El juguetero
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- Estoy buscando trabajo. Me gusta su tienda, y querría trabajar aquí.

- ¿Está en el paro, joven?

- Aún no, pero si usted quiere puedo causar baja en mi empresa mañana mismo.

- ¿¿Trabaja usted??

- Sí, señora. Soy informático.

- Joven, si esto es una broma, es de muy mal gusto... estoy sola y esto me
da mucho trabajo, así que si me perdona...

-Le aseguro que no se trata de ninguna broma. No me gusta mi trabajo, y
quiero ser juguetero.

Una visita vino a salvar la conversación. Era un hombre, un analfabeto
tecnológico, de esos que hoy en día no puede usar su vídeo ni jugar con su
hijo. Llevaba con él al niño, y el chaval llevaba consigo a su fetiche.
Había algún problema con él -con el juguete, no con el niño-, porque estaba
sordo y mudo, y las instrucciones en inglés. La dueña de la tienda, igual de
perdida que el papá, empezó sin mucho ánimo a hacerle las preguntas de
rigor: le han puesto pilas, eran nuevas, alcalinas... y entreví la cara de
desilusión del hombre cuando la mujer le dijo "quizá es problema del muñeco,
igual tengo que enviarlo a fábrica, podemos tardar cosa de un mes..."

Antes de que se dieran cuenta, yo ya estaba hablando con el crío y su
juguete. Era un Robot Transformable de los Guerreros de la Nueva Era. Un
samurai-insecto con pinchos, cohetes, cabina de mando, cromados, y botones:
PWR, PRGRM SET, SND, LGHTS. El niño me miró y sólo me dijo:

- ¿Tú sabez?

Asentí.

- Tienes que darle la orden. Junta tu mente con la conexión neural, poniendo
las manos aquí, así, muy bien...

El niño hacía todo lo que le decía, obediente como sólo podía hacerle la
ilusión, y puso los dedos en los botones que le indiqué.

-...y ahora concentra tu bioenergía en las puntas de los dedos, y grita :
¡Orden de combate!

-¡Odden de cobbateeeeee! -gritó alborozado.

Y el robot se convirtió en un festival de luces, estallidos, ametralladoras,
misiles iónicos... Movía las alas, la cabeza y el sable, derrotando a cien
enemigos imaginarios.

-¡Has activado tu biorrobot! ¡Muy bien, Guerrero de la Nueva Era!

El niño corría arriba y abajo de la tienda, persiguiendo a los Sicarios de
la Sombra por el hiperespacio; su padre suspiró, aliviado, feliz, al ver
feliz a su niño y a su dinero bien invertido.

Entonces la vieja vio que no le mentía. Yo era un electrochamán auténtico,
sabía las palabras esotéricas y el lenguaje secreto de los botones y las
luces que sólo conocen los iniciados y los niños. Me contrató en el acto.

* * *

Desde entonces he sido el brujo de la juguetería, un tipo capaz de resucitar
a los muertos con un soldador fino y un par de cables, o de descifrar
instrucciones en taiwanés, y al que no le importa, sino que incluso le
gusta, cargar paquetes a casa de los clientes sin coste suplementario y
explicarles a domicilio a grandes y pequeños (sobre todo a padres) el
funcionamiento de pistolas láser, polarizadores de flujo disruptor,
ordenadores positrónicos de color rosa para las niñas y azul cielo para los
niños, cañoneras piratas hiperespaciales, lagartos extraterrestres, polillas
prehistóricas, etcétera...

Mi experiencia como chamán de gerentes de empresa me fue muy útil al tratar
con los padres.

De paso, cuando visitaba un hogar de tecnoanalfabetos (y en mi barrio,
insisto, hay muchos) también ponía en hora algún equipo hifi, entraba un
número de teléfono en la agenda de un móvil...ese millar de pequeñas cosas.

A veces alguno más. La gente confía en un hombre que trae juguetes a sus
hijos. Que les enseña (a los padres) a jugar con ellos. Y a usar los
juguetes de los mayores: la tele de veintiuna pulgadas de teletexto, el...
etcétera. Lo han comprado con ilusión y yo les devuelvo esa ilusión. Soy un
Papá Noel electrónico.

Más que eso.

Si sabes programar lo mismo un ordenador que un vídeo que una aspiradora
programable, eso es que sabes cosas, eres inteligente, sabio. Un tipo listo
y de confianza... ¿a quién mejor pedirías consejo sobre tus problemas?

Después de visitar una casa más de dos veces, todo el mundo se abre. El
camino para conquistar a una mujer puede pasar por su nevera
combicongelador. El ídolo del adolescente es el hacker que le consigue las
canciones MP3 de su grupo. El anciano adora a ese joven tan agradable
gracias al que puede grabar las películas antiguas del canal satélite de la
escalera. Y el cuarentón está muy agradecido de ver la televisión codificada
con el ordenador con el que "trabaja".

Aunque "oficialmente" les traiga cuentos infantiles, cartas y rol, o una
maqueta de
portaaviones.

***

Que no estoy tan loco como parezco, o si lo estoy no soy el único, me lo
demuestra un artículo de opinión del periódico de hoy (el de papel, no el
digital). Lo firmaba alguien con un apellido de objeto antiguo (Barril) que
no ha visto todo el mundo, pero aún así, y pese a la revolución tecnológica,
será un apellido más frecuente que Cubadeacero, como Ballestero más que
Francotirador, Caballero que Motard, y Blanco más que Pantone255.

Hablaba de un tipo que se parecía en algo a mí, y decía que "nada que ver
con esos tecnólogos que saben mucho de sus máquinas pero que son incapaces
de confiarnos y traducirnos los secretos que sólo ellos creen poseer. El
entusiasmo es la conversión del usuario en profeta y del sabio en compañero.
El entusiasmo es saber que no se goza lo mismo en la soledad del destello
sino compartiendo la misma luz. El entusiasmo es el amor a las cosas que
hemos creado para que otros las disfruten. Y eso, lo hemos dicho, es algo
poco frecuente en esos tiempos de ir tirando".

También recuerdo una frase, creo que de Huxley, el de "Un mundo feliz", que
decía algo así como que el juguete favorito de un nño es el que le sirve
para destrozar todos los demás (y si es con ruido y nombre complicado, mejor
que mejor).

Exactamente lo mismo que hace la técnica.

Las bombas nucleares. O químicas. El "error de sistema" que arruina el
trabajo de días. La consola de videojuegos que no puede enchufarse a un
televisor viejo, y sus juegos que no divierten. Los fetiches de marca
registrada de los tecnochamanes por los que se les respeta y hace ricos.

Así que no hay de qué extrañarse: resulta que, en realidad, yo siempre he
sido un juguetero. Pero ahora mis “fieles” están reconciliados con sus
aparatos. No gracias a un tecnólogo: gracias a un tendero de barrio. Un tipo
como ellos. Y ninguno se piensa comprar el Windows 2000.

Ahora soy un juguetero feliz.
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