[ 1 ]
Al regresar del trabajo, un buen día, Fernando halló el cadáver de un hombre sobre la alfombra roja extendida a pies de la cama de su dormitorio. Luego de recuperado un poco de la sorpresa inicial, Fernando se arrodilló junto al desconocido para examinarlo. Lo zarandeó como si quisiera despertarlo. Buscarle, por último, el inexistente pulso tampoco sirvió de gran ayuda. El cuerpo estaba frío. Agarrotado. El rostro tensionado y unos labios gruesos y retorcidos, repulsivos, hacían pensar en un hombre que acabara de tomar un largo trago de bilis. Era moreno. Joven. No mal parecido. La espesa barba corta mal afeitada proporcionaba a su cara un aspecto "sucio". Curiosamente no había la menor gota de sangre alrededor del cadáver... curiosamente porque tampoco mostraba éste signo visible alguno de violencia. No se había caído ni lo habían tumbado. Estaba tranquilamente echado sobre la alfombra. Boca abajo. Como durmiendo. "¿Quién es este tipo? ¿Cómo demonios ha llegado hasta aquí!", se preguntaba Fernando cuando, al fin, comenzó a razonar sobre lo que le estaba sucediendo. Faltaba una pregunta más... La consciencia se abrió paso entre las tinieblas del sueño. Sintió entonces el peso de una mano invisible aprisionando su pecho. Tembloroso, mareado, respirando con dificultad, sintiendo náuseas, Fernando salió de la habitación en dirección al cuarto de baño. Allí se enjugó el rostro con agua fría y estuvo contemplándose en el espejo largo tiempo. Miraba indiferente, sin ver. La pregunta "¿Y quién lo habrá matado?" procuraba alejarla a toda costa de su pensamiento. Dejó correr el agua del lavabo. Algún detalle de la escena, pensó, se le escapaba. Cerró el grifo. Hundió sus manos hasta las muñecas en el agua para, sin percatarse, enjuagárselas con mecánico e inconsciente gesto. Su mirada hería el rostro en el espejo. Mientras frotaba sus manos lo golpeó, como un balazo, el detalle en el que asombrosamente no había reparado hasta entonces:
El muerto le había robado el rostro.
Habrían podido pasar por hermanos gemelos ante sus propias madres.
[ 2 ]
Cuando regresó al dormitorio un hecho todavía más insólito que los acontecidos le aguardaba: ¡el cadáver había desaparecido! El ominoso espacio vacío que había ocupado al parecer hacía no mucho tiempo el cuerpo de un hombre, o algún objeto de dimensiones similares a las del cuerpo de un hombre, o Dios sabría el qué, había dejado unas pocas arrugas sobre la alfombra. De no haber sido por este detalle Fernando se habría dicho que acababa de tener una horrible pesadilla. Transcurrió un minuto en el que permaneció inmóvil frente a la cama, con la mirada clavada en el suelo. Luego salió del dormitorio. Registró la casa de arriba abajo sin hallar absolutamente nada. Ya de regreso al dormitorio, como un crío curioso, incluso divertido, examinó el interior del armario. Miró bajo la cama. Nada. Volvió sobre sus pasos. Al cuarto de baño... aunque allí, como se dijo para reconfortar un poco su ánimo, era materialmente imposible que se hubiera ocultado aquel hombre. No obstante miró tras la cortina de la ducha. Nada. Cuando de nuevo entró en su dormitorio el cadáver estaba, otra vez, tendido sobre la alfombra. Fernando se sentó en la cama, con aquel desconocido que tenía un rostro casi idéntico al suyo echado a sus pies. "¡Dios qué malas pasadas nos juega la imaginación!" -se dijo. Encendió un cigarrillo. Aspiraba el humo morosamente. Era de noche fuera. Desde el paseo, una avenida de ordinario bastante transitada, llegaba hasta sus oídos un silencio que le pareció resbalaba, se infiltraba, se introducía sigilosamente junto a la luz de una farola por las rendijas de la persiana. Estaba solo allí, con un desconocido muerto. El mundo, si es que alguna vez había existido en realidad fuera de su cabeza, de diluía rápidamente. Se agotaba. Una calada más y se habría consumido, al fin, su pitillo.
[ 3 ]
"Y ahora" -pensó- "... ¿qué se supone que debo hacer? Sería usted tan amable de indicarme dónde quiere que lo deje, caballero..." -preguntó en voz alta al muerto. Su taciturno huésped no le respondió. Rápidamente se le borró a Fernando la sonrisa idiota de la cara. Quizá enojado, quizá aburrido, comenzó a considerar la conveniencia de deshacerse de una compañía, en verdad, tan cuestionablemente grata. Consideró el teléfono, pero desechó la idea casi de inmediato. "¿Qué ESTUPIDEZ se supone que voy a cometer?..." -se dijo entonces- "Yo no he hecho nada. ¡Soy inocente! ¡Pues claro que avisaré a la policía!... Es lo único sensato...". Se incorporó decidido a acompañar con hechos sus pensamientos. Mas cuando todavía no había salido de la habitación ya una duda lo asaltaba, "... y cómo? ¿Cómo haré para responder a sus preguntas? ¿Cómo explicaré quién es este tipo, qué hace aquí, cómo ha llegado hasta aquí, por qué está muerto, quién lo ha matado, cómo ha entrado en mi casa sin forzar ninguna puerta o ventana..." La rueda inmisericorde de tortura se detuvo en aquel punto. "Harán muchas preguntas. Infinidad de malditas preguntas para las que... ¡el Diablo me lleve si tengo una maldita respuesta!". Desde la puerta, con mirada entre irónica y cínica, Fernando se permitió bromear de nuevo con su silencioso acompañante:
- En menudo estúpido asunto me has involucrado, amigo. Bonito cómplice estás hecho -y salió sin tener la cortesía de despedirse.
Una vez en el salón se sirvió un vaso de bourbon con hielo. Encendió la televisión. Poco volumen. Rozaba la medianoche. Se tumbó en su sillón favorito. En el telediario, con perfecta dicción y rostro impasible, una joven contaba que un anciano de Valladolid, sesenta y cinco años, había asesinado a su esposa de sesenta y tres y llevado luego el cadáver a casa del hijo médico de ambos, quien lo halló sentado a la mesa de la cocina.
- Virgen santa... -susurró Fernando para sí-... este puto mundo está enfermo...
[ 5 ]
Amanecía cuando su mujer regresó del trabajo. Lo halló sentado frente a su ordenador portátil, con un cigarrillo en los labios y una taza de café llena de colillas sobre la mesa. Mal afeitado. Peor dormido. Apestando a bourbon. Tras recibir una especie de gruñido solitario de bienvenida por respuesta a sus "buenos días, amor", Luisa se le acercó y husmeó un poco a ver qué era lo que mantenía ocupada la atención de su marido. Al parecer componía un largo escrito titulado "Yo confieso". Estas dos simples palabras indicaban ya con bastante claridad por qué melodramáticos derroteros -tan caros a su esposo, por otra parte- podía presuponerse que discurriría aquella historia.
Tu cuerpo sobre la alfombra.
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