PASAJE
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Ernesto apartó los ojos de mi y, algo ausente, comenzó a hablar de nuevo.
--En el invierno del cuarenta y dos, seis meses antes de la publicación de "Simplicitas", estuve con Lláiz en París. Nos encontramos por casualidad en la avenida Reàmur. Anochecía. Era la hora de mi paseo diario de bohemio. Yo le reconocí inmediatamente, y el también a mí. Su gesto de impaciencia y disgusto al verme tampoco se me escapó. Ya recordadas que el profesor nunca me tuvo afecto.
Yo murmuré algo así como "el afecto no era su fuerte". No quería que se detuviera. No sé si me oyó. Dio un suspiro y siguió hablando.
--Pero ya sabes, compatriotas en suelo extranjero..., conocidos en común..., una vaga lealtad... Se resignó a mi compañía. Conversamos caminando juntos, muy amable él. ¿Te acuerdas de su amabilidad, Eduardo?. Pues él, muy amable, me preguntó que qué vida a hacía yo en París. Contesté que estaba estudiando sánscrito y muy interesado en zen y espiritismo. Distinguí en su expresión tres escalones ascendientes de desagrado. Decidí no añadir un cuarto con la mención del hipnotismo. Le pregunté por su obra para darle oportunidad de abandonar el tópico esotérico que tanto parecía disgustarle.
Pronunció un par de vaguedades y volvió con lo que a mí me pareció un extraño pero patente interés a hacerme preguntas. La materia "anticientífica" parecía atraerle y le repugnarle a la vez. Preguntaba afablemente, con aquella amabilidad tan suya. Su condescendencia me irritó enormemente. Quería deshacerme de él inmediatamente. Le pregunté por su hija. Alicia estaba con él en París. Le estaba esperando en el hotel. El hotel Dûmois se veía ya al final de la calle donde nos hallábamos, larga, estrecha y mal iluminada. En la puerta de un templo de no se qué congregación religiosa fue él quien vio el cartel anunciando una "Seànce Spiritiste" para aquella misma noche. Toda persona era bienvenida. La reunión acababa de empezar "¿Un grupo de los tuyos?", me lanzó Lláiz socarrón. "¡Sí!", le respondí irritado y mintiendo, "¿Quiere ver cómo funciona?". Y agarrándole de la manga de su abrigo lo arrastré hasta dentro del edificio. Entramos en un vestíbulo. A la derecha había una puerta de dos hojas. Detrás de ella provenían murmullos de voces. Todavía agarrándole del abrigo, abrí la puerta y entramos en una sala grande y desnuda de imágenes o adornos ocupada por unas cuarenta personas sentadas en sillas plegables. Al fondo, donde debía estar el altar, supongo, en el único sitio bien iluminado, una mujer joven de pelo blanco estaba haciendo no se qué.
Nosotros nos habíamos detenido junto a la puerta y estábamos como unos veinte metros de ella; no creo que pudiera vernos con claridad. Yo no había estado allí en mi vida. La joven interrumpió lo que estaba haciendo y comenzó a hablar Habían entrado dos visitantes cuyo interés era la sabiduría y nos daba la bienvenida. Uno de los caballeros, siguió diciendo, había nacido en Montiel (Lláiz), el otro tenía un sobrino llamado Gabriel (yo) que había muerto recientemente de forma violenta; lo que era absolutamente cierto, pues le habían fusilado. Si uno de los caballeros sacase la agenda que llevaba en el bolsillo izquierdo de su americana, prosiguió la joven, (Lláiz tenía una agenda en ese mismo bolsillo) la abriese y leyese lo primero que ponía en la página izquierda (Lláiz lo hizo incrédulo y fascinado) encontraría cierto número de teléfono junto a cierto nombre, el número y el nombre que Lláiz estaba mirando en ese momento. El ilustre profesor Don Raimundo Lláiz Munter, tambaleándose y con su agenda aún en la mano, inmensamente desconsolado, abandonó la sala. Yo le seguí, pero él parecía completamente ajeno a mí presencia mientras intentaba conducirle a su hotel. Durante todo el camino murmuraba algo para sus adentros que no acababa de comprender. Varias veces oí las palabras "cábala" e "injusticia". En el hotel, Alicia se hizo cargo de él inmediatamente. Le dio un calmante, pero Lláiz no quiso acostarse. Los tres nos sentamos en sendos sillones. Alicia me hacía preguntas en voz baja y yo contestaba también procurando no llamar la atención del padre que seguía murmurando incoherente con la mirada perdida e intentando tranquilizar a la hija. Al cabo de un rato, el soporífero hizo efecto y Don Raimundo se durmió. Su agitación le perseguía hasta en el sueño. Parecía luchar con algo buscando la distancia.
Sacudía la cabeza de un lado para otro como un niño obstinado negando algo. Se podía ver que su rechazo era inútil y que, cualquiera que fuera su enemigo, ya había sucumbido a él. La sacudidas de su cuerpo eran tan sólo espasmos sin más alcance. Seis meses después se publicó el Simplicitas Ernesto hizo una pausa. En mi cabeza todo era confusión. Por primera vez me di cuenta de que el color dominante de la sala de espera era el verde, en diferentes tonos de oscuro y claro.
--¿De verdad no sabías que Alicia estuvo muy enamorada de ti?--, exclamó alegremente Ernesto.
El cambio tan brusco de tono fue para mi como una sacudida eléctrica.
--Tengo que irme. Mi avión es aquél--, me dice deprisa. Y se dirige a la salida.
Yo todavía estaba aturdido. Ernesto ya trasponía la doble hoja de la puerta. Acerté a pronunciar algo.
--¿Qué es de Alicia?--, me oí decir.
Ernesto detuvo la hoja que se cerraba. Me respondió con calma.
--Está muy bien, ¿No sabías? Nos casamos poco después de lo de París. Hace ya doce años que vivimos felices como marido y mujer-- y, buscando algo más que decir y no encontrándolo --¡Que tengas buen viaje, Eduardo! ¡Escribe!
Ernesto desapareció tras la puerta, cuyas hojas, tras un breve y mecánico vaivén, se inmovilizaron, cerradas.
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