Inicia sesión para charlar.
Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
CADA COSA EN SU FUNDA
La verdad es que me recuerdas a un tío mío que fielmente se leía los manuales de los cacharros, incluso los que no eran entendibles por la pésima calidad de la traducción, y también los que estaban en lenguas que no dominaba pero susceptibles de jugar a la adivinación, a estrujar viejos latines y nociones básicas de alemán. La cuestión es que mi tío era un fiel defensor de la vida siempre siguiendo las normas de uso al efecto. Y el buen hombre conseguía que los productos le durasen lo que a nadie ya que a su devota instrucción hay que unirle un cuidado por las cosas exquisito. Todos sus dispositivos residían en fundas y envoltorios donde dormían hasta el instante de ser utilizados. Si alguno se le estropeaba puedes estar seguro que se debía a un defecto de fabricación con absoluta seguridad.
El problema, Gal, es que llevado al extremo, al menos a su extremo, había que sufrir un proceso de severo higiene para quitarnos toda la arena antes de subir a su turismo para volver de la playa, hacer extraños juegos de manos para sostener el tomavistas y ponerle en tensión cada vez que cualquiera de sus objetos era utilizado por otro. Y los descuidos, eran abroncados no sólo por sus normas sino sostenidas con el peso de la literatura manufacturera que hubiera digerido. Mi tío no era un absolutista. Si del producto en cuestión tú tenías más información, cosa nada rara, ya que uno la adquiría por vías no regladas, esto es, experiencia y consejos de otros, él la debatía con gusto. Si en el intercambio tu punto de vista le convencía, él lo adoptaba. Alguna vez a regañadientes pero siempre pretendía mejorar su relación con el dispositivo. De hecho pude comprobar que con muchos años albergaba una semilla anarquista que se manifestaba en una sonrisa, cuando mi hermano, por ejemplo, en dos manotazos de decía que su método de cambiar la rueda era ineficaz y atávico. Y él se dejaba, se sonreía, y si salía bien le alegrabas el día, por el descubrimiento de su nueva versión, y si salía mal interiorizaba aún más la doctrina anterior.
Y si conocedor de su escrupulosidad, jugabas a malabares con alguno de sus cacharros el hombre se sentía herido. Parecía que le habían arrancado algún órgano y estaba siendo manipulado por un maníaco del descuido. Así muchos de sus preparativos antes de rodar una película de super ocho se alargaban hasta que él había liquidado su lista de previos y la escena en cuestión había cambiado. Se especializó en procesos de larga duración como un atardecer ya que no estaba dotado para lo imprevisto.
Así sufríamos y gozábamos de mi tío cuando en un lejano verano, en la costa castellonense, mi tío contempló cómo unos vecinos catalanes que habían congeniado con mi familia, arrojaban con energía y desorden manifiesto los útiles playeros al capó del turismo familiar. Aterrado por la barahúnda se asomó y contempló un maletero lleno de cacharros sin orden alguno, dos dedos de arena con sílices de filo mediterráneo, el azar y el descuido torturando un vehículo. Miró al dueño del coche y pronunció su veredicto: "si no limpiáis los cacharros de arena el coche se va a deteriorar ya que la arena es letal para la carrocería". El catalán le miró y le dio la razón, mi tío en jarras recibió con cierta conmiseración la razón, como siempre, pero no sin antes advertirle que él creía que las cosas estaban a su servicio, y no él al servicio de las
cosas. Mi tío no pudo menos que asentir. Claro.
© Jorfasan.
es.humanidades.literatura
08/02/2009