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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
EL DÍA MENOS PENSADO. 2
La verdad es que esa sensación que tengo, a veces, de que todo es una metáfora me desanima, los indicios son la única certeza pero nunca nos llevan a ninguna parte concluyente, parece que llegar es el imprevisto de los imprevistos.
—A mí no me gusta pensar —nos dice, —me agota y siempre acabo poniéndome de mal humor.
—Y cuando tienes que resolver algo cómo lo haces.
—Me dejo llevar y espero, las cosas que pasan transcurren por sí solas y siempre llegan a donde tienen que llegar.
—Juer, qué suerte tienes, yo no puedo evitar comerme la cabeza por todo —digo.
—¿Y te da resultado?
—Normalmente no, puedo acelerar el desenlace o, en el peor de los casos, retrasarlo.
—Pues en ese forzar las cosas es donde se desata la cadena de lo imprevisto… y ahí ya te puedes dar por jodida.
—Ese es mi caso —se acaba de meter una raba en la boca y la mastica como si estuviera sola, —yo sigo viviendo las consecuencias de una de las primeras decisiones que tomé en mi vida, bien meditada, por cierto.
—¿Cuál? —pregunto.
—Estas rabas saben a pollo frito.
—Será que Pablito no ha cambiado el aceite a la freidora.
Suena mi móvil y oigo su voz preguntándome dónde estoy, contesto que Norte, veintisiete grados, ocho minutos, diez segundos con veintiún centésimas, Oeste; le veo sonreír por al agujerito de voz del móvil mientras leo en sus labios cómo me pregunta que si voy a tardar mucho; si yo fuera un pájaro me dolerían las alas cada vez que me pregunta eso. La camarera rubia barre de la orilla de la barra un montón de servilletas grasientas, palillos, colillas y otras inmundicias con un cepillo que más le valdría estar muerto. Aprovecho su proximidad para olisquearla un poco…
—Si sigues practicando lo acabarás consiguiendo.
Nos vamos, ellas se montan delante, la que conduce me tira un calcetín usado al lado y me insta a que adivine de quién es.
—¿Persona conocida? —pregunto.
—Claro —ya ha arrancado y la carretera absorbe toda su atención, chapurreo de miradas que vete tú a saber dónde se posaron antes.
—Tengo que esperar un poco, se me ha quemado la pituitaria.
—Va a ser que lo tuyo no es ser perra.
—No me jorobes, mariachi, y sigue conduciendo.
© Flantains.
es.humanidades.literatura
15/02/2009