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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
Soy del campo, y a mí eso de "los estudios" me impresionó siempre. En el pueblo topé un día con un muchacho de mi edad que estudiaba "fuera", supe que se encontraba en quinto de bachillerato, y me sentí ante algo que se escapaba de la naturaleza conocida. Eso de los estudios era de otra esfera, de otro lugar y de otra gente. Los ojos se me iban, a veces, a los libros gordos que pudiera ver en la consulta del médico, donde fuera.
Aquel día todo era distinto yo estaba nervioso. Habíamos desayunado, pero todos habíamos vuelto al cuarto. Es verdad que había pasado por situaciones parecidas, pero no allí, aquello era nuevo. Mi hora se iba acercando y había que tirar. Llegó el momento y, de pie, me pregunté qué debía llevarme. Comprendí que no debía llevarme nada. El programa...
Cogí el corredor y bajé la escalera de nuestro edificio (¿Lo llamaban "El hispano"?). Entré en el edificio viejo, tan grande, donde estaban las clases. Había que pasar por sus lugares más importantes o centrales de todo aquello, y poco después caminaba bajo aquel artesonado finísimo, incluso pesado, que precedía a aquella sala tan particular i de raro uso. Pero sabía a dónde tenía que ir y hacia allá iba.
El P. Bravo y otro estaban sentados con una mesita delante, serios pero sin orquesta ninguna. Y allí estaba yo, de modo que adelante. Aquel hombre, de quien había recibido la primera clase tras mi llegada al lugar, me miró y me habló en latín. Me preguntaba en latín algo sin importancia, a ver. Entendí que era un tanteo, y me pareció bien, me tranquilicé. No sé si entonces pensé en lo del algarrobo, seguramente no, pero lo recuerdo ahora. Son dos palabras.
Tenía por primera vez la gramática latina en mis manos y, al topar con las declinaciones, me inquieté. Las declinaciones eran varias y diferentes, con su plural y todo. Tragarme de verdad aquello era cosa mía, y tiré hacia el campo, fui a "Son Fortè Nou", finca principal donde estaba la era, al lado de la cual había un umbroso algarrobo. No había nadie. Llegué y encontré que, lejanos como estaban los tiempos de trilla, debajo del árbol crecía la verde hierba. Era la cita. Me tendí sobre la hierba y cogí, así las declinaciones una a una. Al cabo de horas volví al pueblo. Más tarde hasta participé -¡con resultado!- en un certamen de narrativa en lengua latina. Pero ahora el latín, mira, se me va escapando...
Luego el P. Bravo entraba en el asunto y preguntaba cosas, por cierto, que no estaban en los libros. Era hombre de intenciones, claro. Y más tarde yo volvía a mi cuarto. Pues ya estaba, me decía. Y no sé a quién me dirigía. Seguramente a todo aquello, ahora extraño, que había tenido algo de piedad con uno. O piedad o lo que fuera, a ver. I disculpad. Ahora hasta iba a poner el inicio del trabajito que hice en latín, un trocito que me quedó en la memoria; pero no treman, que no lo pongo...
© Sebastián