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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
Este es el escenario de don Gadiel Constante, anciano de setenta y dos años, cuatro meses y tres días, como gustaría precisar con singular tino el insigne cronista de esta villa y corte, don Sap de las Leandras.
El Gadiel era herencia de su tía materna, doña Gadiela, que gustaba entrometerse en todos los asuntos familiares y a quien no podía por menos que homenajearse con el nacimiento de su primer sobrino.
El Constante le venía por parte de padre, y podemos decir que con acertado significado, dado que el buen papá precisó rondar a la mamá derca de diez años antes de conseguir su mano blanquísima y, de donde procedía la dificultad de la unión, bastante enjoyada. La tía Gadiela se opuso ferozmente a matrimonio tan desigual, y el buen Constante, erre que erre, al final venció al raptar a su amada y llevársela a El Escorial a una procesión de Semana Santa, lo que en aquellos años constituyó un pequeño escándalo entre las amistades. Por este episodio familiar estuvo a punto de haberse llamado nuestro personaje don Gadiel Constante de los Peligros, pero el cura de la parroquia supo imponer su buen criterio.
Aquella mañana de abril, lunes, nuestro amigo ya estaba a hora temprana en su tiendecita de antiguedades de la calle de Fuencarral, tras haber sorteado bastantes inmunidicas con las que el botellón y los locales de mala vida de la zona ornaban las calles cada fin de semana.
Era un hombre madrugador, metódico, trabajador y las únicas pasiones que se había permitido en su vida eran dos: los viajes y las antiguedades.
Gustaba de catalogar las piezas él mismo, con auténtica veneración. Era animista, y a cada objeto trataba con mayor respeto y veneración que a las personas, porque se le figuraba que éstas tenían pies, manos y boca para defenderse y andar allá adelante por el mundo, mientras que las pequeñas criaturas que reposaban en sus estanterías eran tan débiles y estaban tan desamparadas que precisaban de un buen padre que de forma Constante velara por ellas.
Estaba en la trastienda deleitado en sus placeres, a las ocho de la mañana, diecisiete minutos y treinta y dos segundos, cuando oyó que llamaban a la puerta con los nudillos. ¿quién podría querer entrar en su tiendecilla a aquellas horas tan tempranas?
© Blanca Barojiana