Interesantes recuerdos que, a la vez, me retrotraen a mi infancia.
El cine vende sueños, sin que por eso deje de ser realista necesariamente, si no estaríamos en un documental aun ficticio. A veces, algunos autores, confunden los objetivos. En los casos que recuerdas, al parecer cumplió su papel de fábrica de sueños.
No me queda claro si esa condición mítica de los actores lo achacas a percepción emanada en los espectadores o sembrada por la propia industria del cine.
Seguramente los dos. Hasta los años sesenta, los actores eran propiedad exclusiva -contrato de exclusividad- de las casas productoras. Tal actor pertenecía a MGM y tal otro a Warner Bros. e interesaba a estas casas que su stock de actores no quedaran obsoletos y relucieran cuanto más mejor. En los sesenta, esto cambió (aunque todavía en los noventa había algún que otro caso de contrato en exclusividad con alguna productora, como era el caso de Chuck Norris y Charles Bronson) y los actores quedaban libres de contratar con quien les viniera en gana e, igualmente, las casas productoras. Las productoras dejaron de tener un interés especial en mantener brillo a sus actores y se limitaban a promocionar su papel en su película. De alguna forma, ese papel protector de los actores ha pasado a las Talent agencies, agencias de talento o representación que representan a los actores, directores, etc. y que tienen mucho más poder del que la gente piensa. Estas agencias pueden hacer que un guión o argumento se convierta en película o que, por el contrario, nunca salga a la luz.
Saludos
IronHeart
El cine vende sueños, sin que por eso deje de ser realista necesariamente, si no estaríamos en un documental aun ficticio. A veces, algunos autores, confunden los objetivos. En los casos que recuerdas, al parecer cumplió su papel de fábrica de sueños.
No me queda claro si esa condición mítica de los actores lo achacas a percepción emanada en los espectadores o sembrada por la propia industria del cine.
Seguramente los dos. Hasta los años sesenta, los actores eran propiedad exclusiva -contrato de exclusividad- de las casas productoras. Tal actor pertenecía a MGM y tal otro a Warner Bros. e interesaba a estas casas que su stock de actores no quedaran obsoletos y relucieran cuanto más mejor. En los sesenta, esto cambió (aunque todavía en los noventa había algún que otro caso de contrato en exclusividad con alguna productora, como era el caso de Chuck Norris y Charles Bronson) y los actores quedaban libres de contratar con quien les viniera en gana e, igualmente, las casas productoras. Las productoras dejaron de tener un interés especial en mantener brillo a sus actores y se limitaban a promocionar su papel en su película. De alguna forma, ese papel protector de los actores ha pasado a las Talent agencies, agencias de talento o representación que representan a los actores, directores, etc. y que tienen mucho más poder del que la gente piensa. Estas agencias pueden hacer que un guión o argumento se convierta en película o que, por el contrario, nunca salga a la luz.
Saludos
IronHeart
Intentando seguir la estela marcada por Sebastián
En un pueblo, a los niños nos costaba trabajo entender eso del dinero. En general no hacía falta, había pocas oportunidades de gastarlo y menos todavía si escaseaba como era en mi caso, así que no representaba, en general, un mayor problema. Como les pasaría a los otros niños, fui aprendiendo a base de experiencias, como las que recuerdo a continuación.
En la primera, teniendo unos cuatro años, me ilusioné con un camión de madera que veía en un escaparate todos los días. El escaparate era pequeño y el camión lo llenaba completamente, así que no era difícil fijarse en él. Para entonces, ya sabía que se necesitaba dinero para tener cualquier cosa que hubiera en tiendas, aunque desconocía ese juego de los precios. Después de varios días, pude reunir una perra grande y otra chica. Entré en el comercio y le pedí al dependiente que me diera el camión. A cambio le di los quince céntimos de peseta que traía. El comerciante, listo él, me dio el coche y se quedó con el dinero, pero ya a la salida me dijo "no te olvides de avisar a tu madre que falta dinero, que se pase por aquí".
No hizo falta avisarle. Nada más verme llegar con el camión, me lo quitó, lo guardó bajo su brazo y, tirando de mí, nos dirigimos de vuelta a la tienda. Ya en el camino me preguntó qué había pasado. Entramos, se disculpó de alguna forma y devolvió el camión. Nunca pude disfrutar de ese camión. El precio, claro, era de muchas pesetas y no nos lo podíamos permitir, pero yo seguía sin entender lo que había pasado. Yo veía que el camión ya había sido mío, y tardé semanas en quitármelo de la cabeza.
En otra ocasión, siendo un poco mayor, quizás con cinco o seis años, me entusiasmé con un pony. En casa teníamos una cuadra bastante grande con un pesebre alargado que no usábamos porque mi padre no se dedicaba al campo, pero que alquilábamos varias veces al año, durante las ferias a los tratantes. Venían estos tratantes con caballos, mulos y burros y mi madre les alquilaba la cuadra durante los días que necesitaran. Dormían también en la misma cuadra, con las bestias y, antes de marcharse, lo dejaban todo limpio de nuevo, hasta la próxima feria, eso lo recuerdo bien, porque era una de nuestras zonas de juego.
Un año trajeron un pony y eso me alegró mucho. Ya me veía emulando a los vaqueros de las películas, con un caballo a mi medida. El tratante, listo él, enseguida se dio cuenta de mi interés por el pony, así que, el último día, me preguntó si lo quería. Vaya pregunta más tonta, pero le contesté que sí. Ahí cerramos el trato, me dijo que me lo quedara, que no había problemas, y me preguntó cuánto le iba a dar por el pony. Después de pensarlo, un duro me pareció el precio adecuado, y así se lo dije. Cinco pesetas eran varias semanas de mi paga semanal pero un caballo así lo podía merecer.
El tratante llamó a mi madre como testigo de la transacción. Sobra decir que ni un duro ni quinientas pesetas. El pony se volvía con el tratante, mientras yo me quedaba triste y enfurruñado, sin entender ese mundo en el que tendría que vivir.
Saludos
IronHeart
En un pueblo, a los niños nos costaba trabajo entender eso del dinero. En general no hacía falta, había pocas oportunidades de gastarlo y menos todavía si escaseaba como era en mi caso, así que no representaba, en general, un mayor problema. Como les pasaría a los otros niños, fui aprendiendo a base de experiencias, como las que recuerdo a continuación.
En la primera, teniendo unos cuatro años, me ilusioné con un camión de madera que veía en un escaparate todos los días. El escaparate era pequeño y el camión lo llenaba completamente, así que no era difícil fijarse en él. Para entonces, ya sabía que se necesitaba dinero para tener cualquier cosa que hubiera en tiendas, aunque desconocía ese juego de los precios. Después de varios días, pude reunir una perra grande y otra chica. Entré en el comercio y le pedí al dependiente que me diera el camión. A cambio le di los quince céntimos de peseta que traía. El comerciante, listo él, me dio el coche y se quedó con el dinero, pero ya a la salida me dijo "no te olvides de avisar a tu madre que falta dinero, que se pase por aquí".
No hizo falta avisarle. Nada más verme llegar con el camión, me lo quitó, lo guardó bajo su brazo y, tirando de mí, nos dirigimos de vuelta a la tienda. Ya en el camino me preguntó qué había pasado. Entramos, se disculpó de alguna forma y devolvió el camión. Nunca pude disfrutar de ese camión. El precio, claro, era de muchas pesetas y no nos lo podíamos permitir, pero yo seguía sin entender lo que había pasado. Yo veía que el camión ya había sido mío, y tardé semanas en quitármelo de la cabeza.
En otra ocasión, siendo un poco mayor, quizás con cinco o seis años, me entusiasmé con un pony. En casa teníamos una cuadra bastante grande con un pesebre alargado que no usábamos porque mi padre no se dedicaba al campo, pero que alquilábamos varias veces al año, durante las ferias a los tratantes. Venían estos tratantes con caballos, mulos y burros y mi madre les alquilaba la cuadra durante los días que necesitaran. Dormían también en la misma cuadra, con las bestias y, antes de marcharse, lo dejaban todo limpio de nuevo, hasta la próxima feria, eso lo recuerdo bien, porque era una de nuestras zonas de juego.
Un año trajeron un pony y eso me alegró mucho. Ya me veía emulando a los vaqueros de las películas, con un caballo a mi medida. El tratante, listo él, enseguida se dio cuenta de mi interés por el pony, así que, el último día, me preguntó si lo quería. Vaya pregunta más tonta, pero le contesté que sí. Ahí cerramos el trato, me dijo que me lo quedara, que no había problemas, y me preguntó cuánto le iba a dar por el pony. Después de pensarlo, un duro me pareció el precio adecuado, y así se lo dije. Cinco pesetas eran varias semanas de mi paga semanal pero un caballo así lo podía merecer.
El tratante llamó a mi madre como testigo de la transacción. Sobra decir que ni un duro ni quinientas pesetas. El pony se volvía con el tratante, mientras yo me quedaba triste y enfurruñado, sin entender ese mundo en el que tendría que vivir.
Saludos
IronHeart


Lo que me importa no es un estudio erudito sobre el cine. Me faltarían todos los recursos y buena parte del interés. Pero me parece bien decir unas cosas de mera aproximación y en realidad de bulto.
He de hacer constar, en primer lugar, que en mi adolescencia y en el pueblo, el cine no se limitaba a ser una cosa de ficción ante la cual cupiera ejercer una reacción cualquiera. El cine era un espectáculo absoluto e intocable que daba lugar a una especie de rito. Cabía únicamente dejarse invadir, empapar por él. Aquello venía de otro mundo, no se preguntaba cómo. Y no había forma, esto quería decirlo, de ver una relación real entre Errol Flyn y el peón de albañil con su montón de argamasa, entre Humphrey Bogart y el muchacho que se encontraba escardando un campo de habas. Por no hablar de Greta Garbo o de Ginger Rogers. Los del cine aparecían de arriba abajo como mitos, gente intocable que estaba en lo alto sin que supiéramos por qué, pobres chicos (digo nosotros). Para nosotros eran, disimuladamente y ya que no había otra cosa, unos lejanos pero permanentes modelos.
Y pongamos algún detalle más de la tierra, digamos del contexto. El cine tenía su lugar cada semana, sábado y domingo. En una esquina muy encontradiza del pueblo se colgaban "las postales", fotografías ampliadas extraídas de las películas que se ponían aquella semana. Bien, pues, paseando, había que ir a ver "las postales". Allí estaban el hombre con pose y mirada estratégicas ante circunstancias desconocidas, la mujer con el rostro esculpido por un sentimiento, por algo. Pero no era sólo la cuestión de las postales. Íbamos al cine, que luego respondía o no a las expectativas y donde podía ocurrir que algunos silbaran, por ejemplo, cuando en la pantalla tenía lugar un beso más largo de lo ya asumido por el público. Otra cosa: cuando era más niño, a la salida de la sala sonaba una animosa música -una marcha- que creo se titulaba "Los voluntarios". Con el tiempo se le había puesto una letra que giraba en torno del coste de la entrada (cincuenta céntimos, dos "reales") y decía:
"Dos realets, - dos realets, - dos realets ben fotudets...", que puede traducirse por:
"Dos realitos - dos realitos, - dos realitos jodiditos...".
Pues ya ven. Pero lo que yo quería destacar -en calidad de mera impresión- es que hoy la substancial pretensión del cine ha cambiado. Antes quería establecer mitos, iconos que flotaran por encima del pueblo o de la gente. Ahora parece que no, que las películas digamos más serias intentan, al contrario, identificarse con la gente y profundizar como se pueda e intentando mostrar, de una u otra manera, cómo es nuestra vida. Debe ser una nueva estrategia.
Sebastián