LA VENGANZA
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-Joder, Carlos, te lo has cargao...
-Y ahora cada uno a su casita, que aquí no ha pasado nada.
Max aprovechó ese lapsus para salir corriendo, herido, con la agilidad que da vislumbrar una salida que esquiva la muerte segura. Llegó exhausto a la comisaría, pero cuando llegaron donde estaba Luis éste ya había muerto con el miedo reflejado en sus pupilas aún incrédulas. Nunca se pudo encontrar al tal Carlos ni a ninguno de los que aquella noche rompieron la vida de Luis.
El tiempo había convertido a Carlos en un padre de familia. A sus veintisiete años tenía una bella mujer, una preciosa niña de tres años, un lujoso mercedes de matrícula alemana aparcado en la puerta, y una casa en el bello y ahora, en otoño, tranquilo pueblo de Calella. Él era el único que supo sacar partido de sus fechorías y convertirlas en rentables. Ahora ya no se dedicaba a callejear, su preocupación era la de encontrar buen material para abastecer a los camellos y asegurarse de que los beneficios llegaban a su bolsillo regularmente. Ni tan siquiera tenía que preocuparse de los desertores o chivatos; ya tenía carne fresca, sedienta de dinero, que hacía el trabajo sucio.
Pero el destino, implacable, le llevó cerca del único que podía reconocerle. Ahora, Max, podía planear su venganza tranquilamente, dejando que Carlos se instalara confiado en su nueva casa, mientras estudiaba la forma en que más daño podría hacerle.
El otoño había traído consigo unos días soleados y cálidos y, por las tardes, cuando el padre desaparecía hasta bien entrada la noche, la mujer y la hija salían a tomar el sol en el jardín y a darse un baño en la pequeña piscina. Al despedirse, Carlos las besaba a las dos, y Max observaba la escena diaria para saber cuál de las dos era más importante para su enemigo. Parecía que adoraba a su mujer, pero la supuesta ternura que irradiaba con su hija era más tentadora. Max buscaba, sin prisa, su talón de Aquiles, la razón más importante de su vida, y ésta parecía ser esa niña rubia de ojos azules, profundos como el mar y rizos dorados, ondeantes como un campo de espigas maduras.
No iba a ser difícil, tan sólo tenía que saltar el seto, que era apenas un palmo más alto que la niña, y, cuando estuvieran relajadas tomando el sol, ir directamente a destrozarle la yugular. No iba a sufrir mucho, su muerte sería igual que la de Luis. Y el dolor de Carlos, si cabe, más grande que el suyo.
El lunes por la tarde, como cada semana, Paco va a visitar a su madre, y Max se queda tumbado tranquilamente en la terraza, como cada día. Pero en la casa vecina hay un cambio: Carlos no ha salido. Han comido en la mesa de madera del jardín y ahora están tumbados, dormitando al sol. La niña es la que está más cerca de la valla verde que comparten las dos casas. Max está al acecho, sabe que ésa es la oportunidad que estaba esperando, pero una extraña nota discordante le hace dudar de su decisión.
Se levanta, sigiloso, y se acerca al seto para saltar, pero, en el último instante, su buen olfato de perro policía, adiestrado desde que era un cachorro para conocer la forma de actuar de los delincuentes, le advierte que lo más importante para Carlos no es su mujer, ni su niña. A tiempo, reacciona y entiende que la familia idílica de Carlos no es más que una compra más, una tapadera para seguir haciendo lo que más le gusta: sentir el poder de que todo puede comprarlo a su antojo; lo único que realmente ama es su propia vida. Y entonces, sin pensarlo, se abalanza sobre él y le clava los dientes con saña en el mismo lugar que él rajó a Luis.
Carlos, atónito, sólo tiene tiempo de ver, en los ojos de Max, la mirada vengativa del perro que consiguió escabullirse aquella oscura y lejana noche de hace tanto tiempo...
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