El juguetero
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En este siglo veinte (o veintiuno, ya no lo sé), gracias a tanto avance,
hemos vuelto atrás. Cada día hay más analfabetos. Pero no analfabetos que no
saben leer y escribir: analfabetos que no saben leer y escribir con las
máquinas. Gente que ignora cómo programar el vídeo, hacer tostadas sólo por
un lado, escribir una carta en el ordenador, conectarse a Internet, poder
hacer algo más con el robot de cocina que puré de carne; dicen las
instrucciones que también puede picar hielo y montar claras de huevo, pero
¿cómo diablos se hace?

Por eso es que la gente me mira con cara extraña cuando digo que abandoné mi
oficio de programador informático para ser juguetero.

No lo entienden. Soy uno de esos chamanes eléctricos, investidos de camisa
azul, americana y corbata, que habla en el idioma común de los diosecillos
del ordenador, de la televisión digital, el teléfono con memorias de
marcado, el vídeo de siete cabezas, el sistema GPS de posicionamiento
universal con airbag de serie. Soy uno de los elegidos, de los profetas, de
lo que eran los ingenieros, médicos y abogados de antaño... ¡y lo abandono
todo por ponerme detrás de un mostrador, apilar cajas de colores, obedecer a
una vieja y, por supuesto, cobrar una miseria comparado con lo que cobraba
por teclear subrutinas de conversión de datos, sea lo que sea eso!

Eso sin contar que desde mi reino universal (¡Internet conecta el mundo!)
podía entrar en los datos del Pentágono, la Guardia Civil, estrellar
aviones, robar los ahorros incluso al mismísimo Mario Conde, y arruinar a un
país subdesarrollado o dos. Y cuando mejorara la transmisión entre los
ordenadores y los robots de cocina, hasta hacer que éstos persiguieran a las
aterradas amas de casa por todas las habitaciones -con el motor en posición,
claro está, de "picar hielo" o incluso "montar claras a punto de nieve para
hacer mousse". Si te da la gana, conquistas el mundo y te llevas a la chica,
que es la secretaria estupenda de la minifalda a quien se le estropea la
impresora, escupiendo hojas y hojas de letras ininteligibles, y apareces tú,
el informático, dedo en ristre, arreglando la catástrofe apretando un botón
aquí y después allí.

Pero es tan simple como que todo eso no me gusta.

No soy un tipo que se crezca con el miedo ajeno, con el espíritu de
obligación, la eficiencia impasible: 10 goto 20, 20 goto 10, y lo obedeces.

No me gusta la cara del contablillo al lado de la secretaria de minifalda,
loco por encontrar una excusa para hablar con ella, cuando aparezco yo y un
clic aquí y otro allí y ella se alboroza y me sonríe y "no sé que haría sin
ti", aunque ese mismo par de clics lo puede hacer ella, pero no se atreve:
si se equivoca en uno solo, quizá pierde toda la información no guardada
(que siempre es TODA) o arruina los tipos de interés de Djibuti, que es lo
que llaman "el efecto mariposa de Lagrange" (¡todo se mezcla!) y demás
tecnojerga de revistas y televisión. Perdón, tengo que decirlo en inglés:
technobabble.

Los informáticos evitamos las iras de los dioses con nuestros rituales de
instalación y las palabras sagradas del Visual Java C +++.

Pero olvidan - u olvidamos, no sé- lo principal: que el ordenador es una
herramienta. ¿Qué ha sido de los sueños de hace diez o veinte años, con
superordenadores que ocupaban habitaciones enteras y lo hacían todo, y tú
sólo tenías que sentarte a mirar mientras el robot sirviente te replicaba un
whisky MacAllan de 12 años? Pues ahora el ordenador es un cacharro
ridículamente pequeño, una especie de cruce entre televisor, máquina de
escribir sin carro y tostadora tamaño regimiento, por nombre técnico
"monitor", "teclado" y "caja"; alguno es o aún más pequeño, como una caja
grande de puros y se llama "notebuc". Y ese cacharrito del demonio no sólo
no trae ni un café (aunque tenga "bandejita" para sostenerlo), sino que
puede causar un montón de desgracias. Y se le tiene miedo.

¿Cuándo se ha visto a un electricista que le tenga miedo a su
destornillador?

Es como la lámpara maravillosa de Aladino o el libro de hechizos de Morgana,
todo junto. Y se necesita a alguien que sojuzgue a los espíritus
ultraterrenos que hay dentro de la maquinita, que los derrote y obligue a
hacer la voluntad del pobre desgraciado que se ha gastado un cuarto de
millón en él. El informático, el neochamán, el ciberbrujo. Y éstos
(nosotros) le amenazamos con males terribles si intenta algo más de lo que
le permitimos: "no nos hacemos responsables", "la garantía no cubre fallos
por negligencia del usuario", "si le gusta reformatear su disco duro a
menudo, adelante, pruebe". Manteniéndolo en la ignorancia nos ahorramos el
trabajo de explicarle nada y además nos aseguramos el pan y caviar del día
de mañana.

Jugamos también con el terror y el deseo que el ordenador lo haga todo, como
juega una echadora de cartas con los miedos y deseos de sus clientes.

Pero todo esto es demasiado bonito, ¿verdad? Vivimos bien, demasiado bien
como para que el hijo del incauto que se ha gastado un cuarto de millón no
quiera ingresar en la Orden de los Programadores Encorbatados, y ser él
quien desplume y gobierne, no uno más de la plebe dominada, de los
analfabetos que no saben ni cambiarle una rueda al ordenador. Ahora ya somos
demasiados; en consecuencia, tenemos que apretar más al pueblo con nuestros
impuestos: cambiar las “ventanitas” del señor Billy Puertas cada dos años,
en vez de tres o cuatro; juegos de trillones de polígonos cuando podíamos
pasar con billones; que haya tres ordenadores por casa en vez de uno cada
tres hogares, y así.

Esto nos llevará a la ruina.

Los chamanes pronto nos veremos derrotados por otra raza de hombres, los que
habrán perdido el miedo, y usarán el ordenador sólo como una herramienta,
sin hacer caso de nuestras liturgias de actualización, de la estafa del
efecto dosmil, y se levantarán, exigirán programas que funcionen,
ordenadores que duren toda la vida, como el martillo del abuelo. Sabrán que
los podemos fabricar; se habrán acabado los sacrificios de miles de millones
de eurodólares al altar del Gran Programador. Y rodarán las cabezas de los
electrochamanes como en la Revolución Francesa rodaron las de los curas.

Yo, en mi tienda de juguetes, miraré todo eso cuando pase.

* * *

Antes he dicho que ser un dios de la Nueva Era no me gusta, y por eso ahora
soy juguetero. No he dicho por qué, y es muy simple.

La ilusión.

Sí, sí, sí, sí, la ilusión. Ese brillo en los ojos que tienen los niños que
entran en mi tienda, y los mayores que van a cambiarse el coche, y el
gerente de adquisiciones que solicita una nueva remesa de CPUs que tengan en
su nombre los números más altos del mercado: Septium 15 a 800 y demás.

La ilusión, el signo de admiración de la frase: "¡Éste, papá! ¡Sí, sí,
éste!"

Las computadoras son la ilusión frustrada. Compras una, te gastas un
dineral, y no te limpia la casa. No te lleva de viaje al espacio sideral y
más allá. No te trae un café. No te da ideas. De hecho, un ordenador nuevo
no hace NADA. Nada de nada; hay que meterle los "programas" para que pueda
hacer una, dos, o tres cosas. En los anuncios de juguetes lo dice bien
claro: "se venden por separado", el fuerte, los indios, la caballería y la
carreta de los colonos. El ordenador es un juguete para los mayores,
también, pero, al contrario que los juguetes de los niños, desilusiona.

Y es que los niños sí saben jugar con sus juguetes.

Siempre me he detenido a mirar los escaparates de las jugueterías. Una, en
particular, de mi barrio, donde no abundan los tecnochamanes ni sus
idólatras, me pareció perfecta para mi propósito. Es la típica juguetería de
barrio, con aparadores a la calle repletos de dinosaurios de goma, maquetas
de barcos pirata en plástico y madera, ositos de peluche, muñecas, los
últimos ciberguerreros japoneses, puzzles de doce piezas, cochecitos de
metal, es decir, todo. Así que, sin más, abordé a la señora ya mayor que la
regentaba.


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