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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
Aquella bandada de niños había empezado por apuntarse en el lugar que debía. Ya tenían diez años y pasarían a hacer lo que ya habían hecho sus padres, probablemente sus abuelos. Luego dejaron la escuela por una temporada y el primer día se habían reunido, con su silencio y con su cesta de la comida, a la salida del pueblo. En su momento tomaron la carretera, detrás de quienes habían de ser sus conductores. Realmente era muy temprano.
Aquella carretera aún no la conocían mucho, andaban y veían primero unos huertos, luego tierras. Y al fin veían la casona inmensa, la que se vislumbraba desde el pueblo y además tenía su nombre. Eps tenían que llegar, y llegaron. Todo era grande y desconocido. Lugares para animales, hombres que debían preparar sus trabajos. Aquella casa grande, que ahora mostraba bien su distinción o su solidez, era llamada casa de "los señores"; de manera que la de "los "amos" era otra, otra no tan grande que estaba ahí detrás. Al oír eso de "los señores", aquellos niños podían pensar fácilmente en aquel "señor" tan escueto y distinto que a veces se veces se veía por las calles del pueblo.
Pero la cosa no paraba. Ellos ya estaban allí y de este modo siguieron al conductor que los llevaba hacia donde estaban los olivos,. Allí, en verdad, empezaban a coger las aceitunas del suelo, uno al lado del otro. No diremos más sobre este punto.
Lo recorrieron todo, siempre un poco corriendo. Pasaron por valles de olivos recios y por empinadas laderas donde se veían algo raquíticos. A veces se encontraba un arroyo de aguas casi invisibles, en cuyo fondo podían aparecer, inmóviles, negros puñados de aceitunas. No se pensaba en ello, pero se miraba y se veía como una cosa absolutamente nítida. Al mediodía comían de su cestita, y lo hacían, repentinamente alegres, al llegarles, desde la casona el oscuro y esperado sonido del cuerno.
Un día tuvieron que emprender, a través de bancales, aquel monte que moría en la inmensa frente de piedra, lisa y roja, conocida por todo el mundo como El Penyal Roig. Se veía desde el pueblo y era un hito de la lejanía. Los niños llegaron a él, sí señor, y muchos hicieron lo posible por tocarlo. Así se sintieron, por un momento, actores en espacio para ellos normalmente cerrado que los introducía en la superior historia de los hombres.
Se supone que aquello iba bien, por qué no. Lo he recordado, y he pensado en los niños chinos de hoy. Aunque a éstos les ha tocado la técnica.
© Sebastián