Inicia sesión para charlar.
Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
EL DÍA DE LOS TELEVIDENTES
Verlo y reconocerlo fue la misma cosa porque él es el periodista con el programa político semanal más visto en nuestra televisión; por eso que supongo que el lector, si es un compatriota, en seguida sabrá de quién hablo y si se trata de un habitante de otro país pronto atinará a encontrar el parecido con un periodista de su medio.
Es que los malos periodistas, aquí y en todas partes, han sido cortados por la misma tijera.
En cuanto a Blas Nardullo, los que lo admiraban dicen que es inteligente. Yo no digo que no lo sea sino que la inteligencia, como las polleras de las gitanas, cubre cualquier cosa. Aún agregan que, además de ser inteligente Blas era un buen tipo; yo tengo una opinión, si no menos generosa al menos más analítica; no hay gente que sea totalmente buena como no la hay totalmente mala. La gente es prioritariamente buena o prioritariamente mala.
Pondré un ejemplo que viene al caso; John Mills, mi compañero de tareas en el archivo del diario, un cagatintas adulón, soplón y sobón, mentecato, mentiroso y alcahuete, sin embargo goza de prestigio en el barrio donde vive por su disposición a ayudar al prójimo en casos de necesidad y, para ser justo debo reconocer que, cuando operaron a María, Mills y su mujer se ofrecieron “para lo que fuera” , haciéndose cargo de nuestra casa y de nuestros hijos durante los diez días de internación. Cierto es que de paso nos robaron cuatro cucharitas de plata, pero eso es otro tema.
Volvamos a lo nuestro; ¿qué es ser inteligente?; ¿citar de memoria a Spengler?, ¿aprender logaritmos?, ¿comprender a James Joyce?, ¿haber leído la “Novela de la Eterna” de Macedonio Fernández? O ser inteligente es vivir sin contradicciones, sin escamoteos, sin hipocresías, sin claudicaciones.
En dos palabras; me niego a considerar inteligente a este fulano. Un tipo inteligente no vende ni alquila su talento, tampoco dice que lo blanco es negro, ni aboga sin retaceos por un gobierno que esquilma a la población, ni asegura que la privatización de la educación y de los servicios sociales eleva el Standard de los conocimientos y mejora la asistencia médica a la población. El talento, sépanlo, es una vasija que no garantiza el sabor de la pitanza que en ella se cocina y la historia es un viejo usurero que algún día, finalmente, cobra las deudas.
La cuestión es que ese día Blas apareció por el diario con esa cara de canalla viejo que lo caracteriza, con su típico tic y su meditado vestir, con el pañuelo puesto a la sanfasón para simular una bohemia que nunca practicó.
Hasta entonces él nunca había aparecido por el diario, acaso porque es progresista. El diario, se entiende.
Salió primero del ascensor y enfiló para mi escritorio. Mills también lo reconoció de inmediato
-¡Mira quién viene!- me dijo excitado.
-¿Quién es?- pregunté, sólo para desmerecerlo.
-¡El de la tele!
Era evidente que Mills quería atenderlo pero yo no estaba dispuesto a dejar que le franeleara el ego.
El hombre encaró hacia mí como un tierno pajarillo subyugado por la intensa mirada del ofidio. Con su tonito impertinente me dijo.
-Traspapelé el ejemplar del 2 de enero pasado; necesito la separata literaria de ese día.
-Veré si quedan ejemplares- respondí, sin ninguna grandeza.
-¡Cómo no van a tener sobrantes¡
-No teniéndolos-repliqué secamente.
-Voy a consultar al depósito.
-¿Usted sabe quién soy yo?- dijo con ese tonito ínclito de Diputado al que no dejan entrar a la discoteca.
-Un lector del diario que perdió un ejemplar- dije inmisericorde.
-¡Soy Blas Nardullo, el periodista del Canal oficial!
Pero yo soy tozudo, y cuando cuadra, perverso.
-En casa no hay televisor; tenemos chicos en edad de aprender.
Con la misma llamé al depósito.
-Espere un momentito, voy a verificar personalmente- prometí.
-Muchísimas gracias, le agradezco tanto; necesito leer un artículo y quiero ponerlo en pantalla en mi programa de los domingos- dijo más sosegado.
Bajé; sólo quedaban veintitrés ejemplares de ese día.
Aboné los veintitrés y los guardé en mi gavetero no sin antes intentar descubrir qué artículo le interesaba. Supuse que se trataba del que hablaba sobre Drieu de la Rochelle, aquel escritor francés que, acusado de colaborador de los nazis durante la ocupación de Francia, prefirió suicidarse antes que ser condenado por traidor a la patria.
Regresé a mi escritorio. Allí estaba él, ansioso. Al ver mis manos vacías su cara cambió.
-¡No me diga que no queda ninguno!
-Acertó; tiene derecho a una batidora- dije con cara de bromista.
-Déjese de joder m’hijo- protestó indignado.
-Si quiere le cuento el artículo sobre Drieu de la Rochelle, lo sé de memoria- espeté, tirando al bulto.
-¿Usted admira a de la Rochelle- musitó, entrando en la trampa como un gil.
¡Había acertado, estaba desesperado por el artículo sobre el de la Rochelle.
-Yo tengo en casa la separata.
-¡¡¡Se lo compro!!!- me dijo.
-No lo vendo, colecciono las separatas pero si quiere se la leo por teléfono.
-Le doy cien pesos.
-Ni por mil.
Cambió de táctica. Con cara lastimera me confesó:
-Para mí casi es cuestión de vida o muerte.
-¿Pero si a usted aún no lo juzgaron por haber estado a favor de la dictadura. Espere un poco y mientras tanto haga algo por su alma. Después sí, tome la cicuta.
-Sí, donaré mis órganos- dijo indignado.
-Por favor, el cerebro y la lengua no, ni al Jardín Zoológico.
Me miró espantado, retrocedió, intentó hablar, no pudo. Se fue caminando hacia atrás, sin dejar de mirarme. De pronto reaccionó y, desde la puerta, dijo:
-¡Usted! me odia!
-Sí, como Drieu usted es un traidor- dije lentamente, marcando las sílabas.
© Paco Z
30/10/08
es.humanidades.literatura