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© skurliginia - Una madona se echa la siesta II
II

-- Yo, Marta Gutiérrez Soler, mayor de edad, con documento nacional de identidad 138435812, y en plenas facultades?

Juan se dejó llevar por el tono monótono de la voz del notario mientras observaba a aquellos que eran su familia. Con los brazos cruzados y las piernas ligeramente abiertas Juan había rehusado la silla que se le ofreció y permanecía de pie junto a la ventana. Su cazadora de cuero negro escondía un torso musculoso y sus facciones armoniosas enmarcaban unos profundo ojos color miel. La esposa de Pedro no le quitaba la mirada de encima. Sentada junto a su marido, mientras le cogía la mano, lanzaba furtivas miradas a su cuñado desde que lo vio por primera vez en el funeral. Juan respondía con la atención a una rolliza mujer que lucía sus joyas a modo de escaparate y cuyo exceso de maquillaje y voluptuosidad hacían parecer a su marido, ya prematuramente calvo y de mirada taciturna, más pálido y enclenque. Ambos hermanos se habían encontrado casualmente algunos meses antes en un Banco de la capital tras varios años sin verse. Pedro tenía graves problemas económicos. Las hipotecas pesaban sobre su negocio y todas las propiedades que poseía. Juan tuvo ganas de invitarle a comer, pensó en ofrecerle su ayuda, pero no lo hizo. Y tras un breve intercambio de palabras se despidieron como dos conocidos que no pueden pasar de largo. Ya entonces habían comprendido que si regresaban, si alguna vez lo hacían, ya nada iba a ser igual. Ni siquiera en Tina podían entrever ahora a la mujer que conocieron. Aquella mujer de espalda encorvada y pelo blanco, liso hasta el cuello donde se encrespaba en unos caracoles restos de una antigua permanente nada tenía que ver con la mujer alegre y jovial, activa, enérgica y hermosa que recordaban.

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