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Los hombres buenos
llevan dentro
un lagarto
que odia a los hombres buenos
Es la juventud
el único vicio que
sana el tiempo
Maldita sinalefa, que siempre odia los haikus.
Corre Júpiter
en el cielo tras Venus
al atardecer
Que venga el meteorito, el capitán trueno o un rayito de luz. Hay algo prohibido en Dinamarca.
fw ·
10-05-2026
solo hacía falta un lugar con autobuses y aeropuertos. un combo difícil. un lugar dispuesto a pagar la factura por la medalla
TODAVÍA NO
Cuando entró en la minúscula habitación del viejo hospital él estaba sentado en un butacón de skay, macilento y medio calvo. No reparó en ella porque miraba en ese instante con interés algún punto de la ciudad que se abría a través del gran ventanal que iluminaba el inquietante cubículo.
La intempestiva llamada de su suegra, una mujer a la que llegó a detestar en su juventud y que había borrado de su recuerdo sin apenas dificultad, le devolvió a un pasado del que primero huyó sin descanso, hasta resultarle totalmente ajeno.
María no pudo reconocer al primer golpe el hilillo de voz asustado y herido que le devolvía el teléfono y tuvo que esforzarse en identificar a la mujer que hipaba entrecortadamente desde la que imaginó sería la enorme casa de la calle Goya, aquel viejo caserón donde se tapaban los agujeros del suelo con enormes y vistosas alfombras persas procedentes de varias herencias.
Esa fue su vida con César, un enorme desconchón que era convenientemente tapado con una gruesa capa de oportunos silencios y mentiras arriesgadas. Aunque lo sospechara, tuvieron que pasar muchos años para que la falta de oxígeno llegara a asfixiarla.
Ya habían pasado diez años desde la última vez que vio al hombre al que tanto quiso y tanto odió más tarde, o mejor dicho, al que tanto creyó querer. Porque, a fuer de tiempo, distintos amores de paso y una extraña e intermitente relación que no se extinguía ni terminaba de cuajar, tuvo que reconocerse en una mujer que le fue leal pero que dejó de quererle al poco tiempo de unir su vida a la de él por siempre jamás.
Tan ofendida se sintió cuando descubrió, con la distancia, a través de miradas compasivas y maliciosamente cómplices de amigos y conocidos, que él la engañaba desde el principio, que no quiso pararse a pensar en que ella, María, tan leal, tan sacrificada, fantaseaba con otro hombre cuando César le hacía el amor. Su amor de siempre, el que llenaba de suspiros intermitente su moderno catre de diseño ahora, se metía en su enorme y antigua cama de casada entonces.
César giró la cabeza y se encontró con que María lo miraba desde la puerta. Su rostro se iluminó brevemente, para quedar suspendido un instante después en un rictus expectante y amargo.
-Pensé que no vendrías. Sólo quería despedirme de ti y decirte que ni un solo día durante estos diez años he dejado de pensar en ti. Follaba con otras sólo para poder encontrarte en alguna de ellas.
-Yo tampoco he podido olvidarte, César. Vendré cada día a verte, a acompañarte, a cuidarte. Nunca entendiste cuánto te quería.
Cuando enfiló el pasillo de salida hacia el ascensor, el doctor que atendía a César la abordó con un cargamento de complicados términos médicos, malas noticias y tristes augurios que le hicieron prorrumpir en un desconsolado llanto. Era un hombre muy alto, algo mayor, que se sintió inmediatamente atraído por ella y obligado a ofrecerle su ayuda. Y María, tan sacrificada, tan leal, la aceptó porque no podía dejar de engañar y engañarse ahora; todavía no.
© zinnia
es.humanidades.literatura
08/02/2009