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No lo sabía entonces pero al final, ahora que ya hay final y mi padre ha desaparecido, el único recuerdo bueno que guardo de mi padre aconteció durante las navidades previas a mi sexto cumpleaños. Tampoco lo sabía entonces pero ese suceso que ahora relataré estuvo siempre presente cuando pensaba en mi padre. Al comienzo como un suelo fijo y sólido desde donde, como todos los niños, levanté el ninot de el padre. Hasta el verano de los diez años. Y luego se quedó enterrado en la memoria, no muy profundamente, ya que accedía a él cuando trataba de entender el comportamiento de mi padre con ojos de niña grande, cuando me procuraba relatar a otros, a pocos, lo que era tener un padre alcohólico, un padre débil y un padre con cáncer incurable en su autoestima. Ni siquiera perdió fuerza como tal. Dejó un día de ser el contrapeso de su carácter y se quedó fosilizado como el único buen recuerdo. Sellado en una pelota de resina mate cada vez menos pegajosa, en medio de un millar de recuerdos amargos.
El servicio se activa en estos días en 15 centros, aunque Cultura espera extenderlo a todos los 54 antes de diciembre.- El catálogo incluye casi solo clásicos
Tres personajes se ponen en marcha un desapacible día de invierno: un mercader, su criado y un caballo. Al mercader le guía el deseo de acumular fortuna, es decir (en el ideario tolstoiano), la codicia, el engaño, la explotación. Hay un bosquecillo en venta y no quiere que nadie se le adelante. El criado y el caballo viajan simplemente a donde les lleva su destino. Pero el camino está cubierto de nieve, se pierden, el frío y la oscuridad se ciernen sobre ellos...
El gran periodista soviético Ilia Ehrenburg llegó a Moscú desde la Guerra Civil española donde estaba como corresponsal, y se asombró al encontrar en el ascensor de su casa un cartel que decía: "Prohibido echar libros al retrete. Los infractores serán descubiertos y castigados". Como aquellos forasteros que tanto irritaban a Pasternak, y años después a Joseph Brodski, aquellos forasteros que llegaban a la Rusia soviética y lo contemplaban todo con ojos maravillados y sin entender lo que estaba pasando, y a menudo sin quererlo entender, a Ehrenburg el cartel le chocó como una extravagancia y le costó comprender lo que significaba: que la posesión de ciertos libros era peligrosísima y había que desembarazarse de ellos por cualquier procedimiento, aunque fuera a costa de atascar las cañerías. Lo cuenta en sus memorias Gentes, años, vida (Planeta).


la lectura como búsqueda, la escritura, como acto de amor