Bienvenid@
El tiempo permanece amurallado en esta ciudad con nombres de colores, sombras acechantes de los que no fueron y pudieron ser, muros capaces de abrir o cerrar bocas y de imaginar rostros de seda ...
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¡EL QUE NO CHILLA NO MAMA!
No todas los vecinos reúnen los requisitos para ser considerados como tales; hay personas que "son vecinos" y hay otras que no pasan de ser "el que vive al lado", o "la de enfrente de casa", como ocurre con el fulano que mora tras mi medianera, un sujeto aparecido hace unas semanas al que aún no he visto pero sé que es esmirriado, pálido, de algo más de metro y medio de altura, de gruesos anteojos de carey oscuro, tímido, escurridizo y, encima, de mirar ladeado. El hombre tiene un perro, un cuzco juguetón y de agradable aspecto pero que suele ser molesto. Hoy, sin ir más lejos, estaba yo limpiando las hojas del jardín trasero cuando el cuzco comenzó con su prédica diaria.
Fabada
- ¡Trae más agua, niña! -Le grité, frunciendo el ceño con toda la ferocidad de que era capaz. Pero la chiquilla me sacó la lengua y echó a correr hacia el camino, en dirección contraria a la fuente.
A mis espaldas sonó la risa aguda, infantil, del Nene:
- ¡Ay, maestro! Ni las niñas te tienen miedo -se burló, chasqueando los labios con desaprobación.
Desconcertado, me volví hacia Trini que, apoyada en la puerta de la chabola, parecía empeñada en recuperar algo valioso extraviado en los recovecos de sus uñas sucias y melladas. Comprendí. Lenta, intencionadamente, volqué de una patada la tina y el agua formó una breve laguna de espuma en la tierra reseca.
A mis espaldas sonó la risa aguda, infantil, del Nene:
- ¡Ay, maestro! Ni las niñas te tienen miedo -se burló, chasqueando los labios con desaprobación.
Desconcertado, me volví hacia Trini que, apoyada en la puerta de la chabola, parecía empeñada en recuperar algo valioso extraviado en los recovecos de sus uñas sucias y melladas. Comprendí. Lenta, intencionadamente, volqué de una patada la tina y el agua formó una breve laguna de espuma en la tierra reseca.
El pub se llama Rênal y son las tres de la mañana. Lo obvio es que estoy borracho, lo gracioso es que me falta la billetera y lo paradójico...
El pub se llama Rênal y son las tres de la mañana. Lo obvio es que estoy borracho, lo gracioso es que me falta la billetera y lo paradójico es que me he puesto a pensar en Marina nada menos que en este pub que se llama Rênal. Justamente. Pavadita de shock intelectual que tendría Sorel pero nada más que de mirarla. Y ni hablar de la psicología, porque Marina te manda al loquero en dos patadas y encima no te tienen que llevar. Vas por tu cuenta, golpeás la puerta y pedís disciplinamieto químico y chaleco, por si las moscas.
Pero empecemos de nuevo. ¿Les dije la hora? El pub, claro, se llama Rênal. Ahora un paneo liviano para situarlos. Para empezar no se ve un carajo. De manera que el paneo, pero en fin. La barra a la derecha. Los tipos que la frecuentan pueden ser de cuatro a ocho dado que adhiero a los múltiplos de dos en las inmediaciones del medio litro. ...
Pero empecemos de nuevo. ¿Les dije la hora? El pub, claro, se llama Rênal. Ahora un paneo liviano para situarlos. Para empezar no se ve un carajo. De manera que el paneo, pero en fin. La barra a la derecha. Los tipos que la frecuentan pueden ser de cuatro a ocho dado que adhiero a los múltiplos de dos en las inmediaciones del medio litro. ...
Noticias
El servicio se activa en estos días en 15 centros, aunque Cultura espera extenderlo a todos los 54 antes de diciembre.- El catálogo incluye casi solo clásicos
Tres personajes se ponen en marcha un desapacible día de invierno: un mercader, su criado y un caballo. Al mercader le guía el deseo de acumular fortuna, es decir (en el ideario tolstoiano), la codicia, el engaño, la explotación. Hay un bosquecillo en venta y no quiere que nadie se le adelante. El criado y el caballo viajan simplemente a donde les lleva su destino. Pero el camino está cubierto de nieve, se pierden, el frío y la oscuridad se ciernen sobre ellos...
El gran periodista soviético Ilia Ehrenburg llegó a Moscú desde la Guerra Civil española donde estaba como corresponsal, y se asombró al encontrar en el ascensor de su casa un cartel que decía: "Prohibido echar libros al retrete. Los infractores serán descubiertos y castigados". Como aquellos forasteros que tanto irritaban a Pasternak, y años después a Joseph Brodski, aquellos forasteros que llegaban a la Rusia soviética y lo contemplaban todo con ojos maravillados y sin entender lo que estaba pasando, y a menudo sin quererlo entender, a Ehrenburg el cartel le chocó como una extravagancia y le costó comprender lo que significaba: que la posesión de ciertos libros era peligrosísima y había que desembarazarse de ellos por cualquier procedimiento, aunque fuera a costa de atascar las cañerías. Lo cuenta en sus memorias Gentes, años, vida (Planeta).


la lectura como búsqueda, la escritura, como acto de amor