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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
Ambos de carácter muy vivo. Que discutieron por cuestiones de dinero y se tiraron los trastos a la cabeza. Y eso que habían sido amiguísimos y admiradores mutuos. Pero una vez rotas las hostilidades, no se dieron cuartel. Y aunque uno era mucho más poderoso que el otro, la batalla se dio de igual a igual. Bueno, quizá uno de los dos le hizo trampa al ri- val, aunque acabó pagándolo muy caro.
Se trata de Federico II de Prusia y de Voltaire. El primero insistió en llamar al francés a su lado. Y el reclamado llegó a Potsdan en julio de 1750. Inmediatamente fue nombrado chambelán de la Corte, para que tu viese unos ingresos propios. Se pusieron todas las comodidades a su dis posición. Además tenía acceso directo al monarca, lo que en tiempos en que no existía ni telégrafo ni teléfono era algo de suma importancia.
Por su parte, Voltaire ayudaba al monarca a pulir sus escritos y a per- feccionar el francés. Y las cosas marchaban razonablemente bien durante el lapso de tiempo preciso para que ambos carcateres chocasen de frente.
Discutían a menudo, pero el estallido definitivo llegó por una disputa "académica" entre Maupertuis, protegido del rey y director de la Acade mia de Berlín y el matemático Samuel Koenig. Y las cosas llegaron al pun to de que Maupertuis usó su influencia para que la Academia retirase la subvención a Koenig como bibliotecario.
Voltaire tomó partido por Koenig y publicó un opúsculo anónimo en su de fensa. Federico respondió con otro libelo defendiendo a Maupertuis. Y Voltaire escribió la "Historia del doctor Akakia", médico del papa, que ofendió gravemente al monarca, que se enfureció y ordenó la confiscación de la edición, que ya corría libremente por Europa.
Voltaire optó por alegar motivos de salud y abandonar Prusia, en marzo de 1753. Al llegar a Leipzig, escribió un apéndice del "doctor Akakia". Y además había sustraído unos pliegos con poemas eróticos y satíricos del mismo Federico. Que, repleto de cólera, ordenó la detención del sa- bio.
Que se produjo cuando estaba a punto de llegar a Francia, siendo inter ceptados en Frankfurt por un agente del rey prusiano. Allí estuvo rete nido Voltaire más de dos meses hasta recuperar el manuscrito, pero el muy pícaro ya lo había enviado a Hamburgo, con lo que el esfuerzo del monarca fue en balde.
El atropello de su detención se vio contrapesado con la sustracción de documentos íntimos de Federico. La opinión, dividida como en los toros, no contribuyó a acrecentar su popularidad y lo convirtió en un persona je incómodo para las cortes francesa y prusiana.
Voltaire se refugió en la abadía de Sénones y se dedicó a estudiar y catalogar su biblioteca. Y luego se marchó a Ginebra.
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