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© Poncio Galileo - EL CANTO DE LA SIRENA

EL CANTO DE LA SIRENA




Días hincando el vértice curvo del arado flotante en el seno prolífico de las olas, envuelto en la brisa que quema y la soledad anegada en el misterio se esconde en su caparazón de cangrejo. Tras él quedó la mies verde y azul de la ensenada.

Está solo, en este mundo que no entiende, rodeado de jeroglíficos, con una pereza al límite de la muerte. Su existencia se reduce a un texto ininteligible, a una línea infinita de puntos suspensivos. Es el primer homo sapiens, y una sirena le despierta después de un sueño de mil años. Está vivo, y siente el frío por primera vez.

Honradez, sonrisas, amistad, compañía, agasajos, protección. Te regalé un ayer irrepetible.

Cuando estábamos juntos tu mirada se volvía de almíbar, se empapaba de resina, se ensuciaba de esmeralda. De los cráteres de la luna surgían las amatistas, y, a cada momento, se encendían las luces del teatro.

¡En este instante único en el tiempo has perdido tu guerra en mi campo de jazmines!

Las palabras de la sirena le devolvieron a su esqueleto transparente.
Cada instante de sol la pertenece.




© Poncio Galileo
es.humanidades.literatura
02/12/2010

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