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Pier Auguste Renoir. 1858.
"Lienzo perdido en algún punto entre su realización y 1879.
Borrado del mundo en que no existió y de la memoria del arte que nunca observó, aquí queda recogida su tardía repercusión en vuestras consciencias."* Natalia tiró mecánicamente del pomo cerrando la puerta y proponiéndose a enfilar los tres escalones que separaban el portalón de su casa de la calle; cuatro carriles, un par en cada sentido, como único obstáculo hasta el paseo marítimo, más allá el mar y la arena. Un coche rojo se cruzó por delante de ella sin que ni siquiera lo intuyera; así pasaría a formar parte para siempre de su desmemoria, sin haber tenido derecho a la negación de ésta, y es que la mayoría de lo que percibimos cae al subconsciente irremisiblemente- sin que los hechos concretos o sus causantes lo sepan realmente pero lamentándose por ello- para integrar el lodo en que se cimienta nuestra personalidad. Y la memoria de Natalia era especialmente selectiva aunque ella jamás lo advirtió; siendo esto, paradójicamente, lo primero que paso a engordar su olvido.
No hacía falta conocerla para saber que aquel no había sido un buen día; ya era tarde y tenía el gesto cansado pero se animó para sortear los tres peldaños con un par de saltitos.
Ya no era joven, se encontraba en ese tramo de edades en que los hombres dudaban si acababa de abandonar la adolescencia o la belleza se estaba cansando ya de tanta tersura, y su melena negra- sin rastro blanco alguno- y larga no hacía más que acrecentar la razonable ncertidumbre.
No hubiera podido decirse de qué color tenía los ojos, que eran pequeños y tenía casi cerrados, pero si la estética existía debían ser verdes. No era alta pero si esbelta, de piernas levemente arqueadas y exiguos pechos, que conservarían ya ese aire colegial incipiente o amenaza de futura exuberancia; en consonancia con los ojos, la nariz también era pequeña y en su rostro tan sólo la boca era de mayor tamaño aunque sin sobresalir o parecer antiestético en ningún momento, al contrario hacía más expresivo su gesto. Su cara parecía, por los contrastes que en ella se daban, algo ancha; pero era bella.
El sol empezaba a teñirse de naranja, cansado ya del deslumbrante amarillo. Natalia no había salido aquella tarde sin más pretensión que la de dejar pasar la escasa hora que le quedaría al día, rematarlo si acaso; casi no recordaba la mañana, el tiempo desde entonces parecía haberse extendido casi hasta el infinito- que debía ser algo así como el limbo en que se había visto sumida-. Ya paso todo, pensó; y empezaron a desaparecer de su cabeza las causas por las que se había sentido tan malhadada, al igual que en su infancia, en la que siempre olvidaba las fuentes de sus pueriles enfados bastante antes de que estos se desvanecieran.
Efectivamente seguía siendo desgraciada aun, como si los sentimientos se viesen sometidos a la inercia de la monotonía y así se viesen obligados a perdurar más de lo adecuado. Pero ya duraría poco- la infelicidad y el día-. Cruzó, acelerando el paso, sin mirar a los lados, el silencio era absoluto y no hubiera sido necesario.
Al llegar a la otra acera y antes de entrar a la playa se sentó en uno de esos bancos azules que se intercalaban, en la avenida, con las palmeras desmesuradamente podadas- las ramas, de un verde seco, ridículamente recogidas hacia arriba durante el año entero por tremebundas cuerdas-, para quitarse las zapatillas de deporte sin prisa, mirando al suelo y viendo los restos de amarilla arena dejada allí por los pies y el viento. Se despojó de las zapatillas sin prestar atención a sus movimientos, hace tanto almacenados en algún lugar pitagórico de su encéfalo; y no pensó en lo que hacía hasta tener el calzado en sus manos; todo es ritual y preparativo de lo que acontecerá después, el discurrir de meses le parecía una concatenación de sucesos por la que se avanza lentamente y sin opción. Ahora se levantaba, abandonando sobre el asiento aquellas momentáneas disquisiciones metafísicas, para encaminarse a la playa. La escalerita que bajaba hasta el arenal era un anticipo de lo que se avecinaba, teñida como estaba de paja. Bajó los escalones de uno en uno, notando bajo su presión el almohadillado accidental de estos y ocultándose la impaciencia de su tacto desnudo por llegar. Al pisar las dunas sintió como éstas se desmenuzaban contra sus talones; cada grano en contacto con su planta, millones de células que han renunciado a su totipotencia en beneficio del conjunto y para disfrute, ahora, de ella; todo invitaba al altruismo: La inmensidad, el ambiente saturado de agua y sal, la soledad... todo.
Aquello era indescriptible; alguien de interior- como suele llamarse a las gentes de secano en la costa- jamás podría ni tan siquiera vislumbrar la grandeza de un paisaje contagiado por la infinitud del horizonte uniforme y perfecto, detrás del cual no parecía existir nada- a los niños de temprana edad les costaba entender que más allá estaba América; eran más partidarios de abogar por la planicie terrestre que se hacía patente en el limpio corte del mar a lo lejos-. Nadie de litoral desearía adentrarse en el continente, y si estaba obligado a ello sentiría la desazonante sensación de ir a tropezar con la costa tras cada esquina doblada y el consiguiente desasosiego al divisar tras la ciudad- cualquier ciudad- la montaña- cualquier montaña-; existe así un muro conceptual entre el interior y sus alrededores. Natalia había vivido durante un lustro en algún lugar de la antigua Castilla y desde su regreso aquel se había convertido en lugar de reflexión, pero nunca de nada trascendental, sino más bien de algo divagante o estúpido. Siempre ideas circulares de sabor metálico que se alternaban en el ambiente- más que en su cabeza- sin transición alguna u orden aparente. Y que además serían olvidadas no más abandonase la orilla. Aquellos pensamientos no parecían propios; sino del mar del que la salpicaban en voz alta y donde debían permanecer. Se remojó los pies y un escalofrío se extendió fuerte hasta sus rodillas, a partir de las cuales siguió con trayectoria ascendente pero perdiendo intensidad y celeridad para morir en el cuello, negándose a refrescarle la cara. Suspiró.
De espaldas a la mar aquello no distaba mucho de un desierto sin rastro de vida. Su soledad reflejaba que el atardecer había dejado, tiempo atrás, de tener importancia. Pero el rugido del agua - omnipresente- tierra adentro y la creciente humedad con olor a verano y alga, el olor de la niñez, ahuyentaba la ansiedad que en ausencia de todo aquello se hubiera anidado en su estomago; la ansiedad es la sensación del desarraigo de la madurez y en presencia de aquellas evocaciones a la infancia quedaba milagrosamente ausentada.
Natalia se sentó sobre la arena seca, muy cerca de donde ésta delimitaba con la mojada, parpadeando lentamente, una, dos, tres veces. El sol estaba a punto de reposar sobre la línea azul del horizonte, aproximándose despacio sin atreverse a zambullirse por pereza y miedo a las gélidas aguas. A cada suspiro sus pulmones se humedecían un poco más, así comenzó a tener frío; pero no hizo nada, permaneció sentada, con los brazos cruzados, ahora imperceptiblemente más apretados, esperando que empezase el espectáculo y empezando a repudiar ya su aflicción. Al tiempo que sentía la breve brisa que le provocaba aquella sensación, le había parecido percibir el movimiento del sol avanzando a trompicones, descolgándose del firmamento poco a poco, a causa de su gran peso. Arriba, la luna se observaba ya claramente; aguardando paciente sus horas de soberanía. Giró, con lánguido gesto, la cabeza a levante por donde los efluvios de la noche iban venciendo la fuerza de la gravedad, lentamente, con la arrogancia del que se sabe ganador y el satélite esperaba orgulloso a que su ejercito sutil conquistara la totalidad de la semiesfera que lo cubría, de horizonte a horizonte; perecía aprovechar la dejadez de su hermano, volcado en otras labores, para dominar con suficiencia aquello, que sin embargo, no le pertenecía. Fue entonces cuando Natalia, en un arranque de sublimidad innecesaria, transgredió y por primera vez en años, el primer mandamiento de sus renovadas estancias allí: La ausencia de trascendencia en sus delirios. Se sintió divertida por la farsa representada cada día. La Gran Estrella jugaba a naufragar; La Luna jugaba a suplantarla y la oscuridad a dejar entrever un poco de luz a través de sus perforaciones consentidas.
Agachó la mirada, cerró los ojos y pensó en la muerte. La vida no era más que una lucha para poder morir dignamente; porque nuestra memoria y nuestro olvido nos sobrevivirán, los últimos gestos siempre toman una importancia que roza lo metafísico, inmerecida. Sin embargo, sólo se dispone de una oportunidad en esos ademanes y palabras por las que se nos recordará y, a veces, juzgará incluso; no es únicamente lo acaecido en el instante previo al óbito sino los días o semanas inmediatamente anteriores, que en la mayoría de los casos sólo se saben que fueron últimas a posteriori, lo que aun dificulta más la tarea de excelsitud; son las conductas aquellas las que quedarán grabadas en la memoria colectiva de nuestro entorno, es también como nos recordarán los que no nos conocieron- hijos, primos o amigos comunes- excepto por relatos, comentarios o anécdotas. Es algo demasiado importante como para no poder ensayar. Se nos conocerá a través de las declamaciones y voluntades que arbitrariamente se ven convertidas en póstumas, y que de haber conocido hubieran sido otras... Aunque ciertamente el no conocer el momento exacto, el vivir entre la angustia del posible fallecimiento y la esperanza, que se creé casi segura, de la continuación de nuestra historia es lo que hace soportable. De lo contrario no habría que luchar por la muerte digna- qué es eso- que tendríamos asegurada a cambio de cualquier atisbo de la felicidad que otorga la ignorancia; pero no es así, se camina a ciegas por los estrechos pasillos oscurecidos por la Muerte e iluminados, más tarde, por evocaciones de terceras personas que reirán nuestra ausencia y la manera en que desaparecimos; porque la muerte ajena o lejana siempre hace gracia- no nos tocó a nosotros, risas-; lo que únicamente se ve atenuado por las lamentaciones de las amistades más cercanas en cuyas conciencias reposan horas de conversaciones y sinceridad, contenidos llantos y carcajadas gustosas; pero mientras la diversión por lo momentáneamente evitado es sonora, los recuerdos amigos son mudos o monologantes-un soliloquio melodramático en el mejor de los casos-. Pensarán en nosotros en la intimidad, como si nunca hubiéramos existido ni hubiéramos llegado a desaparecer jamás, sino todo lo contrario y viceversa; pero es mejor así, los valiosos secretos pronunciados alguna vez deben permanecer inalterados en lo más hondo del sentimiento, porque volver a contar lo escuchado o comentar lo ocurrido es tergiversar nuestra más profunda memoria y la memoria, también, de él que ya no recuerda.
Óleo de mujer en la playa.
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