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© Sebastián - Labrar
LABRAR...

Me refiero a labrar el campo.

El hecho no admite muchas comparaciones. La tierra se queda de repente boca arriba, casi siempre con un color oscuro, y preparada para recibir nueva simiente.

Veía labrar a mi padre, con el arado y el mulo de casa, y aquello me atraía: aspiraba a hacer yo lo mismo. Mi padre una vez me dejó y yo seguí, seguí...

En la mano que aferraba el "mantí" (esteva del arado) se sentía el abrirse de la tierra, mientras en el nuevo surco -que uno mismo pisaba- quedaba al aire la raíz de una hierba o una lombriz desconcertada. Y allí estaba Blau, el mulo. Sabía labrar, y respondía sin más a los términos con que le pedían que se acercara o se distanciara algo del surco ("atraca, Blau"; "amunt, Blau"). La franja de tierra que quedaba labrada hacía un paisaje nuevo y hermoso, uno de los más hermosos que el agricultor puede ver en sus campos. Quería decir que aquello, en realidad, me gustaba.

Aunque todo tiene sus problemas, no vayan a creer. Cuando se labra una tierra poblada de rocas, hacer las "escabussades" correctas es como cosa de artesanía ("escabussades": surcos transversales a ambos lados de esas piedras para conseguir que no queden espacios sin labrar). Y luego está el labrar recto o torcido, sobre todo en cualquier siembra; pues al brotar lo sembrado, esa calidad de los surcos queda bien a la vista hasta la siega. Voy a decir que, para el trazado de surcos aislados y rectilíneos -para la recogida de aguas de lluvia, por ejemplo-, el abuelo me dio un consejo que le habría pasado alguien a él: "No mires el surco que estás haciendo. Mira, por entre las orejas de la bestia, el objeto lejano al que quieres dirigirte y ve sólo hacia él".

Blau se merece un recuerdo, hombre. Estaba siempre en lo suyo, sin aspavientos. Me admitió sin problemas, seguramente porque me conocía de antes y me veía inevitable. Ahora recuerdo un hecho, repetido, que para él debía significar el uso o el abuso de una confianza: cuando me acercaba a él, quizás para dejarle su comida, solía practicarme unas suaves cabezadas en el pecho que me hacían retroceder unos pasos. Era todo. El animal no presumía de nada, y hasta ignoraba que carecía de esas posibilidades. Hoy me entristece pensar que su quijada, blanca, ha de estar en alguna parte. Sean Vds. buenos con los mulos.

© Sebastián
fw adjunta la siguiente imagen:

Editado por fw el 05-05-2011, 01:35
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