Tu cuerpo sobre la alfombra.
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- ¿Qué tal el día en el periódico, cariño?...
- Bien -gruñó él.
- No te encuentro demasiado comunicativo esta mañana -se burló ella; y acariciándole los cabellos continuó- ¿Quizá enfadado por algo? ¿Por qué ese rostro tan largooo?...
- Porque... acabo de matar a un hombre.
- ¡Acabáramos! -lo abrazó su esposa rodeándolo por la espalda- ¡Tu has matado a infinidad de hombres, mujeres, ancianos, niños, y hasta lindos gatitos de escasas semanas! Eres mi asesino en serie favorito -le susurró al oído-... ¿me matarás algún día a mi también? ¿en tu obra maestra, si?...
- Luisa, por favor, sabes que no me gusta que me distraigan mientras escribo...
Se separaron. Ella fue al dormitorio. Dejó la puerta entreabierta. Él cesó de escribir durante unos segundos. De soslayo, en parte de la luna de la puerta del armario, podía contemplarla mientras se desnudaba. Luisa estaba en aquel momento despojándose de las medias. Él se juró que acariciaría aquellas piernas antes de que la hora hubiera llegado a su fin. Apartó la mirada y siguió escribiendo. Se escuchaban ruidos familiares en la cocina. Sonó un timbre conocido. Cuando Luisa regresó a su lado traía un par de tazas de humeante sopa caliente. Se había puesto más cómoda. Acercó una silla y volvió a situarse junto a él.
- ¿Puedo?... -preguntó mientras se sentaba y le ofrecía una de las tazas.
- Claro. Gracias... ¿te gusta?...
- Déjame ver...
Ella leyó en voz alta.
"¿Por qué me obligas a mirar -decía uno de los personajes- por qué me atormentas con la obligación de dar fe de la miseria, la ruindad y el miedo, la tristeza, el odio, la indiferencia y el rencor, la envidia, el desprecio y la ira, la ofuscación cerril, el temor, la cobardía, la debilidad... por qué me obligas a hundirme en toda la bajeza del mundo y del hombre? ¿Por qué me obligas, Padre, a contemplar semejante espectáculo?...
Así dijo Lucifer a Dios poco antes de su alzamiento. Así está escrito."
- ... humm.. no sé... sabes que me suele gustar lo que escribes. Tus chorraditas pseudoliterarias y eso... sin embargo ésta me parece excesiva, un poco recargadilla, demasiado "melodramática"... -apostilló Luisa.
- Sí, es posible... lo mío es puro teatro... mal teatro, quiero decir.
- El caso es que, a pesar de to...
Luisa de puso en pie.
- ¡Mierda... no me estás prestando la más mínima atención! ¿Para qué puñetas me preguntas nada entonces! Otra vez has ido a refugiarte a Babia. La miradita ausente, el aspecto distraído, la pose de estar flotando entre las nubes... esas fugas del pensamiento tuyas... Me asustas cuando miras sin ver, ¿sabes?...
- Nena...
- ¡Qué nena ni qué mierdas!... Antonio... sabes cómo me duelen tus ausencias. Lo hemos hablado muchas veces...
Luisa se había ido alejando lentamente de su marido. Le hablaba ahora desde el centro de la estancia.
- Creo que algún día llegaré del trabajo y te encontraré, como siempre, sentado delante de esa maldita aspiradora que está succionándote poco a poco el cerebro... sólo que ese día será distinto. Mirarás sin ver. Te hablaré y no responderás... Te habrás ido...
- Sí... -Antonio estaba en pie, caminaba hacia su esposa.
- Prométeme que nunca me harás eso...
- Vendrás -susurraba él- y hallarás mi cuerpo yerto, tendido sobre la alfombra.
- ¡No bromées con esto!
Luisa empezó a llorar. Antonio la rodeó con sus brazos, la besó en el cuello. Le alzó el rostro delicadamente por la barbilla.
- Amémonos, cosita. Ahora. Sin palabras.
Fueron al dormitorio.
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