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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
Para vosotros. A modo de festejo de esta noche que es la mía.
EL BOSQUE
Sucedió una noche como ésta que es la nuestra. Y podréis oirlo si caminais, osados, valerosos, por un bosque cualquiera cerca de una ciudad. Elegid un bosque umbrío y no dejéis que os acompañen. No llevéis luces ni linternas. No fuméis. Entonces lo escucharéis.
Sucede por que el bosque siempre hierve por San Juan. Y cuando el bosque hierve y alcanza al pueblo -a cualquier pueblo-, su lamento, los cuerpos se arriman en las alcobas al calor de otros fuegos, los niños ocultan su mirada para no mostrar el saber profundo que les inunda y los gatos, al amor de las lumbres, sueñan olores lejanos de valeriana y muérdago.
En esta noche, -pongamos en esta misma noche, una noche inane-, una mujer sale del pueblo guiada por la luna. La seguimos. Es una mujer joven y sabia y camina precedida por su sombra. La sombra que todos llevamos puesta y que en ella, osada, se desliza hacia un quejido capaz de helar al mas audaz de los corazones.
Camina con los pies desnudos y el alma preparada, con el paso firme de la decisión largo tiempo acariciada. Sin mirar el suelo. Con los ojos cautivos por la luna. La hoz, dorada, refulge destellante al compás de su paso, sujeta a la cintura con tallos de muérdago.
La presencia de la mujer convoca el cónclave de los animales que la siguen en número cada vez mayor conforme el dolor se aproxima a sus corazones. Es un dolor sordo cuyo origen ignoran. Saben lo que sienten, claro, pero los animales no hablan. Siguen a la mujer en silencio.
Son cincuenta ardillas, siete búhos, veinte lobos, cien conejos y treinta liebres. Cuarenta ciervos, ocho halcones y cuatro linces. Dos mil ratones y tres tejones. Seis culebras, un perro asilvestrado y casi cinco mil pájaros. Todos en silencio, caminando, reptando, saltando tras ella transidos por el dolor que les lacera. Todos con los ojos blancos bañados de llena luna.
Y así, el sendero se funde con el bosque, y sus pasos se internan en lo oscuro. Y la luna aguarda en la entrada. Testigo ancestral de esta unión por consumar.
Explicación:
El bosque había llorado. Había llorado sin lluvia ni rocío y la mujer había escuchado su llanto. Los animales y los arboles esperaban en silencio y acercaban sus almas a la mujer. Las hojas caídas trazaron el camino bajo sus pies descalzos. Todas las almas suspiraban con el mismo anhelo: El bosque, su bosque, debía sanar.
Ahora lo seguiré contando como ocurrió en verdad...
Caminaron todos poseídos por la luna en lenta y silente procesión sobre la hojarasca. Sin un solo ruido. Cuando llegaron al claro del corazón del bosque, la mujer se detuvo en su mismo centro y la tierra se limpió de hojas y ramas. Los animales rodearon a la sabia, expectantes con sus ojos blancos. La luna incidía plena en el calvero y la mujer levantó la vista. Pasaron unos instantes de singular silencio. Pasaron unas nubes velando el blanco fulgor y pasaron mentiras y verdades volando lejos y buscando sueños. Pasaron minutos. Las ropas cayeron a sus pies y un viento extraño las alejó a la espesura.
Fue entonces cuando la tierra murmuró con un susurro por su contacto y la mujer se arrodilló frente al círculo de piedras. Ancestral, poderosa y dispuesta. Los animales la rodearon y ella dispuso las antiguas artes sobre la tierra.
Y esto fue lo que acaeció...
Que la tierra, las piedras y la madera de los arboles se mezclaron a sus palabras en una negra amalgama de magia, invocaciones y hechizo. Que el puñal de piedra trazó un arco rojo sobre su vientre y que la sangre resbalo entre sus piernas hasta mezclarse con los rayos de la luna. Que el bosque estremecido agitó sus almas, las de todos, y las nuestras, y que su suspiro alcanzó la tierra entera y sacudió el Planeta.
Y en aquel mismo instante, en el vientre de la mujer que era ahora todos los vientres de todas las mujeres, la semilla inició su andadura. Su mente y todas las mentes, se llenaron de esperanza de vida y de fe y un viento de amor como nunca antes azotó rostro alguno se expandió sobre el Mundo y agitó los corazones de los hombres.
El hijo del bosque nació esa noche y el lamento cesó y se convirtió en risa. La misma que ahora oís. Escuchad.
Escuchad...
© Albaroth y Norbait, 1.997