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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
Me refiero a labrar el campo.
El hecho no admite muchas comparaciones. La tierra se queda de repente boca arriba, casi siempre con un color oscuro, y preparada para recibir nueva simiente.
Veía labrar a mi padre, con el arado y el mulo de casa, y aquello me atraía: aspiraba a hacer yo lo mismo. Mi padre una vez me dejó y yo seguí, seguí...
En la mano que aferraba el "mantí" (esteva del arado) se sentía el abrirse de la tierra, mientras en el nuevo surco -que uno mismo pisaba- quedaba al aire la raíz de una hierba o una lombriz desconcertada. Y allí estaba Blau, el mulo. Sabía labrar, y respondía sin más a los términos con que le pedían que se acercara o se distanciara algo del surco ("atraca, Blau"; "amunt, Blau"). La franja de tierra que quedaba labrada hacía un paisaje nuevo y hermoso, uno de los más hermosos que el agricultor puede ver en sus campos. Quería decir que aquello, en realidad, me gustaba.
Aunque todo tiene sus problemas, no vayan a creer. Cuando se labra una tierra poblada de rocas, hacer las "escabussades" correctas es como cosa de artesanía ("escabussades": surcos transversales a ambos lados de esas piedras para conseguir que no queden espacios sin labrar). Y luego está el labrar recto o torcido, sobre todo en cualquier siembra; pues al brotar lo sembrado, esa calidad de los surcos queda bien a la vista hasta la siega. Voy a decir que, para el trazado de surcos aislados y rectilíneos -para la recogida de aguas de lluvia, por ejemplo-, el abuelo me dio un consejo que le habría pasado alguien a él: "No mires el surco que estás haciendo. Mira, por entre las orejas de la bestia, el objeto lejano al que quieres dirigirte y ve sólo hacia él".
Blau se merece un recuerdo, hombre. Estaba siempre en lo suyo, sin aspavientos. Me admitió sin problemas, seguramente porque me conocía de antes y me veía inevitable. Ahora recuerdo un hecho, repetido, que para él debía significar el uso o el abuso de una confianza: cuando me acercaba a él, quizás para dejarle su comida, solía practicarme unas suaves cabezadas en el pecho que me hacían retroceder unos pasos. Era todo. El animal no presumía de nada, y hasta ignoraba que carecía de esas posibilidades. Hoy me entristece pensar que su quijada, blanca, ha de estar en alguna parte. Sean Vds. buenos con los mulos.
© Sebastián