"...Y Alice sonrió pensando que quizá aquélla sería la primera media verdad de los esposos, la primera de las pequeñas grietas que se crean entre dos personas por las que tarde o temprano la vida introduce su ganzúa y hace palanca."Queridos feligreses, tras este introito, debo explicar que llegué a esta novela por el expeditivo método que tanto facilita el lector electrónico, quiero decir, el piscinazo. Método que cuando depara sorpresas como ésta, a nada puede igualarse. Alguien -¿mi hermana, mi cuñado, mi amante bielorrusa la Gran Duquesa Svletana?- la había insertado en la tarjeta SD y su título, entre el marasmo de otras decenas, me llamó la atención: "La soledad de los números primos". Bello. Junto con el nombre del desconocido autor era cuanto sabía de la obra. Ha sido después cuando me he enterado que es un galardonado éxito editorial y que se vende como churros en los comercios del ramo... o sea, como la trilogía del sueco. ¡Ay!, nunca entenderé nada.
Supongo que habrá alguno más veterano que el que subscribe que podrá enviarte un resumen del origen -impregnado en brumas de bytes y votaciones genésicas- de este grupo y su posterior transformación en un foro donde, a veces, se discute de literatura. En este foro se ha utilizado comúnmente la expresión "patio" para denominar este foro y varios son los que han escrito varias semblanzas al respecto (siempre con la intención de lograr una pronta y fácil identificación más que un perfil preciso). Ofrezco mi visión.
Empecemos con unos adjetivos:
El servicio se activa en estos días en 15 centros, aunque Cultura espera extenderlo a todos los 54 antes de diciembre.- El catálogo incluye casi solo clásicos
Tres personajes se ponen en marcha un desapacible día de invierno: un mercader, su criado y un caballo. Al mercader le guía el deseo de acumular fortuna, es decir (en el ideario tolstoiano), la codicia, el engaño, la explotación. Hay un bosquecillo en venta y no quiere que nadie se le adelante. El criado y el caballo viajan simplemente a donde les lleva su destino. Pero el camino está cubierto de nieve, se pierden, el frío y la oscuridad se ciernen sobre ellos...
El gran periodista soviético Ilia Ehrenburg llegó a Moscú desde la Guerra Civil española donde estaba como corresponsal, y se asombró al encontrar en el ascensor de su casa un cartel que decía: "Prohibido echar libros al retrete. Los infractores serán descubiertos y castigados". Como aquellos forasteros que tanto irritaban a Pasternak, y años después a Joseph Brodski, aquellos forasteros que llegaban a la Rusia soviética y lo contemplaban todo con ojos maravillados y sin entender lo que estaba pasando, y a menudo sin quererlo entender, a Ehrenburg el cartel le chocó como una extravagancia y le costó comprender lo que significaba: que la posesión de ciertos libros era peligrosísima y había que desembarazarse de ellos por cualquier procedimiento, aunque fuera a costa de atascar las cañerías. Lo cuenta en sus memorias Gentes, años, vida (Planeta).


la lectura como búsqueda, la escritura, como acto de amor