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© Gsmiga - UNA PALABRA DE AMOR

UNA PALABRA DE AMOR




La penumbra invadía el templo aquél atardecer otoñal. Una lamparilla ardía delante del sagrario y el ambiente sugería recogimiento y paz íntima. Ella estaba sentada en uno de los bancos delanteros, y meditaba recogida. Sus dedos pasaban mecánicamente las cuentas del rosario, pero daba la impresión de estar más atenta a su interior que al rezo. Su cabeza, ligeramente inclinada, ofrecía un perfil puro y sin aristas, todavía joven y atractivo, y su postura erguida denotaba la mujer madura y respetable, con una actitud reflexiva y consciente ante la vida.

Abstraída en sus cavilaciones no se percató del hombre que tomó asiento a su lado, a una distancia de respeto. Él tenía aspecto elegante y decidido, propio de persona de mundo, habituada a hacerse respetar sin estridencias. Tras persignarse rutinariamente, comenzó a mirarla a ella. Su atención denotaba un profundo interés por la mujer que estaba a su lado y que no era aún consciente de su presencia. Nada hizo por darse a notar, simplemente esperó mirándola apreciativamente. Estudió su cara, su cuerpo sedente y su actitud. Y después, sin dejar de contemplarla, dio la impresión de analizar todo lo que había recogido con su mirada...

Ella giró la cabeza bruscamente, percatándose de ser observada insistentemente, y se encontró con unos ojos gris acerado, y una sonrisa amistosa. Volvió a concentrarse en su meditación, pero consciente de que el sujeto seguía con la vista clavada en ella. Decidió marcharse porque aquella actitud del desconocido la inquietaba e irritaba. Se arrodilló para hacer la genuflexión al tiempo que se santiguaba...

—Por favor...no se vaya.—La tenue voz del sujeto, de timbre agradable, la hizo interrumpir el movimiento iniciado, y mirarlo interrogante...

—No era mi intención distraer sus devociones, pero...al verla recogida y ocupada en sus pensamientos, me dio la sensación de haber vivido este momento mucho antes...

—Disculpe... ¿nos conocemos?

—No, señora. Quizá la sensación de lo ya vivido me haya impulsado a cometer una incorrección, por la que le pido disculpas...Me dio por pensar que hacía usted algo más que rezar...

—Bueno...el rosario es un rezo que se presta a la introspección. A veces, la repetición mecánica de las oraciones, produce en nuestro ánimo cierta tendencia a divagar...

—Pero...usted no divagaba. O, por lo menos, no me dio esa impresión... Más bien parecía usted recordar o analizar algo muy importante...

—¿Acostumbra usted a observar a la gente que reza en las iglesias...?

—No, por favor-sonrió-únicamente admiro a la gente que analiza su vida. Es algo muy difícil...y no todo el mundo es capaz de hacerlo...

—¿A qué vino usted aquí...? Disculpe —hizo un gesto de excusa —no tengo ningún derecho a hablarle así.

—Por favor, no se disculpe, porque tiene toda la razón. Es comprensible que la intrigue que alguien se siente a su lado y la mire como yo...No entré aquí con esa intención, solo que al verla...me impresionó su actitud y, al estar el templo vacío, vine...y me sentí atraído por usted...

—¿Qué tenía de impresionante mi actitud?

—La serenidad y...la fortaleza que parecen rodearla...

—No da usted la impresión de carecer de ambas cosas. Y, si frecuenta, como parece, las iglesias, sabrá que la mía es una actitud corriente...

—No, señora...

—¿Perdón?

—Quiero decir que no frecuento las iglesias. En realidad, hace más de tres décadas que no entro en un templo...

—No le comprendo...y no creo que me interese comprenderlo...

—Por favor, señora...Es muy sencillo. Me acaban de diagnosticar una enfermedad terminal, y...entré aquí...

—Comprendo —dulcificó la voz, —ha venido a recobrar el tiempo perdido.

—No, señora —volvió a sonreír, y ella se fijó en su rostro —vine a encontrarme a mí mismo...Y me pareció que usted sabe muy bien quien es, y por eso...

—¿Por qué cree que sé muy bien quien soy? No tengo todas las respuestas. Si vengo aquí es para encontrarlas...

—Bueno, pues en tal caso, estamos parejos...Yo...

—No estamos parejos. Yo creo, y me afirmo en mi fe. Y siento que la explicación que busco me aguarda en algún momento del presente o del futuro...Habló usted de una sensación de lo ya vivido...¿A qué se refería?

—Bien, al entrar aquí y verla a usted, me asaltó una vieja actitud en una iglesia tan silente y pacífica como ésta, al lado de mi madre, que me pedía que la acompañase a rezar una estación...

—¿Era creyente su madre?

—Pues sí. Pero la sensación que le acabo de relatar, desapareció enseguida, y tuve la impresión de haberla visto a usted en alguna otra parte...no sé...

—Pudo haber sido alguna otra en el pasado...¿qué tiene de particular una mujer rezando ante el sagrario...?

—No era una mujer como usted...Usted es...especial —volvió a sonreír, —no era ninguna otra, porque no la hubiese recordado...Pero a usted...la recuerdo desde siempre...No sé cómo explicarlo...Es diferente...

—No sé cómo interpretar lo que me dice...Su estado puede inducirle ciertas actitudes involuntarias, producidas...

—Aun no ha llegado el momento de tomar drogas...Pronto llegará, pero le puedo asegurar que no sufro ningún tipo de alucinación...por ahora...

—Disculpe. No quise dar la impresión que le he producido...pero...estoy confundida. Es completamente atípica la forma en que usted y yo, dos completos desconocidos, estamos hablando en una iglesia vacía...de lo que ignoramos...

—Mi situación física, y mi soledad, sin duda han influido en la forma de acercarme...No sé, pero creo que si usted me acompañase...no me costaría tanto andar el camino que me aguarda...

—¿No tiene familia?

—La que tengo...es como si no existiese...¿Y usted?

—Estuve casada...y ahora estoy sola y satisfecha...

—Algo salió mal...¿no?

—Todo...

—No tiene por qué repetirse...

—No se repetirá.

—Bien...¿qué hay de lo mío?

—¿A qué se refiere?

—Deseo que usted me acompañe...hasta el final.

—Eso es imposible.

—¿Qué le repugna más de mí...mi enfermedad o mi descaro?

—Yo le llamaría atrevimiento. Reconozca que exponer semejante pretensión a una persona desconocida...en una iglesia, es algo...peculiar.

—No puedo perder tiempo. Mi situación no me permite un cortejo asiduo...Simplemente, la amo.

—Me quiere tanto...que me invita a su funeral, con parada intermedia en hospital y cóctel de morfina para celebrar nuestro común conocimiento... ¿es así?

—Así...y dos millones de euros para gastos de luna de miel. Y lo que sobre... a beneficio de la viuda... ¿qué tal?

—Por favor, estamos dentro de una iglesia...No insista usted...

—Si le parece —volvió a sonreír, y a ella le gustó mucho —podemos hablarlo con detalle en otro lugar menos...solemne...

—Podríamos tratar de encontrar comunes afinidades y... ¿quien sabe...?

—No hay nada que ate más que los comunes intereses...Por cierto, me gustaría conocer tu nombre...para ponerte en mi cuenta corriente...

—¿No vamos demasiado aprisa? Me llamo Esperanza...

—Hermoso nombre. Justo lo que me hace falta ahora...Esperanza... ¿Me acompañarás, verdad?

—Hasta el final, vida mía. Como tú deseas...y yo también...

—Estamos pisando a fondo... ¿a que sí?

—Es que, tal y como acabas de decir, no "tenemos" mucho tiempo por delante... ¿Nos vamos?

—Vámonos pues, cariño...sabía que me comprenderías... ¡Eres tan buena!



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07/07/2009

Editado por Sap el 08-07-2009, 11:17
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