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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
SUEÑOS
No estoy en buena situación. El espacio es inmenso, incoloro, desierto, la nada absoluta. Mis pies están en un mosaico ajedrezado. Ella está allí, enfrente, acosándome. Una mujer poderosa y silente, sin cara, sin cuerpo, velada por negra vestidura. Avanza hacia mí, obligándome a retroceder. Busco ansiosamente una diagonal para huir, pero la mujer me corta el paso. Reculo más y paseo mi vista por el espacio vacío. Allá lejos diviso un hombrecillo pequeño y enteco, al lado de espléndido corcel.
—¡Ayudadme!
—No podemos, nos han "tomado"
—¿Que os han tomado... qué?
Ya la tengo enfrente, avasalladora, implacable, envuelta en sus negros crespones. Me fijo que mis pies ocupan un escaque negro. Me abalanzo sobre ella.
—¡Moriremos juntos!—, grito al tiempo que la ciño con todas mis fuerzas.
El escaque se convierte en profundo pozo en el que caemos abrazados. Aprecio la firmeza suave de su cuerpo y miro para su cara. No es más que una silueta velada.
Ahora estamos en una playa. Percibo aroma a manzanas reinetas. Oigo una voz cascada y miro a mi izquierda. Un viejo marinero recita un compás...
—Las olas vienen y van/ fluyen eternamente/como la vida y la esperanza/como el dolor y la pasión/
—¿Quién eres?
—Parménides.
Ahora el olor a reinetas se intensifica. Miro hacia el lindero de la playa en busca de una manzaneda, pero sólo veo pinos, ceñidos por la suave alfombra dorada del arenal. Me doy cuenta que sigo abrazado a mi enemiga, y trato de arrancarle el velo...
—Son las tres de la madrugada y llevas gruñendo un buen rato...
Abro un ojo y el pelo de Inés enturbia mi visión. Huele a sabrosas manzanas, y mi brazo derecho ciñe fuertemente su vientre.
—¿Junto a quién tenías que morir?
—Siempre contigo, amor mío...
—Me dejarás vivir un poco más, ¿eh?
Cierro los ojos y aspiro el aroma salobre que se cuela por la ventana. Meto mi cara en la sedosa nuca de ella, y el olor a reinetas me conduce plácidamente a un nuevo sopor.
© Gsmiga
es.humanidades.literatura
25/08/2010