haberle advertido que para perder el sentido con solo respirar ya basta... que puedes meterte la puta ciudad venas arriba y no sentir nada, apenas el semáforo pasando de rojo a ámbar, pero luego pronto rojo; todo rojo y después nada. Está muy claro, a la ciudad no le importas viejo soso, saco rojo, péndulo sarnoso, inútil, esperpento. No le importas. La ciudad traga y pasa.
Me arruinó, me arruinó y bien... pues menudo papel me queda, con mi cara y con mi nombre, mi currículum - extenso como corresponde, y nada lindo- y teniendo en mi jardín al fiambre... no me queda sino huir, salir de casa y no volver, como siempre, como cada vez. Y nada tengo por delante que diez veces no haya visto, sufrido, gozado y perdido. Así que ya está dicho. Dejo el jardín y sigo adelante. Y al cruzar la verja salivazo y juramento, nuncajamás y señal de la cruz.
Camino furtivo por las calles casi vacías del suburbio, donde duerme aun la mayoría, encerrada en esas casas de color blanco, verde, sepia... Me emborrachan esos ruidos, esa mezcolanza de ronquidos y gemidos, de risitas ahogadas para no despertar a los niños... los primeros sueños, los ecos de los últimos vasos de anoche acostándose torpes y pesados en el fregadero. Saludo a los gatos, saludo a los coches, me digo "hermosa mañana", me digo "el día te ama". Me digo de todo. Y no me creo ni media palabra.
Voy reuniendo en torno a mí a cuantos en mi paseo encuentro medio helados y con las manos vacías. Todos me reconocen, me saludan, a todos les da por inclinarse y llamarme mesías. Todos parecen resueltos a empujarme hacia delante, siempre adelante; a un penoso peregrinaje de mil millas hacia el centro de las luces, los cheques, la visa y la gente hermosa. Sin dudar, sin descanso, paso a paso sobre la nieve, entonando canciones de juerga y lucha más viejas que las cantinas y que las barricadas, alzando los puños y los dedos. Todos juntos hacia allí, como un enjambre de polillas. Arremolinándose en torno a las farolas, los coches caros y las dulces niñas de medias blancas y pura sonrisa. Cabeceando tozudos como solo los insectos contra escaparates y cabinas, contra las ventanillas de autobuses o taquillas de cine y lotería... todos juntos, una nube, oleada de orina y sudor rancio arrasando asépticas avenidas, despojando las aceras de su disfraz de chanel y mazapán, desolada queda la ciudad a nuestro paso. Sin poder disfrutar del villancico, de las golosinas, de la gameboy. Las puertas y las ventanas se cierran tan pronto como somos avistados. Aúllan fúnebres las sirenas, y a los niños -a regañadientes- los cierran en sus casas. Suenan disparos desde todas las ventanas. La gente nos apunta con insecticidas y ambientadores, nos dispara, nos desinsecta y sufrimos las primeras bajas. Nos apuntan también acusicas con el dedo, con miradas atónitas. Diezman nuestras filas con un botón de sus mandos a distancia. Un millón de sonrisas, todas blancas, se unen en el mismo vade retro... Un viejo excombatiente nos defiende, blandiendo bastón y mala leche, exhortándonos a resistir... "¡Adelante!" nos dice "¡Adelante, siempre en pie!" nos dice y canta; y adelante vamos, siempre adelante y en pie cual famélica legión, sorteando oraciones y exorcismos camino del centro. Allí reposaremos, allí seremos libres.
Y allí, tras horas de penosa marcha, congregados los resistentes frente a los grandes almacenes, respiramos hondo (una gozada respirar el aire puro de calles prohibidas, contemplar lugares concebidos para dar calor); nos sentamos, nos cubrimos de nieve hasta la cabeza, al descubierto solo la boca, como un desagüe, y esperamos, contenido el aliento, esperamos a los paseantes y sus donativos. Tragando con placer cuanto tengan a bien arrojarnos desde arriba los clientes preferentes. Ya sean lapos de bondad o náuseas de puro ahito. Y es que nadie en el mundo, nadie, se hace la idea de cuan agradecido es el estómago de un paria que recibe caídos del cielo proteicos salivazos de caridad y grosella... Nadie en el mundo, nadie, sabrá qué tan feliz mañana tendremos todos, qué bellos instrumentos de salvación y paz eterna encerrados esperan en nuestras míseras almas y tripas dolientes, para quien sepa acercarse, observar y dar con el precio exacto y la ranura de limosnas... Qué más bello, qué mayor gozo para un buen samaritano visa oro, qué mejor día esperamos todos para acercar mi corazón a su cuchara, y escuchar el ronroneo satisfecho de humillado... Sí, sí, así es... es hermoso, es justo y necesario y milagroso, ved si no como se borran las arrugas de las sucias caras maltratadas, y como partimos felices tras el manjar, llenos los estómagos de compasión beata y embarazo de tendero... Vean todos como es cierto que quedan para hoy milagros, para hoy dicha... vean como la misericordia infinita nos salvó de nuevo del desguace sin duda merecido. Y todo es ya más joven, más puro. Ya todos en paz con las tapias y alambradas.
Saciada ya el hambre la turba se dispersa despacio. Pues si bien está lo que bien acaba el caso es acabarlo pronto. Y allá va cada cual, al paso, atizados por la desazón, el diablo los lleva y toca la flauta. Allá las ratas en busca de callejas hostiles, tan del agrado de mi especie. Allá las ratas en busca de nada. Doblando las esquinas orinadas con la esperanza de encontrar una puta hermosa de dedos largos, de esas que te clavan en la espalda toda la dicha hasta que sangras y te besan a la primera con puñal en vez de lengua... esperando uno de esos encuentros en que todo ocurre como debe ser cuando los planes van a cargo de una hiena y un chacal... es en esas calles por donde debéis buscarme ahora, sentado en una acera frente a una vieja que desgaja su naranja; frente a un niño, un niño dormido en un balcón apenas a medio palmo de mi cabeza; o embistiendo la niebla y el vaho de los cristales, o besando el azufre de los portales, o agonizando feliz porque adoro el invierno, cuando nada nos queda y las sonrisas son de escayola, los alientos de desmayo, la ilusión de los niños.
Buscadme pues allí, solo, a las seis y diez. El sol ha tirado la toalla. "Mejor ya caliento cuando lleguen abril o mayo", se ha dicho. Y estoy esperando mientras me fumo la nieve (se me acabó en octubre el tabaco, la juventud mucho antes). Me dejo llevar, me dejo vivir, me dejo poblar. Por susurros y poemas, por ceniceros colmados, finales, mentiras, sonrisas de cine, platos cuarteados. Renuncio al frío y sus ventajas. A la cueva y la anestesia, a la mendicidad de cualquier orden. Renuncio a la pelea. A pasear de nuevo por sus calles luminosas con mi olor de miserable. Al regocijo de ver el asco reventándoles el maquillaje. Renuncio a ser la venganza del pagano. Al placer de mostrarme como una lóbrega aparición de la cloaca, una pústula, un bicho feo que les hace gritar, que les hace llorar, que despierta las sirenas y las porras. Renuncio a flirtear con sus pulcras mujeres morenas de pelo corto y piernas largas. A vestir jersey de lana. A oler mejor.
El tiempo vuela. Es profecía. El tiempo nos pasa por encima o por debajo, nos roza a veces, nos atraviesa incluso, estremecedor y fugaz. Y acelera, acelera, acelera... Tanto rodar, tanto caer, tanta vuelta, tanta queja y tanta leche para caer en la cuenta de que es de noche y yo sin blanca, yo sin dosis, yo sin casa porque no es posible volver y huir mañana, huir pasado... porque cuando se huye todo arde a tus espaldas, se evapora, desaparece incluso de la memoria...
No es problema la dosis. Del material que tomo siempre se encuentra por todas partes. Solo hay que barrer la calle, raspar las paredes, levantar alfombras, empaquetar la nieve. Y me va de perlas la jeringa del abuelo. Encaja perfecta en la rosca de mi antebrazo. Y si no me quedan los muslos, las piernas, los ojos, la lengua. En cualquier parte encaja la aguja cuando hay hambre. No hay motivo ninguno para presentar una queja.
Tampoco es problema la guita. A estas alturas... ¡venirme con estas! Es muy sencillo lo de la guita. Cualquier capullo lo resuelve. Basta con desangrar a tu vieja. Desangrar a un colega. Desangrar a tu novia. Asaltar un taxi. Un bar. Un quiosco. Un tren correo.
El problema es otro. El problema es que hagas lo que hagas a este puto muro ni se le resquebraja la pintura. Digan lo que digan. No hay bomba, no hay aullido, no hay formulario que conmueva a los doctos maestros de jeta de mármol. Ellos tienen leyes. Tienen dioses privados. Esa es sin duda su manía favorita. Meter a dios en todas las cosas. Su dios tiene número de serie y despacho privado. Seguro contra herejes. Sacerdotes de vino y coca. Su dios es de petróleo y papel moneda... Y el mío no existe. El mío ni siquiera nos contempla desde el más mediocre de sus sueños. Para él somos acaso una polución inadvertida, en una siesta bajo mantas y tres décimas de fiebre... un escalofrío secundario para un dios adolescente.
Y ahora, como siempre, el problema es dormir esta noche. Donde. Como. Con quien. El problema es mirar arriba y no ver cielo. Mirar arriba y ver palomas estrellarse contra el plomo de las nubes. Huir de la policía. Huir de la demencia. Buscar faroles rojos...
© mac, 22 dic 1998
El fracaso está sobrevalorado (nos van a desinfectar)
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