PASAJE
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Yo como recuerdo Madrid es en ruinas, como lo dejé en marzo de 1939. Sólo en sueños paseo todavía por la calle Fuencarral y La Gran Vía, mucho antes de los bombardeos. Mi madre me acompaña a menudo, me lleva de la mano.

Estuve de nuevo en Madrid en 1954, cuando me concedieron dos semanas para recopilar los últimos datos con que daría remate a mi estudio sobre la vida y obra de Don Raimundo Lláiz Munter. Me apresuro a aclarar que el merecido reconocimiento de los méritos filosóficos y científicos que la figura de Don Raimundo recibe en la actualidad no se deben de ninguna manera a mi sencillo homenaje de entonces. Confieso, sin embargo, que "descubrirle" al mundo era mi secreta intención cuando le consagré mi libro. Con mis 35 años yo no era aún lo suficiente realista como para darme cuenta que en aquel tiempo ni los Estados Unidos ni Europa estaban preparados para acoger sus ideas (si bien tengo que mencionar la honrosa excepción del filósofo-lingüista belga H.P.W. Teesing).

Lo poco que vi de Madrid en esas dos semanas me pareció pobre y triste.

Veinte años más tarde pasé de nuevo por Barajas. Aunque tenía que esperar varias horas para hacer transbordo, no me apetecía salir del aeropuerto. En la sala de espera me encontró Ernesto Pascua. No puedo decir que nos encontramos porque a más que él repitiera "Pero hombre, ¿Es que no sabes quién soy?" yo no acababa de reconocerlo. Los dos habíamos estado juntos en la Institución de Libre Enseñanza, ambos alumnos del profesor Lláiz Munter.

Sin muchas ganas, dejé el artículo que estaba leyendo a medio terminar en el asiento vacío junto al mío y me preparé a la consabida plática colmada de viejos sucedidos, nombres de conocidos comunes y exclamaciones de sorpresa.

Gregorio Puyán y Federico Hortones, muertos. Pedro Aldaza, al frente de del COSIC. Lo de Aldaza ya lo sabía yo.

Tras una pausa algo más larga que las que habían precedido, (definitivamente, estaba más gordo y calvo que yo, pero ¿por qué parecía más joven?), Ernesto me dijo serio:

--¡Ah!, leí tu biografía de Don Raimundo. ¿Cuánto hace que se publicó? ¿Veinte años?

--Pues ya me sorprendes, porque se editó a doscientos ejemplares y, que yo sepa, todos quedaron en Estados Unidos.

--Un trabajo magnífico--, prosiguió sin más explicaciones. Su expresión adquirió un aire malicioso.-- Te faltaron sin embargo dos detalles; importantes. Pero, claro, no podías haberlo evitado, a menos que hubieras hablado conmigo o con Alicia. ¿Te acuerdas de Alicia?

--La hija de Don Raimundo--, contesté sin vacilar. Y a la mente me vino la imagen de alguna de las muchas veladas que un grupo de estudiantes de la institución en torno a Don Raimundo pasábamos en su casa. Recordé a Alicia, rubia, delicada, suave y espiritual, sentada al piano tocando de cuando en cuando fragmentos de Brahms, de Satie, entre charla y charla, discusión y discusión. Recordé también la atracción tan dulce que sentí por ella, y el que ahora me parece ridículo respeto de romántico trasnochado.

--¿Sabes lo importante que Alicia era para su padre?--, la voz de Ernesto me sacó de mi ensueño.

--Sí, claro; le adoraba.-- "Sí, claro; se adoraban", debiera haber dicho. Ella a él, con el cariño del niño para quien todavía Dios es el padre; él a ella con la única expresión de cariño por una persona que le conocí. El profesor era amable con todos, pero su amabilidad se me antojaba fría, ausente. Ernesto continuó despacio, algo pensativo.

--Si le adoraba no lo puedo asegurar. Que la necesitaba, sí.

--Sí, claro. Alguien tenía que cuidar de él. Por muy indiferente e intelectual que fuese Don Raimundo y por muy bien que pudiera argumentar que la autonomía del individuo ...

--¿Quieres decir que Alicia estaría reservada para sus obras de relajamiento y descanso?, me interrumpe Ernesto. --No, no -aseguró vehemente- todo lo contrario. ¿Lo creerás si te digo que Alicia Lláiz , su hija, es la fuente verdadera de las ideas más "originales" del sabio Lláiz?-- Ernesto tenía en los labios una sonrisa burlona; para mí.

--¿Una especie de musa?-- dije yo algo molesto. Ernesto soltó una carcajada. Se burlaba de mí por algo que yo no entendía, algo relacionado con Alicia Lláiz seguramente. A mi mente acudieron nuevas imágenes de ella. Alicia misteriosas, de perfil al piano, la dulce curva de sus senos .; mirando tímida, furtivamente. ¿Me miraba a mí...?

--¡No, no; nada de musas!--, exclama Ernesto todavía riéndose. De pronto paró de reír, y mirándome inquisitivo me dice: --¿Sabías que Alicia estuvo enamorada de ti?--, y al ver mi sorpresa, añadió

--¡De verdad, hombre, sí!, ese es otro detalle que también se te escapó. Se rió de nuevo. Yo me sentía incómodo. Dejó de reír y se acercó a los amplios ventanales que daban a la pista de aterrizaje. Un avión se disponía a despegar. Lo siguió un momento con la vista. Luego se volvió hacia mí. Tras consultar su reloj de pulsera, comenzó a hablar de nuevo, casi adusto.

--Tu análisis de la primera época de Lláiz es brillante. Tus notas a un "Discurso" y a los "Apuntes" son indispensables para quien no haya participado en nuestras veladas. Te felicito. Pero, por qué es que apenas mencionas su "Simplicitas"?

Yo ya tenía previsto que llegaría esta acometida. Pero, ¿que podía contestar a ello? ¿Quién puede emparentar la fría y dura prosa de su "Discurso Formal" y "Apuntes para una metodología filosófica y científica", su perfecta lógica acorazada, con los desvaríos de "Simplicitas"? Tras la lectura de este libro me sentí frustrado durante meses, luchando por extraer de él algún significado lógico. En vano. Decidí, para curarme o consolarme, que "Simplicitas" era un libro absurdo, lleno de ideas disparatadas que, salvo un párrafo brillante aquí y allá, era todo una estupidez en forma alegórica, la obra de un erudito cuya mente se ha desquiciado. Lo peor es que no había duda de que se trataba de una obra de Lláiz. Busque la explicación de este enigma sin encontrarla durante mucho tiempo. Desde entonces ésta es una cuestión queda en algún rincón de mi cerebro enterrada, encerrada, a propósito ignorada.

--Imagino que encontrarás difícil relacionarlo con los dos primeros libros--. Ernesto me mira fijamente.

--¡Es que no hay relación posible!--, exclamé molesto. ¿Era compasión o ironía con que me miraba Ernesto? Me hacía sentirme nervioso y algo estúpido, una sensación que creía que pertenecía al pasado.


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