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© Gsmiga - PALMIRA

PALMIRA




Siempre fue amiga de hacer el bien. Y de expresar lo que pensaba llanamente. Creía que la gente tiene derecho a opinar, y obligación de respetar el criterio ajeno. Aparte lo anterior, en su casa siempre le habían dicho que no contaba el exterior, sino el interior, y por tanto se dedicó a cultivarlo con empeño. Estudió, se preparó a conciencia, y se adueñó de un espacio cultural reservado a unos pocos privilegiados intelectuales. Por eso, cuando le llegó el amor, no estaba preparada para hacer frente a una serie de circunstancias y acontecimientos que provocaron en ella la explosión de unos sentimientos completamente ignorados hasta aquél momento. Cuando su tía Esmeralda la vio meditabunda, supo enseguida de qué se trataba. Como mujer experimentada y práctica, asumió su "obligación" de orientar a su obnubilada sobrina acerca de las "realidades" de obligada observancia en los amorosos menesteres.

—Cuida muy bien de elegir a la persona adecuada —le había advertido, seria— con la que te quieras juntar, porque la similitud de formación favorece la compenetración matrimonial.
—¿Y el amor tía?
—Ni amor, ni gaitas. Lo primero es edificar un sólido terreno común de sentimientos y aficiones compartidas. Y lo demás vendrá por añadidura. ¿O es que crees que un picapedrero puede ofrecerte lo que tú esperas?
—¿Y qué espero yo, tía?
—De momento, nada. Pero cuando llegue el momento, sin duda apreciarás a la persona capaz de compartir creencias, convicciones y forma de entender la vida. Y entonces querrás tener a tal persona a tu lado. Y no es fácil, créeme.
—Entonces...¿no es como un soplo de aire fresco que te inunda los adentros y te hace reconocer a la persona que amarás para siempre?
—Venga, niña. No hay soplos. Hay una posibilidad de vida en común que tiene que salir lo mejor posible, porque si no es así, los inconvenientes son múltiples y de difícil resolución. Un mal matrimonio se lamenta toda la vida.
—Pero puedo amar y no casarme...¿o no?
—Es igual. El primer amor tiene pálpito de eternidad, y si decides juntarte con alguien inadecuado, aunque no te cases, la cosa terminará igual, como el rosario de la aurora. Afortunadamente, la mayoría de nosotras salimos de la imbecilidad transitoria del primer enamoramiento antes de que sus consecuencias sean irreparables. Y creo que a ellos también les pasa lo mismo.

Las arengas de Esmeralda daban que pensar a Palmira. Le parecía terrible que se llegase a tal estado de escepticismo incurable sobre la cuestión amorosa, que según su criterio, era lo más importante que le podía pasar a una persona en la vida. Y se estremecía de temor ante la posibilidad de que algún día pudiese llegar a ser una vieja práctica e inconmovible como su tía. ¿Qué le habría pasado para llegar a tal estado vital? Por lo que sabía, su tía había sido afortunada en su matrimonio, gozando del respeto y consideración de su difunto esposo. Sí, pero...¿se habían amado? Porque a Palmira le parecía inconcebible que la convivencia entre dos personas que se han querido alguna vez, desemboque en una indiferencia absoluta que haga mirar a la unión entre dos seres que se aman, con la misma escrupulosidad contable conque se examinan los activos de un negocio que se piensa adquirir.

¡Un negocio! Tenía la idea de que había oído hablar así a alguien sobre el matrimonio. ¡Ahora recordaba!...era el marido de doña Esperanza, la amiga de canapés de su tía, que sostenía impasible que el amor no podía subsistir largo tiempo entre dos seres con propósitos, deseos y formas de pensar tan dispares como la pareja humana. En consecuencia, seguía el fulano muy crecido, lo único que puede mantener unidos a dos seres opuestos, es el puro y simple interés, lo que excluía a su modo de ver, cualquier manifestación romántica una vez pasada la primera época, llamada del "impulso genético"—añadía ampulosamente sin explicar que se lo había leído a Ramón y Cajal —en que los sexos deben cumplir, inexcusablemente, con el débito biológico. Todo eso eran monsergas. No hacía falta ponerse tan campanudo para convencer al auditorio de algo que no podía ser igual para todos. Desde luego, no para Palmira. Ella seguía fiel a lo aprendido en la sapiencia paterna. Lo que cuenta es el interior de las personas. Y el amor no debe de ser más que una manifestación de lo que cada cual atesora en su mente. Porque nadie es capaz de dar lo que no tiene. Por tanto, lo sustantivo era dar con una persona amable y comprensiva, lo suficientemente sensible e inteligente para percatarse de que Palmira no quería "hacer negocio", sino amar y ser amada. No hacía falta dar más vueltas porque el asunto, tal como lo veía ella, no tenía más recorrido. Y todo lo que le decía su tía no eran más que resabios de vieja apergaminada y endurecida por una vida que, a pesar de las apariencias, y quizá a consecuencia de su excesivo cuidado en realizar un buen negocio matrimoniando con la persona adecuada, había matado, desde su misma raíz, cualquier posibilidad de enamoramiento sincero.

Y ahora, tenía el convencimiento absoluto de que Luis era para ella todo lo que buscaba. Le gustaba la sensación de sus manos acariciándola, y el atento silencio con que la escuchaba. Y el respeto mezclado con gratitud con que la besaba. Y su actitud de profunda comprensión de sus anhelos que compartía y alentaba. En realidad, aunque nunca había conocido a otro hombre, tenía la impresión de que él le daría todo aquello que necesitaba.

Hacía seis meses que vivían juntos en un pequeño apartamento de las afueras. Y Palmira había conocido la felicidad en tan corto tiempo. Gozaba al llegar a casa por la noche, agotada de sus clases, y encontrar el apartamento iluminado y cálido, con el aroma apetitoso de la cena mezclado con el olor del que la había preparado para ella. Y sentía la necesidad de abrazarlo, besarlo y sentirlo su yo solamente y para siempre.

Una mañana de invierno, la lucecita del apartamento no se encendió, y el utilitario de Palmira se mantuvo quedo y silencioso ante la ausencia de su dueña que no se presentó a encenderlo como de costumbre, para desplazarse al Instituto en que enseñaba. Cuando la policía entró, no halló nada fuera de lugar. Únicamente advirtieron el cuerpo de él, colgado del vano de la puerta, y en el interior, el rostro de ella, con los ojos avizorando el vacío y su enamorado corazón partido por el cuchillo que lo atravesaba...

—Es lo que tienen los maníacos cuando abandonan la medicación —dijo el forense, meneando tristemente la cabeza.
—No sé cómo los sueltan con tanto desinterés —concordó el inspector Menéndez.




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07/05/2009

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