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© Sebastián - De pesca
DE PESCA

Éramos de tierra adentro, pero conocíamos el mar (lo teníamos a diez kilómetros). Y a veces decíamos "vamos al mar", que para nosotros era como otro mundo. El mar, con sus playas y sus olorosas algas, sus rocas, era otra cosa también entrañable y conocida. A veces los jovenzuelos hasta íbamos a pescar, claro.

Precisemos que se tenía noticia de caladeros habituales para los verdaderos aficionados del pueblo y cuyas denominaciones sonaban con una categoría ("Na Blanquera", "Sa Punta d'en Borràs"...). Pero nosotros, al llegar a la orilla, en aquellas rocas sólo buscábamos un lugar que pareciera prometedor, algún rincón donde las aguas entraran con todo su cuerpo y se cubrieran de aquella espuma azulada. Así algún domingo, sin más, los amigos cogíamos las bicicletas y nos íbamos a pescar.

Me gustaba no llegar a ver el fondo, y particularmente que las aguas, con su movimiento, dejaran ver alguna turbulencia íntima que lo ocultara todo. Allí podía haber y ocurrir cualquier cosa, me decía. Y ver luego cómo el anzuelo, con su pequeño plomo, se hundía para perderse de vista me ponía en vilo, cara a cara con aquel elemento remoto y totalmente extraño. Así me quedaba, al menos al principio.

Pero seamos objetivos. Se llegaba a saber que, junto a las rocas de todos conocidas, no llegaba a haber más que pequeños peces y casi siempre los mismos: tords, vaques, donzelles... Las "donzelles" estaban siempre, y venían a marcar el tono. Tenían su hermosura, cuidado, pero su reiterada presencia las hacía vulgares (eran peces alargados, negros o azulados por arriba, hasta la mitad del cuerpo, y blancos por abajo). Aún quiero recordar, de aquel mismo medio, al todavía más modesto cabot, todo cabeza, que hasta merodeaba por los charcos de las rocas y mirábamos con indiferencia. Parecía un pez insignificante y sin aspiraciones.

Solíamos pescar unos pocos pececillos cada uno (que se veían más pequeños, hay que decir, al sacarlos del agua) . Luego se volvía al pueblo. Pero he de reconocer que, mientras duraba la casi ociosa pesca, los secretos de aquel mar, nunca desvelados, convertían todo aquello en espectáculo incansable. Ahí estaban, también, sus particulares sonidos. A mí me complacía, sobre todo, la cadencia de esos oscuros golpes de las olas en los recovecos de las rocas.

Bueno, el mar es el mar. He de aprovechar para anotar que, desde la fresca arena y en una noche de verano en fechas en que el pueblo acudía allí masivamente, y sin un solo turista), "vi" la plateada superficie del mar, que estaba quieto y con olas apenas audibles, partida de arriba abajo por el reflejo rectilíneo de la Luna, Aquello no admitía comparaciones con cosas conocidas. No lo llamé "belleza". No lo llamé nada. Mira, aún lo recuerdo.

Sebastián
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