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© Lopedesosa - Un refrito actualizado
Llegó a la periferia justo a tiempo. Fin de año y onomástica enlazadas por Cronos. Una dependienta de la librería que lo mismo te facilita lo que pides que un kilo de salchichas o butifarra negra después de mirar en la pantalla del ordenador. Y tres días, tres, encadenado al lugar donde moro, habito o me cobijo, para desmenuzar, para conocer lo que ofrece ese “Fin de una Era” de Aline. He tenido tiempo para leer unos párrafos, unas frases, varios capítulos; irritarme por alguna que otra imprecisión o error de datos y dejar el libro, mirar hacia el Oeste, hacia la meseta hacia donde debe estar Madrid, aunque sea otro Madrid. Un libro, que no novela, ni ensayo, ni biografía ni nada de eso. Es reconocer a través de un libro la vida de otras personas, de otros hombres y mujeres con la mirada de la autora, de su prosa aparentemente fácil. Es pensar y soñar lo sencillo que hubiera sido hacer otro igual con otras personas, las de mi entorno cuando entonces, revolver en la memoria, reandar por calles y barrios, recordar aquel coto de caza que me fué el Museo del Prado. Y sobre todo quitarme más de sesenta años de encima. Que lo de Aline fué por aquellas fechas, no muy posterior, lo sé, pero que más da.

Es un libro que ya me lo conozco, me lo leo en mi memoria sólo hace menos tiempo, sencillamente cuando estaba atado al duro banco de galeote de la redacción y tuviera que hacerle una crítica. Crítica llena de envidia por no haber tenido acceso a determinados ambientes, a determinados sucesos. Porque eso es el libro de Aline, “el fin de una era”. Contenido de sabores y saberes, de facetas de personas y de caracteres, de unas vivencias personales pero no posibles a cualquiera. Y sobre todo es enganchar desde el primer capítulo al lector que hubiera conocido el Madrid de los cuarenta . He tenido la fuerza de voluntad de hacerlo durar, que lo hubiese leído en una tarde, en unas horas, en un minuto, en un suspiro. He llegado hasta casi hasta la mitad. Y me quedan los últimos capítulos para mañana, cuando la amanecida me traiga los primeros rayos de sol entrando por el ventanal de la cueva donde escribo y leo. Con el primer café, la primera tostada de pan con mucho ajo y más aceite, naturalmente “importado” de Jaén. Luego, después de cerrar la contraportada, a la rutina de todos los días, a buscar tema para el recuadro semanal, pasear, una charla aquí, otra en la esquina allí, añorar ... y vegetar que estoy, como tituló Baroja, en la última vuelta del camino.

© Lopedesosa
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