Las oraciones adverbiales han huido cuando su imagen ha escapado del oscuro joyero donde la encierro. Los alumnos, el tiempo, la pizarra, todo ha sido sustituido por ella.
Por su silueta; amanecía, y desnuda saltó de la cama. Abrió la puerta de la habitación y la luz rosada intentó traspasarla, recortando su cuerpo de curvas infinitas en el quicio de madera. La deseé tanto en ese momento, como la deseo ahora, tanto, que sentí que me rompía por dentro. La había encontrado pensé y me dormí proyectando su captura.
No sé cuanto tiempo he estado en Babia, supongo que bastante, pues todos los alumnos cuchicheaban y me miraban de reojo cuando Sierras me ha chistado. Debo evitar estos lapsus que cada vez son más frecuentes. Los becarios han empezado a murmurar y ahora no puedo permitirme el lujo de dar que hablar. Cuando ella vuelva todo terminará. Ni siquiera hoy, trescientos sesenta días separados, advierto su lejanía. Está conmigo y dentro de poco será para siempre. Ya son las diez, es hora de ir a buscarla...
Apago el ordenador y adopto la máscara que evita que ella adivine mis intenciones. Intento que se me vea torpe y tímido, con ese arreglo - desarreglo del individuo que no se preocupa mucho por la apariencia física. Las grandes gafas con montura de concha ocultan mi mirada inquisitiva y fría, confiriéndome la imagen del eterno despistado; la imagen que la enamoró. Contento y satisfecho, corro a su encuentro, ella nunca supo enfrentarse al desamparo.
-¿Que haces aquí?. Pregunta ella disgustada cuando me ve aparecer inesperadamente.
- He salido a tomar un café, respondo sonriendo, ¿no tengo derecho?, ¿que tal?, ¿ y los bichos?.
- Bien, todo bien, gracias,... pero me voy, tengo prisa parlotea su espalda.
-¡Toma un café conmigo, tenemos que hablar!, casi grito mientras adivino su ausencia y su deseo de alejarse de mi.
-¡No!, y no me gusta lo que estas haciendo...
-¿Que estoy haciendo?, ¡que estoy haciendo!. ¡No te vayas!...
La muy puta se ha ido dejándome con la palabra en la boca. La voy a joder bien, muy pronto se le quitaran las ganas de ignorarme, ha tenido suerte de que le acompañaran las putillas con las que trabaja.
Sabía que no estaba en casa, le demostraría que de él no se reía nadie. Salto el balcón con la experiencia del que siempre ha olvidado las llaves. Ella nunca había cerrado y seguía sin hacerlo. La verdad es que todo estaba como lo recordaba, lo cual era bastante normal; cuando compramos la casa, ella se encargó de todo, decoración, mobiliario... Cuatro años después cuando me expulsó de su vida, introduje toda nuestra historia común en dos cajas de cartón. No había sido capaz de integrarme en el particular universo que ella había creado, un mundo paralelo donde ella era la diosa de algún rito vulgar y ancestral.
La rabia unida a la frustración del recuerdo fue el detonante que necesitaba para empezar a destruirlo todo: cartas, libros, recuerdos.., ¿no quieres quedarte sola?, ¡ten soledad!, grité mientras estrellaba la televisión contra el equipo de música. Impasible miré al ordenador, la última vez que la visité, con la excusa de sacar una serie de archivos, le introduje un virus. Se le declaró tan agresivo que ya solo servía como chatarra.
Me asomé al dormitorio, se abría tan acogedor como siempre.., pero ya era tarde. Sería mejor que pareciera un robo, rebusqué cajones y joyeros llevándome antiguas pruebas de amor mezcladas con objetos desconocidos que me hirieron profundamente. Tengo que apresurarme, he quedado con Maite a las once. Uno de los gatos me miró con sospecha y rencor por haber interrumpido su sueño, agilmente saltó para evitar la patada y se escondió debajo de la cama. Ya me ocuparé de tí, le susurré acosado por el tiempo.
Ya en casa me serví una copa mientras esperaba la llamada aterrorizada de ella. Pronto se daría cuenta de lo mucho que me necesitaba. De lo mucho que había perdido, de lo mucho que estaba perdiendo.
No me ha llamado.
La zorra no me necesita. ¡No lo comprendo!, todo había resultado como lo tenía previsto: la había convencido para que dejara el trabajo, habían perdido el contacto con los amigos, todos; los suyos y los míos, no te puedes fiar de nadie, hasta Juan la miraba con ojos voraces. Todo había ocurrido paulatinamente, sin prisa pero sin pausa, como decía mi padre. Convencerla que nuestra relación era completamente normal fue un camino arduo y difícil. A veces aparecían grietas y ella lloraba y le gritaba su soledad. Pedía compañía, comunicación,...en resumen provocar, como siempre lo había hecho.
Pero no me dejé convencer, eran lagrimas de cocodrilo: ¡Que bien cocinas!, ¡que poco útil eres en todo amor!,¡ que torpe!,...parece que estas engordando, siempre veladamente. Hasta que dejo salir, de llamar a las amigas,(todas unas putas). Por fin lo había logrado, pasaba el día encerrada en casa, sin hacer nada, solo veía la televisión. Su actividad se convirtió en pasividad y desgana. Y yo por fin fui feliz.
Hubo sus inconvenientes, por ejemplo el sexo tuvo que desaparecer. Pero formaba parte del plan. Cuando sugería cualquier variación o tomaba la iniciativa, yo fingía escandalizarme o no darme por aludido, ignorándola. A veces hacíamos el amor, claro, uno no es de piedra, pero era como una masturbación compartida: pum, pum y fuera.
También es cierto que ella me amenazó muchas veces con dejarme, sin embargo era muy fácil recordarle que estaba completamente desquiciada y que solo yo con infinita paciencia y amor, como el santo Job, la soportaba. Ella siempre volvía. Hasta ahora.
EL GATO SOBRE SU PECHO
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