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© Gsmiga - DESENGAÑO

DESENGAÑO



Estaban solos en una esquina del espacioso salón. Habían conversado un poco, desmayadamente, mientras tomaban café. Y la tarde, silente y avara de luz, ponía un contrapunto de melancolía en la escena.
Lidia miraba a Juan, intrigada por el silencio sostenido que mantenía. Parecía que sopesaba interiormente algo muy oculto. De vez en cuando él miraba a Lidia, pero seguía callado, como si le costase reiniciar la mortecina conversación anterior.
Ella trató de indagar en el interior de su amigo, porque nunca lo había visto así. Se dijo que nada perdía con intentar sacarlo de su mutismo.

—Estás muy callado. ¿En qué piensas?
—El lo mismo que se me ocurre cada vez que te veo.
—¿Algún pensamiento especial?
—No. Es corriente.
—Entonces no será nada serio.
—Para mí sí lo es.
—¿Sí? —, recobró el interés súbitamente.
—Pero no por ser serio deja de ser corriente.
—¿Cómo es eso?
—Quiero decir que las cosas serias las siente la gente todos los días.
—¿Por ejemplo?
—Sentimientos cómo la esperanza, el dolor, la alegría, el deseo, y el amor son emociones serias que todos gozamos o padecemos corrientemente.
—Y todos esos sentimientos tan corrientes... ¿qué tienen que ver conmigo?
—Directamente nada. Los sentimientos les pertenecen a cada uno y no obligan a las otras personas. Ni siquiera a la persona que despierta esas... emociones.
—¿Despierto alguna emoción en ti?
—Sí, desde hace mucho tiempo. Te quiero.
—Estás de coña...
—¿Te lo parece?
—¿Hablas en serio? —(nerviosa.)
—¿Acaso me ves cara de risa?
—Pero... ¿esas cosas se dicen así?
—¿Y por qué no? ¿Hay que llorar para decirlas?
—No —(enojada)—, ¿seguro que no me tomas el pelo?
—En absoluto.
—Jamás lo hubiera creído...
—¿Qué?
—Pues... esto... así, tan... no sé, de esta forma.
—No me estoy declarando.
—¿Ah, no? —(sorprendida)—. ¿Y qué estás haciendo entonces?
—Confesándote algo oculto... hasta ahora. Nada más.
—No puedo creer lo que escucho. ¿De verdad me quieres?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que te conocí.
—¡Hace ya una friolera de tiempo!
—Y tanto.
—No pudo ser un "flechazo"... después de tanto tiempo...
—Sí lo fue... Pero sin consecuencias.
—Pero... nunca me dijiste nada. Ni la mínima insinuación.
—No tenía nada que ofrecer.
—¿Acaso te parece poco ofrecer tu amor a la mujer que quieres?
—Ya sabes a qué me refiero; y ahora es tarde —, él cambió de marcha súbitamente.
—Nunca será tarde si yo acepto. No me lo has preguntado.
—Porque no es una declaración —(incómodo)—. No al menos... formal.
—¡Oh! —la más viva contrariedad se reflejó en el rostro y la voz de Lidia—. Me cuesta entender lo que me dices.
—Quiero decir que lo que yo siento por ti, no incluye lo que tú puedas sentir por mí.
—No sé cómo tomarme eso que dices... —(tensa.)
—Mira, no puedo evitar quererte y eso es independiente de lo que puedas sentir tú.
—Eso es... ofensivo.
—No sé por qué...
—Porque das a entender que mis sentimientos no te importan nada —(indignada)—, y eso es ofensivo.
—Lo que echas en falta es que tu respuesta pudiera influir en mi ánimo. Eres muy orgullosa.
—No. Nada de orgullo. ¡Te permites quererme sin que te importe lo que yo piense al respecto. Inadmisible.
—Si vas a hacer un castillo de un montón de arena, calmaré tu vanidad. Dí, ¿me amas?
—¡Cínico! ¡Pretencioso! ¿Vas a añadir la burla a la humillación?
—Sinceramente, no entiendo tu actitud.
—Dime, ¿para qué piensas que sirve el amor?
—Para amar...
—¿Y qué es amar?
—Pues... ¿a qué viene todo esto?
—Amar es respetar los sentimientos de la persona querida.
—Bien. ¿Acaso no respeté los tuyos?
—No.
—Los respeto tanto que ni siquiera te pido que me correspondas.
—Porque no te interesa saberlo. Y eso no es amar, porque el amor busca siempre la correspondencia de la persona amada. Y tú mismo acabas de decir que no te importa lo que yo pueda sentir.
—También dije que nunca tuve nada que darte. Comprenderás que en tal circunstancia poco podía importar que tú pudieses amarme.
—No había horizonte en ningún caso.
—Egoísta. Me entregué a ti en cuerpo y alma. Jamás pedí ni siquiera un segundo de perspectiva futura. Si me amases, como dices, serías feliz de oírme decir que yo también te amo.
—Ten entregaste a mí... pero le pertenecías a "él".
—¡Oh! ¡Te estás vengando! Jamás te atreviste a enfrentarte a "él".
—Y ahora, que ya no está, te cebas en mí. ¿Cómo fuiste capaz de mantener oculto tu resentimiento?
—Confieso que hasta en nuestros momentos de pasión, lo sentía a "él" entre nosotros. Estorbándonos, impidiendo que nos amásemos completamente. Tú le pertenecías. Lo amabas. Confiésalo.
—¿Te duele, eh? Lo has odiado ocultamente. Ahora puedes mostrarte como eres.
—No debí decir nada. Te pido perdón.
—Para hacerlo así... mejor hubiera sido que callases para siempre.
—Vale. Pues aquí murió el cuento.
—¿Te gusta herir a la gente, verdad? —(rabiosa.)
—No fue mi intención lastimar tu amor propio.
—¿Crees que es el amor propio lo que me enciende?
—Pues... ya no sé que nos pasa, la verdad.
—Yo sí sé lo que te pasa a ti. Dejas caer que me amas como si estuvieses hablando del tiempo —“¡Oh, querida, no importa que tú tengas tus propios sentimientos! A mí me basta con exponer los míos, y no necesito que me respondas”—.Y con tu narcisista ego satisfecho rematas la faena y quedas a gusto. Nada te importan los efectos de tu confesión sobre mi ánimo, ni lo que yo pueda sentir. ¿Te parece normal?
—Te juro que ya no sé qué decir...
—¿Crees que puedes amarme sin aceptar mis sentimientos?
—¿Con qué objeto?
—¡Por Dios! ¡Con objeto de conocer lo que siento! ¡Lo que he sentido todos estos años!
—No supe prever el alcance de mi... confesión.
—Jamás me quisiste. Te amas a ti mismo con un sentimiento estéril que llena tu vacía existencia. Estabas seguro de que tu confesión te haría pasar por el amante abnegado que soporta en silencio la duda sobre su ¿amada? Creíste que iba a quedar muda de admiración, rendida a tus pies. Pero todo tu teatro se ha desplomado, y has quedado ante mis ojos como el necio presuntuoso que eres.
—Aceptado —se levantó y fue hacia la salida—. Te ruego que olvides estos momentos. Adiós.
—No he sabido contenerme. Discúlpame.
—Has dicho lo que pensabas. Es de agradecer.

Ya estaba fuera. Hizo un gesto de despedida con la mano y cruzó la calle con paso elástico hasta su coche. Ella mantuvo la puerta abierta y lo vio arrancar y alejarse en la bruma nocturna.
Pensó que el amor no se puede confesar jamás con un barniz falso y mendaz, como él acababa de hacer. Ese amor —se dijo— es tan inexistente como la atmósfera en la luna. Suspiró convencida de que, a pesar de todo, había resistido una prueba inesperada, dolorosa.
Cuando cerró la puerta ya había superado la frustración que supuso conocer que su amor por él jamás había sido correspondido. Ya sabía a qué atenerse.



© Gsmiga.
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31/05/2010

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