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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
MIEDO
Era el primer día, y el chico supuso que ya se acostumbraría. Miraba por la rendija y, si ésta se alejaba del ojo por algún movimiento de la caja, veía un campo muy reducido y podía dejar de ver el escalón de las aceras u otras cosas.
Era el primer día.
A él le habían mandado que no se saliera del Paseo de la Castellana, y la furgoneta que los distribuía lo había dejado en su comienzo. Luego él se pasó en seguida al paseo central, y sintió una pequeña alegría al ver que allí se podría mover a su aire y sin obstáculos. Era suficiente con que la gente lo viera.
Era el primer trabajo que conseguía, en este mundo nuevo, lo que le llevó a pensar en su pueblo de Mbaké y en el río Sine, aquel río de siempre. Lo pensaba a la vez que percibía, en el interior de la caja, las continuas idas y venidas y el calor de su aliento. Ya vería. También pensó en otros compañeros que, tras un tiempo de trabajar en este mismo sitio, ahora repartían papeles de propaganda que dejaban en las entradas de las casas o en los mismos buzones.
Decían que ese trabajo, comparado con el de hombre anuncio, era un trabajo más digno. Él apenas se daba cuenta de estas cosas, pues el viaje oscuro y espantoso, casi siempre presente, que lo llevó a esta nueva vida, borraba mucho estas impresiones. Era como si le estuvieran prohibidas.
Pero caminaba inseguro, en el ancho paseo. Le parecía pisar, lejos de las llanuras de Senegal, una tierra que no lo reconocía. No era más que un extraño. Esta sensación se hacía todavía más fuerte si extendía la vista a los dos ríos de coches, de uno y otro lado. Esto lo había sentido desde su llegada. Aquí los coches, siempre apretados y con una rapidez obsesiva, venían a imponer un ritmo para él desconocido y que le daba una especie de vértigo. Todo el mundo corría hacia. Luego le extrañaba, por otra parte, ver a gentes que iban simplemente a pie, a gentes que hablaban o paseaban. Todo eso lo hacía sentir en vilo, y no sabía imaginarse cómo un día podría ubicarse, en medio de aquello, su vida. En este sentido sentía miedo.
© Sebastián.
07/11/2008
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