Acepto el envide mi doña Azu, recordando a Blanca Barojiana y a la condesa por lo que dicen gustar de las cosas antiguas. Va por ellas
EL TAPETE DE LA GRAMOLA
No se si recordáis a mi tía Nati, la de Martos. Que llevaba la casa con mano de hierro y que solo se doblegaba ante el poder de María Sanpedro, la viuda que entró como nodriza de mi tío Antonio y murió de vieja con nosotros. Mi tía Nati, después de sopesar y comentar la compra con su marido, adquirió una gramola. Sí, aquel mueble grande, mucho más alto que yo cuando esas fechas, que se abría por arriba para dar oportunidad a que se colocase un disco de aquellos de pizarra, de los que luego supe eran de 75 revoluciones. Para eso estaba yo, para revoluciones, con la del 34 sonando en mis oídos infantiles y con el temor de que lo de Casas Viejas se extendiese hasta la Peña y el Arbollón.
Y la gramola se compró porque, sublime decisión oí decir a mi tío Ramón, el marido de Natividad que nadie le imponía desde una emisora de Jaén la música que tenia que oír, además de la banda municipal que los domingos despues de misa de doce, tocaba “el sitio de Zaragoza” en los alrededores de la fuente taza. El armatoste, la gramola era color caoba con herrajes dorados, con su manivela en un costado para dar cuerda a la maquinaria, su brazo articulado donde se colocaba una aguja de acero para que rascase en los surcos de la placa, con unas patas estilo isabelino, y unas puertas grandes que se abrían “para que se oyese mejor” .
Se discutió el sitio del salón, se apartaron sillas y dos mecedoras, aquellas de respaldo y asiento de rejilla y se invitó a Adela Rosa y a María de la O para la primera audición. María Sanpedro hizo tortas de manteca colorá, el abuelo Manolo dejó de ir a la “amistad” perdiendo su partida vespertina de tresillo y yo me escondí en el más apartado rincón de la sala. Porque la cosa estaba tensa, pero muy tensa en la familia. Durante tres cenas se había discutido el adorno final de la radiogramola. Que si una figurilla de porcelana, un perrito creo recordar superviviente de los regalos de boda, que si un retrato pequeño de mis tíos en la Expo de Barcelona, que si un tapetillo de ganchillo que naturalmente había que hacer previa consulta del tipo, blanco o si era mejor de encaje de bolillos.
Hasta que llegó el día, sin tapetillo naturalmente. Porque el aparatoso armatoste que se cargaba por arriba no permitía ningún adorno Habría que quitarlo cada vez que se cambiase la placa.Además, con la radiogramola mis tíos compraron la zarzuela entera, si, entera, con mas de veinte placas de “Luisa Fernanda”, cantada por Marcos Redondo nada menos.
Releo, antes de dar el click a “envío”, estos recuerdos sobre un tapetillo y advierto que no he escrito nada de él. Así, que empieza la amanecida, aún tengo tema la colaboración para el periodico de mañana martes, y dejo lo del tapetillo para otro día.
REMAKE
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