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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
EL PERRO
Iba siendo viejo y, por tal condición, su vida quedaba circunscrita al barrio Humo Leve, donde vivía desde hacía años.
Gruñón (ese era su nombre) era un perro lebrel o lebrero (aunque nunca se comió un conejo ni una liebre, ni olió siquiera a uno u otra; su "caza" era "de salón", una caza de andar por casa)...; Gruñón, decíamos, era ciertamente gruñón y rencoroso; él mismo se asombraba de cómo podía ser así de malo, cuando hubo tiempos en que era casi normal, se reunía con otros, oyendo sus gruñidos y ladridos, hasta bostezando con ellos, escuchándoles, apareándose cuando podía, con fina (gatuna) sonrisa modelo Cheshire... Pero es que nuestro can, sin ser Cerbero, se había vuelto ciego y sordo para lo que no fuera él y su rutina, las que consideraba su destino, su fin en esta vida... Los demás, no importaban; salvo, si acaso, otro chucho que se le juntaba zalamero; éste, como él, gustaba de amagar, enseñar los dientes mas teniendo cuidado de no acercarse al enemigo (táctica que de otra parte, asimismo practicaba Gruñón)... Todos eran enemigos para nuestro perro (fueran San Bernardo, mastines, chihuahuas, podencos canarios, pastores ingleses, o cuarterones de razas puras; no digamos ya aquellos que se notaban o creían con pedigrí, perros "de pago", que eran los menos; todos toditos, todos, eran enemigos a frenar, a poner a parir -y no por cuestiones reproductivas-), e igual para Elotro (ese era el nombre del compinche cómplice de Gruñón); es más, cuando el otro se le acercaba, y hacían pareja de hecho, a veces, incomprensiblemente, se les formaban sobre sus testas sendos tricornios acharolados, cuando andaban los dos marcando el paso, como patrullando la zona, olisqueando cada esquina, creyéndose los sementales del barrio ante las hembras y dominantes ante los machos. Ambos tenían los hocicos en carne viva, de tanto husmear, rozando el cemento o el granito de rincones, puertas de comercios y chaflanes, oliendo los pises de otros, alertas...; y sus cuerdas vocales, roncas por ejercer su irracional lenguaje en giros desconocidos y agudos inimaginables, extraños diálogos, crípticos (había animales que ni sabían de qué ladraban esos dos, cuando ambos se enzarzaban en interminables conciertos de aullidos, cada vez más incomprensibles salvo para nuestro querido par; por si fuera poco, Gruñón no ladraba con corrección, empleando gruñidos y ladridos propios de otro suburbio residencial, llamado Pérfido Avión; lo curioso es que Elotro, le imitaba en esos aullidos extraños, extranjeros).
Solo, acompañado por su compinche, o en compañía de terceros, tenían medio atemorizado al barrio que más frecuentaban. Así, cuando no olían a quién amedrentar, se espulgaban uno al otro, con cierta desazón al no tener a quien despellejar de bufido (depurada técnica que ellos intentaban esforzadamente mejorar día a día), yéndose entonces a otra zona, en busca de a quién asombrar con sus incomprensibles pero agresivos ladridos que, a base de afinarlos y depurarlos, llegaban a ser cual risas de sarnosas hienas hambrientas, apenas inteligibles (ya dijimos) para el resto de mascotas las que, sabedoras de la condición mortal de los seres vivos, sólo querían pasar el rato, disfrutar del sol del amanecer o del crepúsculo, hacer sus caquitas plácidamente sobre arenas frescas y limpias, brincar, jugar. Estos dos, Gruñón y Elotro, de jugar, nada; ladraban que lo suyo era puro juego, pero no, no jugaban, sólo ejercían sus finas malas artes ante los demás, queriendo prevalecer a toda costa, ser más, más perros que ningún perro... Con su indiscutible experiencia y cultura cánida, presumían de todo, todo lo sabían y dominaban, estaban ciertos en tal omnisciencia (razas, cría, alimentación, canto/ladridos, política/diplomacia/etiqueta/comportamiento; se tenían por árbitros de cualquier pasatiempo, del salto, del paseo, incluso del corte de rabos, orejas y peluquería)... Matar, no mataba, Gruñón; nadie mataba en el barrio, pero sí que trataba con total entrega de hacer la vida imposible al resto de perros, ya fueran de defensa, compañía o de presa, grandes, medianos o pequeños... Él era de presa y no tenía prisa; no tenía tampoco raza definida, pero logró desarrollar una intimidante dentadura, con colmillos casi acerados. Tenía últimamente problemas de obesidad, a pesar de las energías que gastaba en lo que él tenía por su cruzada personal. Los demás perros, los más, callaban, si él ladraba, amedrentando; se reía de ellos, menospreciándolos... Y si alguno llegaba a hacer un intento leve o descarado de rebelión, Gruñón miraba para otro lado y luego continuaba igual de molesto y de malo para su raza o para el vecindario de Humo Leve...; tenía tiempo y era paciente, además de buena memoria; ya les daría lo suyo, a los respondones y rebeldes, ¡faltaría más! (si antes Elotro no rompía un hueso de fémur en la defensa de Gruñón, espontánea y desinteresadamente.)
No había cachorros, en la zona. Los pocos que aún rondaban por allí eran, como Gruñón, perros viejos o casi viejos, y perritas de menor edad (siempre las damas tienen menos años, aunque los vagabundos y los 101 dálmatas peinen canas o luzcan calvas), algunas asimismo ya un tanto añosas aunque siempre elegantes, que sólo querían, todos ellos, diversión y compañía, sentirse entre los que creían de su misma condición, de similares aficiones, "pasar el rato" (como dijo un célebre filósofo galgo)... Las ratas comenzaron a ocupar zonas que antes eran perrunas. Humo Leve estaba quedando desierto, rápidamente. A Gruñón le daba igual, eso y todo; la cosa era seguir gruñendo, amagando mordiscos, hiriendo levemente a terceros que ocasionalmente se pusieran enfrente de él, sin importar peso, pelaje o condición; en ese barrio, las dentelladas eran virtuales, aunque dolieran. Lo más curioso de todo, es que Gruñón era libre, su correa o cadena, no existían, eran virtuales cual los mordiscos, él se las ponía e imponía, o mejor dicho: se las quitaba. Decía que el bozal para los demás, y la libertad de ladrido para él; cuando gritaba esos lemas, se complacía, lamiéndose la entrepierna, se estiraba luego, feliz, y hasta sesteaba un rato.
Como decíamos, Humo Leve fue quedándose vacío, cada vez más (¡y mira que en sus buenos tiempos, hubo por allí perros amables, cultos, viajeros, sabios!). El que volvía, raramente se quedaba mucho, viendo el triste y desolado panorama. A Gruñón le daba igual, él era feliz con ese estado de cosas, no le importaba el futuro, ni en el fondo nada, sino sus ladridos, sólo su canina voz. Con el otro o solo, era capaz de seguir en Humo Leve cuanto hiciera falta, "mandando, disponiendo y gobernando" (esto último lo ladró otro ínclito podenco), hasta que el barrio se derrumbase o él muriera, entonando cánticos a la luna., sólo mientras no hubiera a quién morder o arañar, que era su íntima condición y desmedida afición.
Quizás, si el hombre, el ser humano, un hombre, una pareja de hombres... Si el hombre hubiera podido tomar cartas en este asunto, la cosa habría tenido remedio. Pero el homo sapiens sapiens, según predijo uno de ellos, un tal Sapristi Nostradamus, antes, había desaparecido ya como especie, en la Gran Hecatombe.
© Faisanes.
es.humanidades.lieteratura
19/07/2009