El viejo farero
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El viejo farero había transmitido a su hijo todo lo que las gaviotas, el
aire y el mar le habían enseñado en las largas noches transcurridas en la
torre. Le había enseñado a imitar el sonido de los cormoranes en celo, a
separar la sal para beber agua potable, a pescar con una caña consistente
tan solo en un palo largo y un pequeño alambre al final con un aún más
pequeño gusano enganchado en él. Pero, Ramón había aprendido además de su
padre a descubrir la tormenta que se avecindaba en los murmullos que el
viento susurraba en sus oídos y en el color cambiante de las olas que
rompían contra las rocas. A descubrir el Sol tras las nubes por la longitud
de las sombras que estas dibujaban sobre la playa. A hablar despacito con el
silencio y a reirse con el a carcajadas abriendo su boca tanto que la cara
se desfiguraba en una mueca divertida y salvaje. Y había aprendido a
caminar, como el viejo farero hacía, con respeto; si paseaba en la playa sus
pisadas acariciaban con suavidad la arena y evitaban dañar las conchas que
la marea había dejado allí. Si buscaba percebes sus pies se fiaban de las
rocas y éstas no le defraudaban; nunca le habían hecho resbalar. Y cuando
subía las escaleras del faro sus pisadas eran firmes y seguras, con la
rutina que sus ya muchos años habían marcado en los escalones.
Ahora Ramón cada vez que miraba su amado mar recordaba aquellos años
pasados, aquella vida alegre y despreocupada, aquellos colores que poblaban
el puerto. Gustaba de sentarse sobre una pequeña roca desde donde veía el
mar golpeando los acantilados. En tiempos, aquella zona de la costa había
sido conocida como "las rocas de la muerte" porque muchos eran los barcos
que se habían estrellado contra ellas y muchos los que perecieron en los
naufragios. El mar azotaba con bravura los acantilados para luego deshacerse
en una franja de espuma blanca como la leche de las cabras de Julián y había
que conocer palmo a palmo la posición de las rocas para no verse lanzado
contra ellos.
A la izquierda del faro, el acantilado daba paso a una pequeña cala donde
las olas después de lanzar al aire millones de espumosas gotas buscaban
reposo sobre la arena. Cuando la marea estaba baja salían a la luz pequeñas
rocas diseminadas desordenadamente cerca de la orilla. Eran rocas peligrosas
para la quilla de los barcos cuando estaban cubiertas de agua. Pero, ahora
expuestas al aire y a la luz se veían indefensas cubiertas de pequeños
mejillones y lapas. Y las olas cuando llegaban a ellas pasaban por encima
como una suave caricia, con dulzura, casi como perdiendo perdón por su
anterior bravura. Hasta el azul cambiaba paulatinamente al verde y si
entonces alguien tenía ocasión de observar los ojos de Ramón fijos en el mar
podía observar como estos a su vez cambiaban de tonalidad. Después de su
padre, el mar era el mejor maestro que Ramón había tenido nunca. El mar le
había mostrado la fragilidad de la vida y la muerte, la naturaleza del amor
y del odio. En su misteriosa profundidad había encontrado Ramón el misterio
del mundo concentrado allí y en su movimiento había aprendido lo que
significaba dar y recibir amor. No imaginaba Ramón mayor desprecio que el
del mar cuando arrogante se alejaba de la orilla ni mayor cariño que cuando
las crestas de las olas besaban de sal y frescura la ardiente arena. No
conocía grandeza de la magnitud que el mar mostraba ante el cuando oteando
desde lo alto del faro tenía ante sí kilómetros y kilómetros de una
superficie lisa y azul con reflejos plateados que ocultaba bajo de sí
insondables profundidades. Ni había encontrado en ningún otro ser la
humildad de las pequeñas gotas de agua pulverizada lanzadas al aire desde el
acantilado. Era el mar todo y nada a la vez. Pero, Ramón había encontrado,
tal vez precisamente por ello, el amor de su vida en el mar.
Era el ahora "el viejo farero". Y el último farero del lugar. Nunca se había
casado y no tenía hijos, pero de todos modos, sabía que aquel faro moriría
con el cuando el muriese. Ya hacía casi cuatro años que las Autoridades
dieron por cerrado y muerto el faro. Pero, Ramón no había hecho otra cosa en
su vida que cuidar de el y otear a lo lejos durante horas, así que a pesar
de saber que la luz del faro ahora apenas si servía de algo continuó a subir
y bajar manteniéndola siempre encendida como su padre había hecho todas las
noches de su vida.
Y un día de primavera, cuando los escasos habitantes del pueblo se
levantaron y miraron hacia el mar supieron que Ramón, el último farero,
había muerto. Porque allá en lo alto una luz apenas distinguible e
insignificante frente al Sol seguía avisando a los barcos de la cercanía de
la costa. Nadie subió a apagarla. Dejaron que, al igual que Ramón, la luz se
fuese extinguiendo poco a poco hasta que quedó ya para siempre tan sólo el
recuerdo del faro y sus historias en la mente y el corazón de los ancianos
del lugar.
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