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© Mimí Mondragón - LoveTales, v. 2009 - EL PRIMER AMOR

EL PRIMER AMOR




Cuando vi la foto de Dora en el periódico no tuve ninguna duda. Aquella jovencita que miraba sonriente desde la fotografía, era su hija. Un gran parecido físico unía dos tiempos bien distintos, era como si después de treinta y cinco años estuviera viendo su cara otra vez; la cara con la que yo lo recordaba, la que tenía en el momento en que lo conocí. Sus ojos, su sonrisa, su pelo, su boca… todo. No necesité consultar el apellido para comprobarlo, aunque cuando leí el nombre completo, se acabó de confirmar: Dora era la hija de Joaquín. Ah… Joaquín… No había vuelto a saber nada de él ni de su vida. Hacía más de treinta años que Joaquín había entrado en la espiral del olvido de mi memoria, una espiral de la cual, a raíz del visionado de la fotografía, había emergido de repente, nítida y fresca, la imagen de su rostro.

A grandes rasgos, nuestra historia se remontaba a nuestra juventud en plena adolescencia, y a un verano, que fue lo que duró nuestra relación. Nos conocimos una noche en el baile de las fiestas de mi calle; él había venido acompañado de su pandilla de amigos y yo estaba con mis amigas. Si la memoria no me falla, uno de sus amigos se acercó al grupo y me invitó a bailar. Acepté y estuvimos bailando durante una pieza, a la siguiente, Joaquín me pidió que bailara con él y también acepté. Yo ya me había dado cuenta, mientras bailaba con su amigo, de que Joaquín no me quitaba los ojos de encima y que me sonreía cada vez que, por la rotación del baile, nuestras miradas se cruzaban. Me agarré a su cuello y el me sujetó por la cintura; era bastante más alto que yo y recuerdo que para poder hablar él tenía que agacharse un poco y yo tenía que estirarme. Aún así conseguimos mantener una postura cómoda para los dos y mantener la típica conversación entre dos jóvenes que acaban de conocerse.

Yo me llamo Joaquín, ¿y tú?, preguntó.

Marina, respondí.

¿Y cuántos años tienes?

Quince…

Yo tengo diecisiete.

¿De dónde eres?, le pregunté, no te había visto nunca antes por aquí…

Soy de…, y dijo el nombre del sitio, ¿y tú?

Yo… vivo en esta calle.

Una vez ubicados, seguimos bailando durante varias piezas más mientras seguíamos intercambiando información. Él me contó que no le gustaba estudiar, y que por eso su padre lo había puesto a trabajar en un taller para que aprendiera un oficio. Me dijo que tenía una hermana mayor que estudiaba para enfermera. Yo le conté que estaba haciendo el bachillerato y que mi ilusión era estudiar medicina, que tenía un hermano que era maestro y otro que estaba trabajando porque tampoco le gustaba estudiar.

Pasamos juntos el tiempo que duró el baile charlando animadamente, conociéndonos, y mientras, nuestras respectivas pandillas hacían lo mismo. Cuando llegó el momento de la despedida me preguntó qué iba a hacer el fin de semana y le respondí que iba a estudiar porque había un examen y lo quería aprobar. Hizo un gesto de fastidio pero no dijo nada, nos despedimos y me marché a casa.

El domingo siguiente mis amigas me llamaron para salir y les dije que no, que estaba estudiando, pero ante la insistencia por parte de ellas y yo que soy fácil de convencer… pues me arreglé y salí con el propósito de volver en un par de horas para seguir repasando.
Nos reunimos toda la pandilla en el sitio de siempre y desde allí nos fuimos hacia la discoteca a ver si nos dejaban colarnos un rato. Al llegar a la puerta nos encontramos con que Joaquín y su amigos estaban allí sentados esperando... No niego que me hizo mucha ilusión, porque, para ese momento, yo ya estaba enamorada de Joaquín y cuando él me dijo que yo le gustaba mucho y que si quería ser su novia, inmediatamente respondí que sí.

Los siguientes dos meses fueron lo mejor. Salíamos siempre que podíamos disfrutando al máximo todos y cada uno de los minutos que pasamos juntos. Pero, todo tiene un final y lo nuestro empezó a estropearse por las desavenencias de nuestras respectivas pandillas. Durante esos dos meses nuestros amigos se llevaron bien, salían juntos, iban al cine, a bailar… y lo hacían por nosotros, para que pudiéramos vivir nuestro amor, entonces el tiempo se encargó de desgastar las relaciones y comenzó la guerra. Mis amigas malmetían y sus amigos también. Esto hizo que poco a poco, nos fuésemos alejando; reconozco que un poco más por mi parte que por la suya quizá influenciada por la actitud de mis amigas, pero lo cierto fue que al terminar el verano, no había nada entre nosotros. En un par de ocasiones él intentó ponerse en contacto conmigo pero yo me negué a darle otra oportunidad, y ahora, al recordar, me preguntaba por qué se la había negado. La respuesta, me dejó un regusto amargo…

Cerré el periódico invadida por la nostalgia y por un momento tuve la necesidad de saber qué había sido de él. A la vista estaba que había formado una familia, pero ¿cómo estaría ahora?, y su vida… ¿cómo sería?, ¿a qué se dedicaba?, ¿cómo era su esposa?, ¿sería feliz? En un arrebato de curiosidad me metí en Internet y puse su nombre en un buscador, allí, en un directorio telefónico, aparecieron sus datos. La idea de llamarlo me rondó por la cabeza durante un instante, pero la cordura y la responsabilidad pudieron más que la curiosidad y abandoné tan peregrina idea porque, entre otras cosas, era absurdo, ¿qué iba a decirle? Cerré el ordenador, metí de nuevo a Joaquín en la espiral del olvido de mi memoria y seguí con mi vida.

Tiempo después, en el periódico, leí su nombre… Era una esquela sencilla. La empresa para la que trabajaba como comercial le rendía un sentido homenaje. Había muerto en un aparatoso accidente de tráfico mientras volvía a su casa desde su lugar de trabajo.




© Mimí Mondragón.
es.humanidades.literatura
10/02/2009

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