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© Blanca Barojiana - AIXA MÍA

AIXA MÍA




Cuando llego a casa del súper con una bolsa de pistachos, sé que Aixa ha vuelto. Es una de mis muchas ancestras, de hace varios siglos. Ella dice de sí misma que es noble, que vive en un palacio, pero desde luego yo no la percibo como una princesa árabe, sino como una asesina cruel y certera. Así mantuvo su posición en la corte, matando, me dice, y no sonríe jamás. Elucubra constantemente. Mientras Aixa come pistachos iraníes en la cocina de mi casa, me da consejos certeros. Yo quiero desoírla: la temo. Analiza a mis enemigos, encuentra sus debilidades, forma un plan certero. Yo me vuelvo más amable, tolerante, amorosa incluso. Cordial y comprensiva con todos, mientras ella mueve sus hilos kármicos.

- Eres una blanda. Quien tiene poder para dar vida tiene poder para dar muerte. Si dudas, mueres.

Ella actúa y luego se va. Dice que es su obligación el defenderme, pero yo creo que le gusta matar. Y no puedo impedirlo. En el fondo, muy en el fondo, algo me hace vibrar con ella...

Suena el teléfono a deshora. Un suspiro al otro lado:

- ¿Sabes quién se ha muerto?

Otra vez. Ya puedes irte de nuevo, Aixa. Pobre hombre, tan joven, y ahora que le había perdonado... En fin, no podré dormir esta noche. Iré a dar una vuelta y bajaré la basura, llena de cáscaras de pistachos.




© Blanca Barojiana.
es.humanidades.literatura
08/05/2009

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