Archiduque Rainer Della Maif von Medina Arunda und Taxis
Caray, Sebas, creía haber sido el único que sufrió un trauma así.
Mode batallitas ON
En mi caso era que para llegar a mi casa debía pasar antes, obligatoriamente, por delante de la casa de un vecino que tenía un chucho de esos agresivos, un jodido doberman. El capullo colindante tenía al bicho suelto, así que el mamón pulgoso se plantaba frente a mí, en mitad de mi paso, ladrando como loco.
La primera vez que me lo encontré de esta guisa llevaba yo una pelota de baloncesto, así que se me ocurrió botar fuerte el balón y con el ruido que éste hacía el chucho se apartaba un poco del camino, volvía a botarlo y se apartaba otro poco y así hasta que lograba circunvalarlo y llegar a mi casa.
Otra vez que volvía a casa me encontré al bicho allí cortándome el paso y amenazándome. Esta vez traía las manos desnudas y lo peor... en el suelo no había ni una maldita piedra.
Yo... acojonado, el bicho ahí enfrente ladrándome y envalentonándose por momentos, como un perro de dibujos animados que me dijera divertido "¿Qué, hoy no traes tu pelota de basket, eh?" y yo venga a mirar a mi alrededor en busca de una inexistente piedra defensiva y amedrantadora.
Entonces tiré de la única arma que yo poseía que era superior al impresionante armamento del perro: neuronas ágiles y faroleras.
Así que me inventé un mundo idílico en el que el suelo estaba lleno de enormes pedruscos y me agaché a recoger uno de ellos. Armé mi brazo hacia atrás, dispuesto a arrojárselo al doberman. El animal se acojonó pensando que yo tenía de verdad una piedra en la mano y dio unos pasos atrás. Volví a amenazar y volvió a retroceder y así hasta que lo circunvalé del todo y llegué a casa sano et salvo.
Luego conocí por internet a Sebas y a otro chaval en un grupo de feisbuc intitulado "A mí también me acongojó un perraco cuando chico" (sic) y nos fuimos los tres a superar traumas juntos al Serengeti, helo aquí:
)
Saluti a tutti.
Caray, Sebas, creía haber sido el único que sufrió un trauma así.
Mode batallitas ON
En mi caso era que para llegar a mi casa debía pasar antes, obligatoriamente, por delante de la casa de un vecino que tenía un chucho de esos agresivos, un jodido doberman. El capullo colindante tenía al bicho suelto, así que el mamón pulgoso se plantaba frente a mí, en mitad de mi paso, ladrando como loco.
La primera vez que me lo encontré de esta guisa llevaba yo una pelota de baloncesto, así que se me ocurrió botar fuerte el balón y con el ruido que éste hacía el chucho se apartaba un poco del camino, volvía a botarlo y se apartaba otro poco y así hasta que lograba circunvalarlo y llegar a mi casa.
Otra vez que volvía a casa me encontré al bicho allí cortándome el paso y amenazándome. Esta vez traía las manos desnudas y lo peor... en el suelo no había ni una maldita piedra.
Yo... acojonado, el bicho ahí enfrente ladrándome y envalentonándose por momentos, como un perro de dibujos animados que me dijera divertido "¿Qué, hoy no traes tu pelota de basket, eh?" y yo venga a mirar a mi alrededor en busca de una inexistente piedra defensiva y amedrantadora.
Entonces tiré de la única arma que yo poseía que era superior al impresionante armamento del perro: neuronas ágiles y faroleras.
Así que me inventé un mundo idílico en el que el suelo estaba lleno de enormes pedruscos y me agaché a recoger uno de ellos. Armé mi brazo hacia atrás, dispuesto a arrojárselo al doberman. El animal se acojonó pensando que yo tenía de verdad una piedra en la mano y dio unos pasos atrás. Volví a amenazar y volvió a retroceder y así hasta que lo circunvalé del todo y llegué a casa sano et salvo.
Luego conocí por internet a Sebas y a otro chaval en un grupo de feisbuc intitulado "A mí también me acongojó un perraco cuando chico" (sic) y nos fuimos los tres a superar traumas juntos al Serengeti, helo aquí:
)Saluti a tutti.
Sap
Seb, lo que cuentas no hace sino confirmar mi juicio sobre la imperfección de la Naturaleza.
Sebastián
La naturaleza puede ser brutal, Sap. Lo sabemos todos. ¿La comparamos con una gran olla hirviendo y en la que al parecer se cuece algo, pero no sabemos qué? Como quieras. Si tiene interés -al manos, teórico- la variedad de cosas rarísimas que salen de ella. La aburrida ameba un día salió del agua para convertirse en anguloso dinosaurio, mientras otro día se puso la túnica de Sócrates (otra cosa es que Sócrates también tuviera sus problemas, que en esto no entro). La verdad desnuda es que no dominamos el asunto. Tú pareces echar de menos, si me permites, algo así como el Paraíso Terrenal, pero cuidado. Yo creo que quienes lo pintaron exageraron bastante, y me parece probable que dibujaran, más que un hecho pasado, un deseo futuro.
Hay otra cuestión. Parece que nosotros somos los únicos seres en protestar. El más agradable perro que he tenido se estaba muriendo (parece que se había tragado un hueso que bloqueaba todo su aparato digestivo), y yo, que no me alejaba de él, me vi obligado a dejarlo un rato. Cuando volví lo encontré semioculto entre unas hierbas del corral, agonizante. Aquel perro no protestaba, y volvía a la naturaleza como al seno de su madre. Él mismo era naturaleza. Pero nosotros protestamos, y esto es nuevo.
Ahora en serio. ¿No crees que esas bombillitas rojas, verdes o ambarinas casi harían un mejor servicio en las personas? ¿Qué te parece si un político, um cura i hasta cualquier paterfamilias emprendiera su discurso y de pronto asmara, sobre su hombro, la lucecita roja? Nosotrtos no "somos" exactamente naturaleza -y yo le doy a eso una importancia-, pero tampoco andamos sobrados de garantías.
Bien, cuidado con los perros. Y es lo que se me ocurre, Sap, al margen de ideologías. Saludos.
Seb, lo que cuentas no hace sino confirmar mi juicio sobre la imperfección de la Naturaleza.
Sebastián
La naturaleza puede ser brutal, Sap. Lo sabemos todos. ¿La comparamos con una gran olla hirviendo y en la que al parecer se cuece algo, pero no sabemos qué? Como quieras. Si tiene interés -al manos, teórico- la variedad de cosas rarísimas que salen de ella. La aburrida ameba un día salió del agua para convertirse en anguloso dinosaurio, mientras otro día se puso la túnica de Sócrates (otra cosa es que Sócrates también tuviera sus problemas, que en esto no entro). La verdad desnuda es que no dominamos el asunto. Tú pareces echar de menos, si me permites, algo así como el Paraíso Terrenal, pero cuidado. Yo creo que quienes lo pintaron exageraron bastante, y me parece probable que dibujaran, más que un hecho pasado, un deseo futuro.
Hay otra cuestión. Parece que nosotros somos los únicos seres en protestar. El más agradable perro que he tenido se estaba muriendo (parece que se había tragado un hueso que bloqueaba todo su aparato digestivo), y yo, que no me alejaba de él, me vi obligado a dejarlo un rato. Cuando volví lo encontré semioculto entre unas hierbas del corral, agonizante. Aquel perro no protestaba, y volvía a la naturaleza como al seno de su madre. Él mismo era naturaleza. Pero nosotros protestamos, y esto es nuevo.
Ahora en serio. ¿No crees que esas bombillitas rojas, verdes o ambarinas casi harían un mejor servicio en las personas? ¿Qué te parece si un político, um cura i hasta cualquier paterfamilias emprendiera su discurso y de pronto asmara, sobre su hombro, la lucecita roja? Nosotrtos no "somos" exactamente naturaleza -y yo le doy a eso una importancia-, pero tampoco andamos sobrados de garantías.
Bien, cuidado con los perros. Y es lo que se me ocurre, Sap, al margen de ideologías. Saludos.
IronHeart
Es siempre un regalo leer tus memorias, Seb.
Los perros, para los niños y para Sap, loadas sean las redundancias, son una incógnita curiosa: recelos, miedos y atracción por igual, a la espera de ver cual gana ese día. A mis cinco años (+/-) me mordió el perro de la vecina. La herida no me dolió tanto como saber, dias después, que el perro había sido sacrificado, esto es, tirado al remolino en el río, por su conducta. Era un fuerte remolino especial para ocasiones semejantes. El pero y yo, siempre nos habíamos llevado bien. Jugábamos juntos de maravilla. Ese día me acompañaba mi hermano mayor, quizás con seis años, uno más que yo, y tras ver alguna película de romanos, me incitó a que subiera al triciclo y cogiera al perro por la cola mientras él le achucaba para semejar una cuadriga en carrera en el circo (quizás la película fuera Ben Hur). Parece ser que un achuchón al perro fue demasiado y se revolció y me mordió en el brazo mientras yo lo sujetaba por la cola. Como digo, no recuerdo la herida, ni el incidente me dejó trauma alguno con perros, sino más bien la tristreza posterior de saber que había perdido un compañero de juegos.
En retrospectiva, y perdona que me aproveche de tu paciencia, mi hermano mayor, por tener más experiencia que yo, intentaba, me imagino, desvirgar mi infantil ignorancia. Otro día, un poco más jóvenes, quizás con cuatro y cinco años o algo así, estábamos los dos con gripe, en invierno, en casa, sin ir al colegio. Aprovechando que nuestra madre estaba fuera de la casaa, quizás comprando, nos dedicamos a vaciar la tinaja del agua. Hay que recordar que antes del agua corriente, ésta se traía de las fuentes y se guardaba en grandes tinajas en la cocina para cualquier menester. Vaciamos toda el agua en la cocina, que era un par de peldaños más baja que las habitaciones colindantes, por lo que formamos una pequeña piscina. Bien, pues con abrigo y bufanda, porque estábamos enfermos, mi hermano mayor me incitó a nadar por esa piscina que acábabamos de construir, algo que hice gustosamente. El juego fue divertido hasta que regresó nuestra madre, claro.
Saludos,
IronHeart
Es siempre un regalo leer tus memorias, Seb.
Los perros, para los niños y para Sap, loadas sean las redundancias, son una incógnita curiosa: recelos, miedos y atracción por igual, a la espera de ver cual gana ese día. A mis cinco años (+/-) me mordió el perro de la vecina. La herida no me dolió tanto como saber, dias después, que el perro había sido sacrificado, esto es, tirado al remolino en el río, por su conducta. Era un fuerte remolino especial para ocasiones semejantes. El pero y yo, siempre nos habíamos llevado bien. Jugábamos juntos de maravilla. Ese día me acompañaba mi hermano mayor, quizás con seis años, uno más que yo, y tras ver alguna película de romanos, me incitó a que subiera al triciclo y cogiera al perro por la cola mientras él le achucaba para semejar una cuadriga en carrera en el circo (quizás la película fuera Ben Hur). Parece ser que un achuchón al perro fue demasiado y se revolció y me mordió en el brazo mientras yo lo sujetaba por la cola. Como digo, no recuerdo la herida, ni el incidente me dejó trauma alguno con perros, sino más bien la tristreza posterior de saber que había perdido un compañero de juegos.
En retrospectiva, y perdona que me aproveche de tu paciencia, mi hermano mayor, por tener más experiencia que yo, intentaba, me imagino, desvirgar mi infantil ignorancia. Otro día, un poco más jóvenes, quizás con cuatro y cinco años o algo así, estábamos los dos con gripe, en invierno, en casa, sin ir al colegio. Aprovechando que nuestra madre estaba fuera de la casaa, quizás comprando, nos dedicamos a vaciar la tinaja del agua. Hay que recordar que antes del agua corriente, ésta se traía de las fuentes y se guardaba en grandes tinajas en la cocina para cualquier menester. Vaciamos toda el agua en la cocina, que era un par de peldaños más baja que las habitaciones colindantes, por lo que formamos una pequeña piscina. Bien, pues con abrigo y bufanda, porque estábamos enfermos, mi hermano mayor me incitó a nadar por esa piscina que acábabamos de construir, algo que hice gustosamente. El juego fue divertido hasta que regresó nuestra madre, claro.
Saludos,
IronHeart


Me he acordado al manifestar Sap un recelo ante esos animales, los perros. Y no lo cuento para ensalzar nada. Es que pasó.
¿Tenía yo once años, doce? Me habían comprado la bicicleta. Y estaríamos en tiempo de vacaciones escolares. Mi padre me preguntó si me apetecía ir a "girar" las palmas (conocidas como "palmito", del que las mujeres del pueblo -y con ellas mi madre- hacía cestas que luego recibían algunos comerciantes), que sí, que iba. Conocía el lugar, al pie de la montaña.
Dejé la bicicleta donde debía, y seguí a pie a través del campo. Caminaba y sentía cómo verdaderamente me iniciaba en nuevas autonomías. Vi desde cerca el imponente caserío de una de las más conocidas "possessions" (cortijos, etc.) del pueblo, lugar donde se resumía parte muy respetable de la historia local. Pero entonces apareció el perro.
Era como un burro, pero hasta esto quedaba en segundo lugar. Lo importante era que la cosa iba conmigo. Porque el animal venía hacia mí disparado, como loco. Yo veía su gran cabeza, creo que su boca abierta, sus orejas. No creo que yo pensara nada, pero en mi visión iba implícita la cuestión de cómo un perro como aquél se tragaría un niño, cómo viviría el niño ese trance.
Tuve que ver cómo el animal con su locura se me venía encima, pude verlo entonces en todo su detalle. Evidentemente tenía que pasar lo que fuera, y pasó. Podrán suponer Vds que por aquí han pasado los fenicios, los cartagineses y los romanos de todos, pero hay que añadir inacabables oleadas de piratas y, por supuesto, los "honderos baleares". Ignoro qué cepa de todos ellos pudo actuar en aquel momento, pues en mí no había fuerzas para nada. Pero metí la mano en la cesta que llevaba, cogí la hoz que tenía dentro (la herramienta usada para girar las pequeñas palmas) y la levanté en alto. Lo hice sin ira ni enfado, quizás como si fuera un gesto obligado -el último- en aquel trance. Pero el perro paró en seco. Se quedó a unos tres o cuatro metros, sembrado y absolutamente inmóvil. Yo salía despacio de mi perplejidad, y acabé recordando que a mi espalda tenía una pared. Entonces decidí retroceder de espaldas y sin bajar el brazo. El perro no se movió. Yo salté la pared y, naturalmente, me fui.
Y perdonen, ¿eh? He contado esto pocas veces. Y ahora mismo he pensado si el perro no estaría jugando.
© Sebastián