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© Gsmiga - EL PUENTE

EL PUENTE




Existe en mi ciudad un sendero, por el que camino habitualmente, conocido como la Ruta del Colesterol, cuyo nombre ya indica el uso a que se destina, que no es otro que el "desengrase" de la mayoría de la gente que por él circula.

Tiene doce kilómetros de longitud, y discurre por el borde de un río que rodea la parte suroeste del núcleo urbano. En realidad, el término es pretencioso, y podría llamársele arroyo, pues la anchura de su cauce no rebasa los 10-12 metros, según los lugares, y su profundidad no sobrepasa el metro en el lugar de más calado.

Los más viejos lo califican como río truchero, en un pasado antañón, y triste mente despoblado hoy de tan apetecibles habitantes por los habituales estragos que la industria moderna ha vertido en su cauce. Lástima.

El trayecto está bordeado de todo tipo de vegetación, especialmente arbórea, con eucaliptus, castiñeiros, plátanos, salgueiros y ameneiros. Lo que contribuye a sombrear buena parte del camino, cosa muy de agradecer en época cálida, como la que se avecina.

Uno va caminando y el rumor del agua seda la mente ya muy relajada por el ejercicio físico y contribuye a facilitar una agradable sensación de bienestar.

Hay un inconveniente molesto: el trayecto atraviesa una de las múltiples zonas industriales de la ciudad, que a estas alturas, carece de un parque tecnológico e industrial para albergar a las numerosas empresas que se encuentran "ciscadas" por los lugares menos poblados, algunos de las cuales atravesamos los peripatéticos que disfrutamos del acondicionado sendero que el providente Concejo brinda como reparo a nuestra deteriorada salud.

Pero, a pesar de tales molestias, el paseo es una delicia, porque a sus bellezas naturales-el otro día que estaba descansando en un poyo de piedra, una mariposa se me posó en la punta del zapato, y allí estuvo, roja y amarilla, brindándome su colorida amistad-se unen atrayentes señales de antiguas actividades esenciales para nuestro desarrollo y mantenimiento, como son los molinos, cabe a la corriente, en los que se han colocado las pesadas "muelas", ya inactivas, a la entrada para admiración de paseantes primerizos y turistas Canon en ristre.

En la mitad del recorrido, a la altura de la parroquia de San Pedro de Sárdoma, el río se mete por debajo del sinuoso sendero, y hay necesidad de atravesarlo cruzando un puente romano. Una verdadera maravilla, porque en realidad es un "minipuente", de escasos nueve pasos de longitud, con las milenarias losas encastradas en una tierra dura, fuertemente apisonada, que mitigó el sonido apagado de los clavos de las "caligae" legionarias al discurrir por encima de la obra. A veces, me paro en medio, y medito en la sensación de encontrarme posado encima de un puente que alguien construyó "para mí", hace dos mil años.

Doy perezosamente los pasos necesarios, y ya en el otro lado de la corriente, gano una distancia prudencial. Entonces me giro a ver el puente, con sus dos ojos de pétreo granito, y su espigón biselado que parte en dos la suave melena líquida que se precipita, amorosa y suave, contra su quicio adusto. Mido con la vista la altura de la obra sobre el fondo de la corriente, y calculo que no sobrepasa el metro y veinte. Una pequeña obra de arte en miniatura que un ingeniero romano, ayudado manualmente por los legionarios de cualquier manípulo olvidado, puso en el cauce de un arroyo gallego por el que discurren, en tiempos más clementes que aquél, una serie de vejetes ociosos que lo utilizan exactamente igual que los habitantes que lo "estrenaron" un ya lejanísimo día.

Personalmente opino que el Concejo ha hecho bien en abstenerse de "encitar" las losas y mantenerlas medio sepultadas por el áspero sábrego, otras, más sobresalientes, dan una agradable impresión de "irregularidad" de obra añosa, y resistente al paso de las edades.

A la vuelta vuelvo a admirarlo a distancia, saboreando su aspecto de ruda solidez. Ni sobra ni falta nada. Y si el día está soleado, el reflejo de Lorenzo en la superficie acuática, teje en su estructura delicados reflejos áureos-irisados que incitan a la sosegada contemplación de un espectáculo impagable.

Y uno se imagina como sería la concurrida, y sin embargo silente, zona dos milenios atrás.

Unas veces cree ver un pelotón legionario al mando del decurión, en marcial formación. Otras divisa una silla de manos en que se desplaza una severa matrona, seguramente la "dómina" de los alrededores, transportada por cuatro silentes esclavos. Ahora cree oír el rebuzno del borrico del molinero que protesta del peso de los fardos de harina que transporta. Y al fin, se fija en la pareja de enamorados, sentados encima de nuestro puente, compartiendo sus deliquios amorosos con el suave rumor de la corriente, que conoce y ampara su secreto.

Y cuando sacude la cabeza y reanuda la marcha, agradece a los dioses la existencia de Roma, una ciudad tan poderosa y cosmopolita, que desperdigó su civilización por el universo mundo conocido. Una muestra mínima de la cual, tengo el inmenso privilegio disfrutar todos los días. Laus Deo.




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27/05/2009

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